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    Algo no anda bien

    Sr. Director:

    ¿Se acuerdan del acto del Obelisco? Más de 400.000 personas manifestando, en pleno régimen militar, para reivindicar la democracia y exigir su retorno. Todo presidido por un enorme estrado, poblado de punta a punta por dirigentes políticos. Eran los buenos de la película, aquellos encargados de hacer realidad el ideal reclamado por la multitud. Los malos eran los militares.

    No ha pasado tanto tiempo. Sin embargo, mucho parece haber cambiado.

    Es obvio que hubo mitos. En los 60, el mito de los tupas heroicos reivindicadores de los desposeídos, asaltando el San Rafael y volando el Bowling, que luego alcanzaron el cenit de la ficción al hacerse pasar por revolucionarios contra la dictadura militar.

    En los 70, el mito lo ensayaron los militares, reclamando ser reconocidos y aceptados como los salvadores de la institucionalidad ante las amenazas conjuntas de los subversivos (ya estaban todos en cana), los políticos corruptos (pidiendo a funcionarios del Palacio que dijeran dónde los legisladores guardaban el whisky y el dinero de las coimas) y los empresarios de igual laya (encarcelando a varios en los cuarteles).

    Para los 80, todos nos lanzamos a exigir el retorno de la democracia a manos de los partidos políticos.

    Hoy aparece un fenómeno nuevo: se llama Cabildo Abierto.

    Más allá de que nos guste o nos rechine, que pensemos votarlo o ignorarlo, es una realidad. Una realidad que debe interpelarnos.

    Ignacio Zuasnábar (Equipos) afirmó hace unos días que Cabildo Abierto es un fenómeno consolidado que, además, no se “resuelve” diciendo que lo votaron los militares (como si fuera una suerte de elector peculiar, encapsulable). Dijo más: 1) que el fenómeno responde a exigencias muy firmes (y crecientes, añado yo) de un sector de la población, y 2) que las encuestas vienen marcando que las Fuerzas Armadas tienen mejor imagen, y más credibilidad que los partidos políticos. Buenos y malos parece que han cambiado y en poco tiempo.

    Entre los mitos de los 70 estaba el del “apoyo tácito”, esgrimido por los militares para justificar el golpe y escenificado por las imágenes de las playas llenas los días del Febrero Amargo y el escasísimo número de personas que acudieron al llamado del entonces presidente Bordaberry. Algo de eso había. No lo que los militares creyeron (o quisieron) ver. Pero algo había. Buena parte de la opinión pública tenía pobre imagen de la clase política, simbolizada en el imaginario colectivo por los escandaletes, pequeños y vergonzosos, de ediles de la Junta Departamental de Montevideo.

    Pues tal parece que el fenómeno del desprestigio de los partidos políticos –sin los cuales no hay democracia— vuelve a asomar su cabeza.

    Es un problema muy serio.

    Que no se arregla diciendo que Manini es Hitler y que solo lo votan milicos. Primero, porque ni lo uno ni lo otro es cierto. Pero, además, porque el fenómeno del desprestigio de los políticos no lo inventó Manini (aunque lo aprovecha). Quizás Manini no sea la solución, pero ciertamente no es la causa del problema.

    Hay algo que no está funcionando bien en nuestra democracia, algo de fondo. Muy serio.

    No es un problema “de los políticos”. Nos afecta a todos. Quizás no estemos ante el riesgo de que nuestra democracia se vuelva a romper, pero eso no debe servirnos de consuelo.

    De la misma manera que no sirve creer que el problema es de los políticos y tampoco es cierto que ellos sean los causantes únicos o aun originarios. Las causas están en nuestra sociedad, en nosotros y en nuestra cultura.

    Si pretendemos del Estado lo que este no nos puede dar, y por el camino alentamos su crecimiento constante, las frustraciones y los fracasos no pueden endilgarse a otros.

    Si denostamos la política y permanentemente insistimos en que se paga de más a los políticos, no podemos sorprendernos si el proceso de selección de gobernantes es pésimo y los resultados, acordes.

    Si dejamos la política para otros, no nos quejemos después.

    Quizás el mayor reproche que se puede hacer hoy a los políticos es de no animarse a decirnos que estamos equivocados en muchas cosas y que de esto no se sale haciéndonos las víctimas o los desentendidos.

    Ignacio de Posadas