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    Ahora el problema es doble

    Al que no quiere sopa, dos platos. Así definiría la situación que vivo en mi casa en estos momentos.

    Formo parte de los numerosos ciudadanos de Montevideo que conviven con un contenedor de basura frente a sus ventanas. Ese contenedor estaba sobre la calle Espinillo, en el Prado, pero aduciendo que la desgracia debía rotarse entre los vecinos, fue trasladado hace unos años a su actual lugar en la calle Estolé. Claro, mi casa es en esquina, por lo tanto antes daba sobre una ventana y ahora da sobre la del otro lado. Mucha rotación no me tocó.

    No voy a entrar en los detalles de lo que esto significa porque muchos vecinos lo saben, pues sufren igual suerte que la mía. Primero el polvo, mugriento e infecto, que entra por las ranuras de las ventanas y puertas. Nadie lo dice, pero es un peligro sanitario y me pregunto si cierta agudización de mis alergias no se deben a ello. Luego está lo del olor nauseabundo constante. No es cierto que los contenedores se lavan a fondo con estricta regularidad. A eso se suma el basural que se forma a su alrededor. 

    Los hurgadores, es decir la mucha gente que a pie, en bicicleta, en carrito, bien vestida y mal vestida, revuelve el contenedor para sacar lo que necesita y al hacerlo tira todo lo que está adentro y lo vuelca al pavimento donde queda horas, pudriéndose al sol y volando por todos lados con cada ventisca. 

    Están los vecinos que tampoco tiran su basura adentro, sino que la dejan afuera. Algunos por pura desidia... solidarios que le dicen. Otros, especialmente las personas mayores, porque tienen enormes dificultades para abrir las pesadas tapas de esos contenedores.

    Todo esto, y mucho más, es lo que he vivido durante años. 

    Ahora me encuentro con una sorpresa mayúscula. Al lado del contenedor habitual.... han puesto otro. Un segundo contenedor.

    Son dos, bien pegaditos. 

    Dos veces cantidad de basura, dos veces polvo infecto que entra a la casa. Dos veces el basural endémico. Dos veces la cantidad de ruido que hacen los hurgadores al soltar sus tapas luego de haber encontrado lo que buscan, cosa que sucede las 24 horas del día. Dos veces la cantidad de mal olor.

    No entiendo por qué lo han hecho, más en una calle de pocos metros (tres casas dan a esa calle), y para colmo de pavimento y de veredas angostas. Parece un deliberado intento de castigarnos.

    No conozco los procedimientos para iniciar acciones legales, pero parecería que llegó la hora de que empecemos a hacerle juicios (y multimillonarios) a la Intendencia. Si Adeom los hace y los gana, presumo que deberíamos tener más suerte los ciudadanos comunes.

    Unos por daños y perjuicios. Lo que ocurre con los contenedores, es un arbitrario y hostil ataque a quienes vivimos cerca de ellos. Y es un gravísimo atentado a la salud pública, aunque nadie se anime a decirlo en voz alta.

    Pero además, los juicios deberían hacerse por estafa. Pagamos impuestos para que la Intendencia Municipal mantenga la ciudad limpia y en lugar de eso la ensucia. Nos están robando la plata en forma descarada. 

    Haber vivido todos estos años con un contenedor frente a la casa, ha sido una pesadilla. Ahora tengo que hacerlo con dos. No soy abogado y no tengo recursos ni conozco los mecanismos para hacer ese juicio, que probablemente se alargue por años. Pero es verdad que la paciencia tiene un límite y la descarada indiferencia de la Intendencia a darle una solución definitiva a esto no hace más que alentar esa impaciencia. Es una burla a la gente, una falta de respeto. Una forma brutal y cruel de atacarla.

    Agradezco al director el espacio que me brinda para hacer mi catarsis.

    Lo saluda

    CI 1.207.191-4