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    Alabado sea el señor... Trane

    “A Love Supreme”, la obra maestra de John Coltrane, no para de crecer con el tiempo

    Por supuesto que hubo extraterrestres entre nosotros. Y los sigue habiendo. O semidioses. John Coltrane —o simplemente “Trane”, un apodo ganado por la última sílaba de su apellido y que remite a la fuerza arrolladora de un tren— fue uno de ellos. Solo un artista que tiene un pie en otra realidad o una genética suprahumana es capaz de concebir una obra musical de la fuerza espiritual y estética de A Love Supreme. Grabada el miércoles 9 de diciembre de 1964 en los estudios del célebre ingeniero de sonido Rudy Van Gelder, esta suite en cuatro movimientos es un descomunal tour de force del cuarteto liderado por el saxo tenor de Trane, con McCoy Tyner en piano, Jimmy Garrison en contrabajo y Elvin Jones en batería.

    Van Gelder recuerda cómo Coltrane estacionó su Chevy ese día de diciembre, descendió del auto cargando su saxo y entró en el estudio de grabación con pasos decididos, épicos. Lo podemos ver en cámara lenta, como si fuese un guerrero de la paz dispuesto a impartir a sus súbditos las indicaciones musicales estrictamente necesarias, el instrumento lanzando un destello de luz blanquísima desde el pabellón y las llaves, mientras el piano, la batería y el contrabajo, cada uno en un rincón, esperan el gran momento para cobrar vida. “Poseía una velocidad y eficacia fuera de lo común para grabar y así dio forma a esos 35 minutos de música que han pasado a la historia”, dijo Van Gelder.

    John Coltrane

    Lanzado por el sello Impulse! en 1965 y producido por el inquieto Bob Thiele, el disco se convirtió rápidamente en un hit de ventas —algo poco habitual en el mundo del jazz— y en una pieza de culto en una década convulsionada por la guerra de Vietnam, los movimientos por los derechos civiles y el hippismo. Asimismo peleó de igual a igual con el rock, que en ese entonces era el furor y la moda. A Love Supreme es, junto a “Kind of Blue” (1959) de Miles Davis (que también tiene a Coltrane en el saxo tenor), por un lado la gran culminación de un largo e intenso camino, y por otro el gran llamador para los no iniciados. Y uno de los discos más vendidos de la historia del jazz.

    La suite se abre con “Acknowledgement”: el saxo, los platillos, el piano y cuatro notas de contrabajo que se repiten como un mantra. El tenor se larga a navegar por aguas desconocidas con entrega, devoción y lamento dramático; si bien el mar está embravecido, jamás pierde la brújula. El saxo se termina acoplando a las notas del bajo y luego deja lugar a la voz de Coltrane: “A Love Supreme, A Love Supreme, A Love Supreme...”.

    El segundo movimiento, “Resolution”, comienza con el contrabajo de Garrison, que de pronto es asaltado por una impactante línea melódica del tenor, que lleva la fuerza de un tren desbocado. Tyner nos aporta un momento de calma y swing para que retorne Trane con su inconfundible sonido, que parece deshacerse en pedazos para de inmediato volver a construirse en una clara línea melódica.

    “Pursuance” es presentado por Elvin Jones: tac, pum, tac, pum, su clásico sincopado de parches que deja paso a Coltrane y Tyner. Gracias a Tyner, Coltrane encontró definitivamente a su pianista, un tipo capaz de meter notas con fuego y elegancia percusiva, como un corredor olímpico de cien metros. Y Trane, que hace abstracciones y variaciones, mientras Garrison gana espacio y desarrolla su espléndido solo, una suerte de conferencia de pájaros graves y sapientes en el bosque.

    El cuarto y último movimiento es “Psalm”, un llanto espiritual del saxo por todas las desgracias de la humanidad, apoyado en los timbales de Jones. Hasta el más agnóstico y ateo de los terrícolas es capaz de reconocer que Trane está en ese momento en trance, muy cerca de Dios.

    Antes de este disco, había desarrollado una prolífica y más amable carrera musical para los sellos Prestige y Atlantic, entre los años 50 y principios de los 60. Había aprendido con Thelonious Monk y Miles Davis, y a su vez les había enseñado al pianista y al trompetista. Y había dado a conocer “Giant Steps” (Atlantic, 1960), un disco que marcó un antes y un después en la historia del saxo tenor como instrumento. Era el único que podía tocar rápido y fuerte al mismo tiempo, y puso el listón del instrumento en un lugar tan alto que será muy difícil que alguien lo pueda superar.

    Después de A Love Supreme, Trane abriría las puertas hacia una propuesta mucho más áspera, que combinó el misticismo, la furia negra y el free jazz. Esta última parte de su obra es más difícil para el común de los mortales, no así para los músicos, que siempre le siguieron en su revolución, por más radical que fuera.

    Una vez, en el Festival de Jazz de Punta del Este, le comenté a Joe Lovano que la etapa free de Coltrane me superaba, que no la entendía, que no me causaba placer escucharla. Me miró con una amable sonrisa condescendiente y me respondió muy tranquilo: “No, mi amigo, todas las etapas de Trane son sublimes”.

    Coltrane vivía el día entero para la música. Y para el cambio. Nunca se repetía. Alcanzaba una etapa y ya estaba pensando en la siguiente, una especie de carrera demencial solo apta para un supera-tleta musical. Desde que se levantaba hasta que se acostaba, tenía el saxo en la boca, y se quedaba dormido con él. Si debía acompañar a su segunda esposa Alice Coltrane a realizar las compras, llevaba una flauta para practicar en algún momento libre que hubiese en el supermercado. Si estaba demasiado cansado para tocar, hablaba de música. O leía sobre matemáticas, filosofía y religión, porque estas disciplinas también lo podían conducir al conocimiento de los sonidos.

