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    Amor a la mexicana

    Orozco, Siqueiros y Rivera en Buenos Aires

    Santiago de Chile, 1973. Hay dos versiones. Una dice que fue el sábado de noche; otra, el lunes. Es un detalle. Lo cierto es que el Museo de Bellas Artes de Chile fue cercado por tanquetas y vehículos de guerra. Al rato se oyeron disparos. Los militares golpistas atacaban un edificio histórico, repleto de obras de arte. Pocos fueron testigos. Esos días nadie andaba en la calle o se atrevía a asomarse a las ventanas. Había toque de queda y Santiago era un tendal de muertos. La historia la cuenta una joven vecina que no pudo entrar a su casa, un fotógrafo que trabajaba para el museo en sus horas libres, un mayordomo y el sereno que desesperado llamó inmediatamente al director Nemesio Antúnez. El sereno estaba solo. La escena era trágica, desconcertante. “Tenía miedo de morir y que destruyeran todo”, dijo el cuidador. Al otro día pudieron comprobarse las huellas en las paredes y en algunos cuadros. Dos obras chilenas que ahora se exponen en el museo con las marcas de balas para recordar el lamentable hecho. Fue a pocos días del golpe que derrocó a Salvador Allende. El golpe fue un martes. El jueves debía inaugurarse una exposición con 169 cuadros de Diego Rivera (1886-1957), David Alfaro Siqueiros (1898-1974) y José Clemente Orozco (1883-1949), tres de los referentes del arte mexicano del siglo XX. La muestra fue impulsada por el gobierno de Luis Echeverría. Según sus críticos, para mejorar la imagen luego de la matanza estudiantil de Tlatelolco en 1968. El arte funcionaría como puente hacia el gobierno izquierdista de Allende y por transitiva al interior de su país.

    Buenos Aires, 2016. Es domingo al mediodía y el Museo Nacional de Bellas Artes está repleto. Cientos de personas caminan entre las obras. Un cuadro recibe al visitante. Es un torso desnudo de una mujer fuerte con pechos grandes. Es de Siqueiros. Los senos sobresalen en primer plano, la piel casi puede tocarse, los músculos tensos y el resto del cuerpo extendido hacia la pared como parte de un poderoso mural. Las pinceladas en círculo contribuyen a la dinámica de la composición. Siqueiros fue el más político de todos, el más militante. Estuvo años preso, en diferentes momentos de su vida. En los 60, un movimiento internacional pidió su liberación. Hay una foto que lo muestra detrás de las rejas de la celda con una mano hacia afuera. Hay también una maqueta de Ejercicio plástico, el formidable mural que pintó junto a artistas argentinos en los años 30 en Buenos Aires, en la casa del empresario periodístico Natalio Botana. Fue rescatado hace unos años y puede verse en el Museo del Bicentenario. Como Rivera, fue influido por las vanguardias europeas, en especial el expresionismo. Se afilió al Partido Comunista como su colega y fue figura entre los artistas más removedores y al mismo tiempo populares. Los tres comparten experiencias, teorías, peleas, amistad y celos. También genio y espíritu innovador.

    Santiago de Chile, 1973. Los cuadros de la exposición Siqueiros, Orozco, Rivera-Pintura Mexicana se salvaron de ser ametrallados por gracia y obra de un señor llamado Fernando Gamboa (México, 1919-1990). Este historiador y crítico de arte fue el responsable de la muestra y uno de los principales movilizadores del arte mexicano de posguerra. Ya había estado en otra revuelta, en 1948, en el famoso Bogotazo, provocado por la muerte del candidato a presidente Jorge Eliécer Gaitán. Gamboa se envolvió en una bandera mexicana mojada para cruzar la violenta Bogotá y meterse en el Palacio y salvar la exposición de un incendio. Había coordinado una muestra que abarcaba 400 años de pintura mexicana. No era la primera vez que Gamboa quedaba en medio entre el arte y la violencia política o social. A fines de los 30 una exposición de grabados mexicanos que llevó a España lo encontró entre los escombros de la Guerra Civil. Organizó cuatro barcos para sacar exiliados y llevarlos a México, como hizo Pablo Neruda con el famoso Winnipeg.

