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    Adam Smith, Keynes e Ilharregy

    Sr. Director:

    Les cuento del último, ya que, sin duda, conocen a los otros dos (de lo contrario, se complica). Ilharregy fue un capataz que supe tener, hace años, en Río Negro. Un paisano de ley, dotado de una sólida visión del mundo y de su lugar en él, con los valores que debían regir su vida. Moral, deber, lealtad, respeto, esfuerzo y una inteligencia práctica inamovible. De tantas anécdotas que protagonizó, rescato una que viene al cuento. Una mañana, un peoncito joven pidió para hablarle en el escritorio y le dijo que “no trabajaba más”. Pícaro el viejo, lo cazó al vuelo: “¿Por qué, m’hijo? ¿Vas a ser rico?”. El gurí quedó pistoneando.

    Noción básica de economía que no se encuentra en las obras de los dos grandes economistas citados en el título. Para obtener recursos hay que trabajar. Donde mejor se pueda, pero trabajar.

    En los grandes esquemas conceptuales de los economistas, este elemento no ocupa un lugar central. Smith puso el foco en la libertad del hombre y en las virtudes del mercado, defendiéndolos de las aspiraciones regulatorias de burócratas y gobernantes, inspirando a miles de seguidores que proclaman las virtudes del egoísmo racional de las fuerzas que operan en el mercado, capaces por sí solas de corregir desequilibrios pasajeros.

    Keynes, por su parte, se enfrentó duramente a los economistas clásicos, a partir de las experiencias, dolorosísimas, vividas en las guerras mundiales, sosteniendo que esas teorías no solo estaban equivocadas, sino que producían grandes sufrimientos. La teoría correcta, según Keynes, partía de la idea de que los gobiernos pueden, y por tanto deben, regular la demanda, apuntalándola con inversión para evitar recesiones o atajándola si aquella apuntaba a hacer disparar los precios.

    Durante varias décadas, entre fines de los 40 y mediados de los 70, Keynes fue el ganador indiscutido, tanto en el ámbito académico como en el político. Todos eran keynesianos, o así lo creían y proclamaban, aunque muchos no habían comprendido a Keynes (tampoco era una papa) y otros lo torcieron, más o menos, para justificar políticas económicas. Pero la verdad subyacente era que todo tenía arreglo moviendo perillas macroeconómicas.

    Para mediados de los 70, los árabes patearon el tablero y, atrás de eso, la inflación primero, y una deflación encima le sacó al keynesianismo la lata de abajo.

    Adam Smith tomó su revancha, encarnado en los austríacos Mises y Hayek y luego en los monetaristas. Basta de toqueteos (bueno, de algunos) y vuelta al mercado. No duró mucho esta “primavera liberal”, pronto Maggie y Ronnie dieron paso a Tony y a Bill y desde entonces vivimos políticas pendulares (y discusiones circulares). Se acabaron las políticas single malt y todo es blend, de alguna forma u otra.

    Pero en medio de tanto ir y venir nos hemos olvidado un poco (o mucho) de la teoría económica de Ilharregy: para ser rico hay que trabajar. No se consigue con utopías planificadoras, ni presiones reivindicadoras, siempre girando en torno a reclamos (vestidos, cada vez más, de derechos). No hay fórmula económica que pueda funcionar sin trabajo, sin esfuerzo.

    Ignacio De Posadas