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    Algo no ’tá funcionando

    Sr. Director:

    Como todos recordarán, lo que gatilló la Revolución Americana fue aquel grito: “No taxation without representation”, que alentó a los levantiscos de Boston a tirar los fardos de té al mar.

    El razonamiento era bastante obvio: la monarquía británica (Parlamento incluido) producía impuestos para satisfacer gastos que a ellos les interesaban, sin importarle no solo si esos gastos le servían de algo a los colonos en América, sino además, cuál era el impacto sobre su realidad económica. Dicho de otra manera, no solo había una distorsión en el gasto, también el monto y tipo de tributos eran contrarios a la realidad de quienes los tenían que pagar.

    Hoy, me parece que tenemos mucha representación y mucha tributación a la vez, y la cosa no anda bien. Claramente hay algo que no está funcionando.

    ¿Por qué?

    Quizás porque hoy el problema no es el de un soberano autoritario que impone para satisfacer sus fines (básicamente, gastos de guerra y corte).

    Quien hoy impone es toda una estructura estatal, manejada por una frondosa burocracia, que persigue decenas de intereses, caros a sus ojos, pero no necesariamente a los de la sociedad.

    Hay representación formal –si estamos hablando de un estado democrático– pero lo que está faltando es una representación REAL. Dicho crudamente, buena parte de la realidad sobre la que recae la carga tributaria es ajena a la burocracia que la genera (y la gasta). De hecho, esa estructura político-burocrática gasta más (muchísimo más) que Jorge III, y está más o menos igual de lejos de la realidad sobre la que recaen sus impuestos. Se extrae mucho y se devuelve poco, todo ello resuelto allá lejos, en los arcanos del poder, en una rebatiña protagonizada por sindicatos, burócratas y dirigentes políticos (y, a veces, algún empresario que consigue meter cuchara):

    “No taxation without representation”, hoy se traduce en: “están gravando y gastando sin tomar en cuenta la realidad económica del país”. Por encima de la realidad de quienes producen hay otra realidad, formada por la sumatoria de grupos de interés, todos ellos con algún asidero en las palancas de gobierno, que defienden sus intereses puntuales o sectoriales, buscando que no se note que otros pagan la cuenta.

    Es, claramente, lo que percibió el movimiento Un Solo Uruguay con el campanazo dado hace unos años en Durazno. Pero, a diferencia de lo ocurrido en Boston, aquel no ha encontrado caminos efectivos para llevar adelante su planteo. Lo que, creo, no ocurrirá por la vía de intentar influir desde afuera del sistema (o sistemas: político-corporativos).

    Al ser una sociedad que no consiguió (¿pudo?¿quiso?) adaptarse a los cambios económicos mundiales, ocurridos luego de las grandes guerras, mucha de nuestra energía (económica y política) se va en querer conservar estructuras y actividades que ya no se ajustan a la realidad (y que han dejado de ser representativas, más allá de un sector de la sociedad). Eso se refleja no solo en cargas tributarias sino también en esquemas regulatorios, igualmente negativos en cuanto a sus efectos económicos.

    Claramente, algo no ’tá funcionando.

    Ignacio De Posadas