    Buenos Aires, 2016, Museo Nacional de Bellas Artes. La exposición se llama ahora Orozco, Rivera, Siqueiros-La exposición pendiente y contiene 76 obras recuperadas de la masacre. Son parte de la colección del Museo de Arte Carrillo Gil de México. Se dividen entre los tres monstruos. La primera parte incluye retratos y una muestra de la etapa cubista de Diego Rivera, cuando estuvo en París gracias a una beca oficial. No están los mejores pero basta para entender algo del proceso pictórico de este personaje tan mitómano y mujeriego como talentoso. Fue amigo de Picasso. Dicen que el malagueño le robó la forma de pintar la maleza, algo que había atormentado al cubismo. Rivera aprovechó para negar cualquier rencor y aclarar que “estaba feliz por contribuir a mejorar a Picasso”. El cubismo de Rivera es mucho más colorido que el de los europeos. Hay una pelea famosa entre el crítico Pierre Reverdy y Rivera por los colores y el ego. Reverdy le dijo que “usaba lo que otros encontraban” y culminó con un despectivo “mexicano”. Bastó para que Rivera le diera unas cuantas piñas. Así se hacía arte por aquellos tiempos. Rivera fue aceptado por el núcleo duro del cubismo, aunque de a poco evadió el cerco y quedó fascinado por el mejor Cézanne. Volvió a México y gracias a la política cultural impulsa el muralismo revolucionario junto a sus colegas. Deja el caballete por las paredes y el monumentalismo pictórico.

    Chile, 1973. Ahora Fernando Gamboa, responsable de organizar esta inusual muestra, está en Santiago de Chile, el martes 11 de setiembre, en un hotel céntrico. Una vez más con el patrimonio valiosísimo en sus manos frente a la barbarie. Entre bombas y tiros y la terrible confusión pensó en las obras que habían llegado al Museo de Bellas Artes bajo su tutela. Tuvo el tino de grabar las sensaciones de ese momento. Pensó y expresó cosas como “un magnicidio frente al mundo entero, sin ocultarlo siquiera, registrado hasta con la televisión. Quiero conservar vivo el espíritu de protesta”. Se escuchan aviones y bombas. Voz y pensamientos rescatados años después para un documental. Salió del hotel y se fue al museo, donde ayudó a empacar toda la obra. La historia de esos cuadros ya cargaba el pesado legado de sus autores, de largo y tumultuoso compromiso político. Logró sacar todo en el primer avión que salió a México con exiliados políticos. Iban allí Isabel Allende y otros familiares del presidente. Y Gamboa con Orozco, Rivera y Siqueiros. No pudo salir Pablo Neruda, ya enfermo de cáncer, internado en una clínica. Moriría pocos días después.

    Buenos Aires, 2016. Frío fin de semana de junio. La gente se amontona frente a los tres pintores y recorre imágenes desajustadas, peleadoras, de cuerpos tensos y miradas encendidas y puños en primer plano. La muestra reúne obra de caballete de diferentes períodos. También litografías y dibujos, en especial de Orozco. Parece el preferido de todos. Su obra es profunda, dramática, dolorosa. Menos exterior y militante, de evidente construcción humanitaria y espiritual. Hay retratos de mujeres, en especial se destaca el de la actriz Dolores del Río (1944) y un autorretrato de 1948. En tonos oscuros y ojos enormes, llaman la atención por la fuerza del carácter. Y el bigotito de Orozco, casi hitleriano si no fuera por el conocimiento que hay de su convicción social y revolucionaria. Hay un trabajo pequeño de 1941 (Mendigos) que vale la muestra. Junto al Retrato de Maximiliano Volonchine (1916), del cubismo a la mexicana de Rivera, y el retrato de Orozco por Siqueiros. También los dibujos de Siqueiros y en especial el boceto de Zapata, estudio para el mural de Chapultepec (1966), en tono amarillo heroico, casi sin rostro, sobre un caballo blanco, o su Desnudo (la guitarra), de 1946.

    Montevideo, 2017. Todo indica que la muestra puede llegar a Uruguay. Pero esta historia todavía no está contada. Como tantas de estas conexiones entre la ruta del arte y la violencia política y social. Y la incomprensible actitud del ser humano, que es capaz de dar su vida por un cuadro. O destruirlo a balazo limpio. Es la razón de la existencia y su oscuro misterio.

    Orozco, Rivera, Siqueiros-La exposición pendiente. En el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. Avda. del Libertador 1473. De martes a viernes de 11.30 a 19.30, sábados y domingos a partir de las 9.30. Hasta el 7 de agosto.