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    Amado y el Partido Colorado (II)

    Sr. Director:

    He sido miembro del Partido Colorado (PC) desde mi adolescencia. Pese a no haber tenido cargos públicos de representación política, siento el orgullo de haber ocupado puestos de responsabilidad en la estructura partidaria. A saber y en lo sustancial:

    -Convencional nacional y convencional departamental por Montevideo, desde 1999 a la fecha.

    -Miembro del Comité Ejecutivo Departamental de Montevideo, 2004-2009.

    -Prosecretario general de Montevideo, 2008-2009.

    -Miembro de la Comisión de Reforma y redactor de la nueva Carta Orgánica, 2004-2007.

    -Prosecretario nacional de Afiliaciones, 2010-2013.

    -Vicepresidente de la Secretaría Técnica sobre “República” del Congreso Ideológico y redactor del informe respectivo (2011-2012).

    En estos días presenté renuncia al PC acompañando la decisión que adoptó Batllistas Orejanos (BO), del cual soy miembro de su Comité Ejecutivo. En el ámbito del PC han concentrado sus argumentos en que todo responde a los intereses espurios y a las malas actitudes del diputado Fernando Amado. Podría decirse que las reacciones —como desde antes los insultos y el destrato— son apenas la expresión de cuestiones más sustantivas como es la existencia de un relato hegemónico sobre lo que constituye hoy la identidad colorada, su ubicación en el espectro político-ideológico y, como conclusión, el derrotero político de mediano y largo plazo en el que el establishment partidario se encuentra embarcado. Una hegemonía que subsiste gracias a la reducción y encasillamiento del electorado colorado al que representa perfectamente, asfixiando las posibilidades de la alternativa que queda reducida a la categoría de disidente para aquel y de una opción no considerable para otros potenciales votantes que podrían coincidir con el talante que expresa BO, pero no dentro de un contexto partidario que les es completamente refractario. De esta manera, aquello de que “la estructura se cambia desde adentro” es solo una frase hecha.

    También se ha manifestado desconocer las ideas de Fernando Amado o de BO, sin alcanzar a apreciar que solo sostener lo que hemos sostenido sobre la realidad partidaria ya es una propuesta “revolucionaria” dado el lamentable y aparente ineluctable destino colorado para su dirigencia, lo que otros sí han sabido valorar. Por otra parte, como reza el informe del Comité Ejecutivo a la Asamblea Nacional de BO: “Los juicios que mantenemos sobre la situación del Partido Colorado en relación con el recorrido que lo puso en este lugar y a sus escenarios a futuro no se restringen a la cuestión de una persona, al punto que si la ‘despejáramos’ de la ecuación los argumentos seguirían en pie de principio a fin”.

    En ese sentido, la carta de renuncia que reproduzco más abajo pretende reflejar que la desvinculación de BO del Partido Colorado se relaciona con razones de fondo y con argumentos fundamentados —histórica y politológicamente, incluso— que sistemáticamente se desdeñaron y que en lo personal he sentido que afectan muy profundamente mis convicciones colorado-batllistas.

    Lic. Carlos Fedele

    Montevideo, 25 de setiembre de 2018

    Señor secretario general del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Colorado

    Diputado Adrián Peña

    Presente

    De mi mayor consideración:

    Hago llegar al Comité Ejecutivo Nacional la renuncia a mi calidad de convencional nacional y de convencional departamental por Montevideo del Partido Colorado. Al mismo tiempo solicito la desafiliación al mismo.

    Naturalmente mi renuncia no tendrá la repercusión pública de otras. Sin embargo, mi vida —y no en sentido figurado—se explica en más de un sentido, tanto en las puertas que se me abrieron como las que se me cerraron, a partir de mi militancia política en el Partido Colorado al que he pertenecido desde la adolescencia (quizá desde la cuna si pienso en mi hogar paterno). Fui un colorado que no se escondió, sino que me expuse como tal en cada ámbito al que pertenecí. Como ustedes saben, además, con orgullo integré su estructura y ocupé puestos de responsabilidad organizacional y política en los que muy lejos de transcurrir, lo entregué todo. Hasta ahora y en referencia a no es necesario aclarar quién, solo han atribuido la decisión a condiciones personales o maquinaciones políticas de un individuo, sin detenerse a apreciar el drama implícito en decisiones como esta, que no se reducen a una persona. Por dicha razón, confieso que me pregunto qué pensarán aquellos que me conocen, qué excusa del plano personal encontrarán para esta decisión. ¿Qué tomarán o inventarán de mi trayectoria en el partido para justificar que me voy? ¿Con qué pretenderán ocultar que el grano de arena de mi individual actitud responde a fenómenos profundos, de larga duración y, fundamentalmente, colectivos?

    Si a algo me dediqué en estos últimos años es a tratar de dejar en evidencia de diversos modos que la problemática colorada no se reducía a una circunstancia, sino que respondía al colapso de la identidad batllista; a poner en evidencia los relatos —cargados de omisiones— que han pretendido argumentar que batllismo y coloradismo son sinónimos y que el primero parece que puede ser cualquier cosa, antes por aspirar a cobijar a los antibatllistas y después, perseverando en el error, para encubrir las responsabilidades de haber destrozado así al verdadero batllismo. Dijimos también que las fórmulas “concertacionistas”, derivación natural de la teoría de las “familias ideológicas”, acarrearían la consolidación de una identidad suprapartidaria blanco-colorada, que atenuaría hasta la casi extinción las diferencias entre los partidos tradicionales. Pero que, por otra parte, eran la evidente punta del iceberg de las propuestas acuerdistas que vendría después y que con todo eso se daría por finalizado un vínculo verosímil entre batllismo y coloradismo. Al hacerlo, recibí agravios pero mayormente indiferencias. Como no estamos en la década del 60, ni a la salida de la dictadura, ni siquiera en los 2000, es evidente que entre lo que rompe los ojos y la suficiente perspectiva histórica que ya poseemos, lo que no se comprende es por qué se cree en lo que se quiere creer.

    La dinámica actual del coloradismo, sobre la base de una hegemonía partidaria cristalizada y naturalizada que no admite disonancias —si acaso en la forma de gruñir en los rincones o en meras apariencias de contradicción, en cualquier caso, funcionales al status quo—, ha decidido profundizar en un camino con el cual he llegado a sentir un desapego en ocasiones bastante cercano a la repugnancia. No me siento representado por este Partido Colorado.

    Seguramente alguien dirá ahora que nunca fui colorado. No pueden verme, pero en estos momentos esbozo una sonrisa. Igual es buena la oportunidad para dejar claro algo, aunque solo a mí pueda importarme. No solo seguiré declarándome batllista, seguro de que lo soy mucho más que algunos que allí quedan, sino que —para “tranquilidad” de los que dicen que no se puede ser uno sin ser lo otro— también continuaré definiéndome como colorado por sentirme vinculado a una determinada trayectoria histórica, política, ideológica y ética colorada y batllista, que arranca en 1836, pero que no es igual a otras trayectorias coloradas que no defendieron ni defienden las mismas ideas ni los mismos valores.

    Soy colorado, pero no puedo convertirme en cómplice de aquellos que —más allá de cantidad de votos y cargos— han decidido ser los enterradores del batllismo.

    Sin más, le saluda atentamente.

    Lic. Carlos Fedele