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El sentido de la proporción es un problema frecuente con el que se encuentran muchos artistas. Hay novelas larguísimas que contienen pasajes buenos, incluso espléndidos. Pero les sobran 100 o 200 páginas. Y hay películas con momentos logrados, incluso sublimes, a las que les sobran 20 minutos o media hora. La proporción final de una obra es, por regla general, responsabilidad de su autor. Cuando hay editores literarios o consejeros cinematográficos que opinan con sensatez —también hay que tener en cuenta que el autor esté dispuesto a recibir la crítica y luego a actuar en consecuencia— las cosas se pueden arreglar, encauzar. Pero cuando el responsable final tiene chapa de artista y todo lo que hace es genial para él, es difícil contradecirlo, hacerle llegar un parámetro referencial; en una palabra: que sienta el sensato aire de la realidad exterior.
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Esto es lo que sucede básicamente con El árbol de la vida, de Terrence Malick. La película tiene tomas bellísimas y momentos sublimes, pero es excesiva, pretenciosa e incluso en algunos momentos disparatada. No es fácil encontrar el nódulo de la historia. Las imágenes poseen tal fuerza centrípeta que tienden a escaparse a la propia estructura de la obra y al propio control del realizador. Son como fuegos artificiales que se disparan una y otra vez. A la larga cansan y, lo que es peor, se vacían de sentido.
Es cierto que Malick tiene una intencionalidad poética, pero la poesía también responde a ciertas reglas y por ende tiene sus proporciones. La poesía no es un vale todo. Quien pretende ser poético y que se note, va por mal camino. El asunto es delicado: muchas veces un pequeñísimo desatino, una palabra o una imagen fuera de lugar tiran abajo toda una estantería de acertada construcción lírica.
Digamos que la plataforma de El árbol de la vida es una familia norteamericana de clase media de los años 50 con una madre pasiva y distante y con un padre autoritario y tres hijos. Cuando la cámara de Malick recorre los suburbios, los jardines y los ambientes donde se mueven los niños, la madre riega las plantas o el padre arregla algo en la cochera, la historia funciona y adquiere intensidad dramática. En este sentido, Brad Pitt está muy bien, y el hijo mayor (el adolescente Hunter McCracken), que es el verdadero protagonista, también. En cambio, la intervención de Sean Penn resulta flaca, deshilachada, innecesaria. Dicen que el actor y el director terminaron el rodaje en malos términos. Según Penn, Malick arruinó un excelente guión.
Es que este realizador de culto, que permaneció veinte años en silencio cinematográfico entre su segunda película, “Días de gloria” (1978), y la tercera, “La delgada línea roja” (1998), es un alma en pena, un sujeto que no puede estar en paz consigo mismo. Además, estudió filosofía y quiere poner en imágenes su idea de la filosofía. Entonces, la cámara siempre vuela, sueña, delira y desatina. Del interior de una cocina, por ejemplo, pasamos... al cielo, al limbo de las almas y al más allá. Para colmo de males, el hombre apuesta por imágenes planetarias, metafísicas, del tipo “2001, odisea del espacio”. Incluso hay un par de intervenciones ri-dí-cu-las a cargo de animales prehistóricos.
Nuestro artista pasado de rosca no se conforma con retratar a una familia disfuncional de los suburbios: él quiere desentrañar el misterio de la vida y de la muerte, la existencia de Dios, la posibilidad de la nada y más, mucho más. Conclusión: ausencia de estructura, cabos sueltos y significados confusos.
Cuando ajustó sus pretensiones y las puso al servicio de una historia, como en “Tierra mala” (1973) y “Días de gloria”, la cosa funcionaba de maravilla. En ambos casos había un balance entre el drama narrado y el poder sugerente de las imágenes, principalmente de la naturaleza (el mar, el cielo y la tierra, de la mejor forma en que se puedan filmar), una de las obsesiones de Malick.
Por el contrario, cuando se excedió en sus ambiciones y dio un paso más allá, como en “La delgada línea roja” y “El nuevo mundo” (2005), el resultado fue fallido.
Está bueno que un tipo con sus condiciones apunte a realizar un cine distinto. Está bueno que no sea convencional para narrar. Y está bueno que haga las cosas a contrapelo de la industria. Pero con sentido de las proporciones. El cine, contrariamente a la pintura, la escultura y la escritura, que son solitarias, es una actividad donde intervienen muchos técnicos y creadores. Se puede consultar al director de fotografía. Se puede escuchar al montajista. Y se puede aprender de lo que opinan los actores e incluso los productores cuando son inteligentes y sensatos. La cuestión es que Malick esté dispuesto a hacerlo.
“El árbol de la vida” (“The Tree of Life”). EEUU, 2011. Guión y dirección: Terrence Malick. Con Brad Pitt, Sean Penn, Jessica Chastain, Hunter McCracken. Duración: 139 minutos.