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    Alemania, siempre Alemania

    Faltaban 12 goles para convertir este campeonato mundial en el más goleador. Y quedaban cuatro partidos. Era muy difícil. Sin embargo, en la primera semifinal aparecieron los siete pinos históricos que le encajó —nunca mejor el término— Alemania a Brasil, que llora y seguirá llorando en la selva amazónica, en Manaos y Brasilia, en San Pablo, Porto Alegre y alrededores, desde las favelas en todos los morros hasta Copacabana, Hipanema y Leblon, porque esta segunda humillación en su casa y por semejante tanteador no será fácil de borrar. No creo que tengan ganas de organizar otro mundial por mucho tiempo.

    Los especialistas dicen que Brasil negó sus raíces, que se descuidaron en una pelota quieta, que faltó Neymar, que esto y lo otro. La verdad es que resulta complejo de explicar por aquello de que Brasil siempre es Brasil. Pero esta vez, después del tercer gol de Alemania, los dirigidos por Felipe Scolari sencillamente fueron adormecidos por la picadura de una mamba negra. Se movían con torpeza y arena en las piernas, cosa que se acrecentó con los dos goles que sobrevinieron y... ¡todos en el primer tiempo! ¿Qué les habrá dicho el técnico en el entretiempo? ¿Que quedaban 45 minutos por jugar y había que meter? ¿Que él abandonaba el estadio en helicóptero? Obviamente, más de un jugador brasileño debe haber pensado que el tiempo restante también podía ser para recibir más goles en contra del ya deshonroso, monstruoso 0-5.

    Y así fue. Para la segunda mitad del encuentro, Alemania sacó el pie del acelerador. Respeto al pentacampeón. Respeto al dueño de casa que construyó tantos estadios y tuvo tantos contratiempos. Pero le propinó dos goles más. El resultado fue obsceno por donde se lo mire: 7 a 1. Ni ganas de protestar. Ni un poquito de energía para una revuelta social. Solo llanto y desazón. Una desgracia enorme, lisa y llana.

    ¿Cuál es el mejor jugador de Alemania? ¿Müller? ¿Ozil? ¿Su goleador histórico Klose? ¿Hummels? Todos, hasta el formidable portero Neuer, que además es líbero. Estamos ante el mejor combinado teutón en mucho tiempo.

    En cuanto a Holanda y Argentina, jugaron un mediocrísimo partido que terminó cero a cero en los noventa y en el alargue. Solo existió la tensión de saber quién pasaba y quién no. La mejor jugada fue un cierre agónico de Mascherano a Robben en el minuto 89, algo así como un homenaje a los obreros que trabajan en las sombras, a los que no lucen pero evitan goles.

    Las dos jugadas más vistosas las protagonizó el golero holandés Cillessen, primero amagando a Iguaín y después a Agüero.

    Y finalmente los penales, donde los holandeses extrañaron a su arma secreta Krul por haber gastado todos los cambios, porque el rubiecito y risueño Cillessen, excelente gambeteador de delanteros, no encontró una sola desde los once pasos, cosa que sí hizo el argentino Romero. Los holandeses tienen tatuada la derrota en el corazón: nunca llegan a dar el paso definitivo.

    La finalísima será otra vez entre Alemania y Argentina, cada uno con una batalla ganada. De un lado el mejor equipo, del otro el mejor jugador del mundo. Es justo.