    Había logrado un buen pasar para toda su familia y tenía una casa en Long Island, lejos del mundanal ruido, con doce habitaciones. No le gustaba Nueva York porque sentía una extraña vibración en el suelo, probablemente producida por el subte. Era habitual que se retirara a un amplio cuarto y allí pasaba horas, días sin salir.

    “Cuando John se iba a trabajar, muchas veces se llevaba consigo cinco instrumentos. Quería estar listo para cualquier cosa que pudiera suceder. Luego de cuatro días encerrado”, recuerda Alice, “apareció con una sonrisa radiante y dijo que era la primera vez que recibía como un regalo de Dios toda la música junta y ya lista para grabar: eran los cuatro movimientos de A Love Supreme”.

    No se llega a un punto culminante por mera casualidad. Hay varios antecedentes y un concienzudo trabajo previo que lo justifican. Coltrane ya había grabado el imponente “Africa Brass” (Impulse!, 1961) y “Crescent” (Impulse! 1964), que son dos antecedentes directos de A Love Supreme; había realizado giras europeas para presentar su nueva música y también había experimentado con las famosas cortinas de sonido y con propuestas épicas que ponían a prueba la paciencia de la audiencia, como ocurrió en el club neoyorquino Village Vanguard en 1961 (hay una estupenda edición de Impulse! de cuatro discos que abarcan la totalidad de estas grabaciones en vivo).

    Desde la sublime composición “Spiritual” hasta los viajes más ásperos como “Impressions” o “Chasin’ de Trane” (que se podría traducir como “Persiguiendo a Trane/ al tren”), donde el asunto consistía prácticamente en un solo de tenor que desencadenaba variaciones y energía pura, el artista demostraba a su público —que a veces presenciaba extasiado y a veces confundido y horrorizado— una faceta mucho más abstracta y difícil de su arte.

    Archie Shepp, saxofonista y amigo de Coltrane, recuerda la primera vez que escuchó “Chasin’ de Trane”: “Yo vivía en un loft en el East Village de Nueva York en 1962. Escuché retumbar el tocadiscos de mi vecino y vi que era Trane. Pero el piano nunca aparecía. A medida que desarrollaba la línea se hizo evidente que la estructura no era muy visible y que estaba jugando con los sonidos: tocaba sobre las escalas normales del instrumento, notas neutras y estrafalarias, sobreagudos y cosas así. Me pareció una pieza musical tan impactante como lo fue en su día ‘La consagración de la primavera’ de Stravinski”.

    Pero no todo era energía desatada y furia negra. En 1963 Impulse! grabó “John Coltrane and Johnny Hartman”, seis melodías delicadas en las que la voz del cantante se mece sobre el mismo cuarteto con que al año siguiente concebiría A Love Supreme. “Johnny Hartman estaba tan paralizado por el solo cada vez más radiante de Coltrane durante la grabación de ‘My One and Only Love’ que se olvidó por completo de entrar para cerrar su parte vocal”, apunta Thiele.

    El cuarteto tocó una sola vez en vivo la suite completa: fue en 1965, en el Festival de Jazz de Antibes, en Francia. El concierto está registrado en el disco doble “A Love Supreme. Deluxe Edition”, cuyo primer compacto tiene la grabación original en estudio, remasterizada por Van Gelder, mientras que el segundo incluye la actuación en vivo (hay extensos y apasionantes solos de Coltrane, Garrison y Jones, en mono pero con una prístina definición) y cuatro tomas alternativas de la suite en estudio, con Archie Shepp y Art Davis, que Coltrane nunca utilizó.

    Después de A Love Supreme nada sería igual. Coltrane ya había despegado de este mundo y se dirigía hacia nuevas esferas, como lo demuestran sus discos “Ascension”, “Kulu Se Mama” y “Meditations” (¡los tres de 1966!), “Expression” (1967, su último disco grabado en estudio), “Om” y “Cosmic Music” (ambos de 1968), “Transition” (1970), “Sun Ship” (1971) e “Infinity” (1972). En Impulse le daban carta libre para que hiciera lo que quisiera, aunque los ingenieros de sonido y los productores de turno no entendieran nada de lo que hacía. El tipo no paraba de crear. Hasta mucho después de su muerte, ocurrida el 17 de julio de 1967 como consecuencia de un cáncer de hígado, siguieron saliendo discos porque aparecían grabaciones y cortes y temas sueltos. “En seis años, la asociación Impulse-Coltrane había producido dieciséis discos, muchos más que cualquier otro artista y muy lejos del estándar de dos discos por año”, escribe Ashley Kahn en su libro “El sello que Coltrane impulsó” (Global Rhythm, 2006). Y todo esto en solo 40 años. Realmente, una vida de una intensidad inaudita.

    Cuenta el crítico musical Nat Hentoff que una noche, a comienzos de los años 50, vio a John Coltrane en el Greenwich Village. “Su aspecto era espantoso: harapiento, ausente”, recuerda. Un músico que acompañaba al crítico le dijo que la lastimosa condición de Trane se debía a las drogas y al alcohol. “Y Coltrane abandonó las dos cosas, y solo”, continúa Hentoff. “Durante su vertiginoso ascenso musical, que no tardaría en comenzar, volvió a estar limpio y permaneció así. Eso es tener poder de autorregeneración”.

    Y la autorregeneración es una condición extraterrestre o celestial. Alabado sea el señor... Trane.