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    Alejandro Spera

    Sr. Director:

    Mi primo se llamaba Alejandro Spera. Desde pequeños guardábamos cercanía, ya que compartíamos, entre otras cosas, nuestro amor por la música y la tecnología. A través de él conocí discos, artistas e instrumentos que impactaron en mi desarrollo personal y que, de no habérmelos acercado, me hubiesen sido esquivos. Como suele ocurrir, a medida que fuimos creciendo, tomamos distintas decisiones y distintos caminos que nos fueron alejando. Sin embargo, cuando nos hacíamos un rato para hablar, nos reencontrábamos con el mismo interés y entusiasmo que cuando éramos niños. Yo siempre admiré su inteligencia, que lo hacía brillar en cada una de las tareas en las que se involucraba. Era una mezcla extraña de entusiasmo, optimismo y solidez, de esas que no se suelen encontrar ni en las compañías más exigentes de nuestro país.

    Hace ya muchos años y pese a varios consejos en contra, decidió embarcarse en la aventura de la aviación comercial en el Uruguay. Con una enorme capacidad de autodidacta comenzó a hacer sus primeras armas en la hoy extinta empresa Pluna. En ella recorrió un largo y empedrado camino desde asistente de vuelo a auditor de calidad y jefe de cabina. Se sumergió en el mundo de la aeronáutica y aprendió todo lo que pudo de él. Desde afuera podría parecer contraproducente; sin embargo, siempre portaba el semblante alegre propio de una persona que ha encontrado su vocación, su metier en la vida. 

    En la última década, los problemas de Pluna afectaron seriamente a sus empleados, entre ellos Alejandro. Sin embargo, el inesperado cierre de la empresa no hizo que él perdiera la esperanza. Por cierto, vio luz en la oscuridad y entendió que esa podía ser la oportunidad para reflotar una aerolínea de bandera uruguaya y la conectividad del Uruguay. Recuerdo diálogos durante ese periodo con Alejandro, durante la preparación de proyectos y propuestas para Alas Uruguay. Su optimismo me sorprendía y me contagiaba, pese a las informaciones negativas que nos llegaban a quienes éramos profanos en el tema. Cuando Alas Uruguay dejo de volar, se estrellaron los sueños de cientos de uruguayos que buscaban hacer realidad la empresa autogestionada, entre ellos los de mi primo. Desde ese entonces, él había cambiado. Si bien mantenía su energía, se lo notaba cansado. No por falta de sueño, sino porque su esperanza se estaba apagando. Sus perspectivas no eran tan positivas como cuando éramos más jóvenes. Éramos adultos viviendo en la realidad del statu-quo del Uruguay donde el networking importa más que el expertise. Pese a golpear todas las puertas sin obtener respuesta y todo el negativismo típico de la uruguayez, mi primo no se rindió y tercamente, desde hace algunos meses, preparaba con enorme entusiasmo una nueva propuesta para que la aviación comercial en el Uruguay volviera a despegar (Desafíos para una Aviación Civil Sostenible en el Uruguay, DACS). Sin embargo, como una ironía más en su vida, unas pocas semanas después de cumplir 43 años y a 3 días de dicho evento, su corazón no resistió más todo lo que le pedía su mente y un infarto le arrebató toda vida por delante.

    Múltiples reflexiones surgen cuando alguien muere, en particular si ese alguien es un ser querido, más alguien tan joven y con tanto para dar. Y entre varias preguntas, sobresale una… ¿hasta dónde dar por lo que uno quiere?

    Yo compartía con mi primo el valor de luchar incansablemente por lograr lo que uno quiere. Incluso lo comparto hoy. Sin embargo, también he aprendido que ese valor y los objetivos que uno se traza en el camino son más factibles y menos contraproducentes en una sociedad madura, donde cada uno hace y se hace responsable por lo que debe hacer. Quienes nos gobiernan deberían contemplar qué hacen hoy y qué deberían hacer con los uruguayos como Alejandro (me consta son varios). Gracias a esos uruguayos es que el país no solamente funciona, crece. En momentos cuando se habla de igualdad de oportunidades sería bueno considerar si los uruguayos con talento pero sin familias  de renombre, amigos poderosos o militancia alineada con el gobierno de turno, tienen igualdad de oportunidades frente a los demás.

    Como decía un viejo profesor: “Cuando todos se vayan y apaguen las luces, allí estaré yo, tercamente, volviendo a encender la luz”. Alejandro hoy no está, pero sí su luz. Todos la podemos ver cada vez que un avión surca nuestro cielo celeste. Un cielo que él ayudó a acercar un poco más a todos quienes vivimos en esta tierra. Una luz que además es guía para quienes luchan por lo que quieren. Para que no pierdan la esperanza y para que sepan que a pesar de que la lucha tiene sus sinsabores, tiene una enorme recompensa: saber que nunca estarán solos.

    Gonzalo Spera