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    Antonio Marchesano

    El Dr. Antonio Marchesano Costa fue protagonista destacado de la generación que operó la reinstitucionalización democrática de 1985, cuya vigencia y solidez, el mismo tiempo transcurrido desde entonces, han demostrado.

    Ni sencilla, ni cómoda, y hasta arriesgada era aquella tarea de articulación y militancia tendiente a recuperar la institucionalidad e, incluso, la consideración internacional. Fue, por ese entonces, que sellamos nuestra amistad.

    Ya antes había descollado en la tarea parlamentaria y padeció, como todos, el trágico descaecimiento retroalimentado y de paternidad múltiple.

    No eran circunstancias en que quienes, como él, bregaban por el equilibrio y el consenso, obtuvieran el máximo predicamento. Ellos no lograron evitar una crisis que parecía ineluctable. El tiempo, sin embargo, les daría el espaldarazo y, de un modo u otro, prácticamente todos terminaron acordándole la razón al valor de la convivencia respetuosa.

    Privado de su función, retomó el ejercicio de su profesión de abogado, que había abandonado en aras del servicio a la comunidad.

    En 1985 regresó a la Cámara de Representantes, de la que había sido desplazado cuando el quiebre de 1973, ahora en calidad de presidente. Luego, se desempeñó en el Ministerio del Interior, entre 1986 y 1989, y procuró en esa gestión, con todo ahínco, alcanzar el complejo equilibrio entre el ejercicio legítimo de la fuerza por parte del Estado y la vigencia del derecho.

    Creyó y podemos concluir en que fue la postura adoptada, en definitiva, por la enorme mayoría de nuestros compatriotas, que había que superar la radicalización y el enfrentamiento, que habían llegado a aherrojar el destino nacional. Entendió que había que dar vuelta la hoja de una historia que había devenido infausta y actuó, en la vida pública, en consonancia con esas convicciones.

    Tras renunciar al ministerio, completó la legislatura y, luego, se apartó de la política, aplicando su talento en la actividad privada.

    Sin embargo, por aquello de que el primer amor no se abandona totalmente, nunca dejó de expresar inquietud, conocimiento y análisis certero, sobre la realidad nacional e internacional. Gocé del hecho de que me los compartiera, durante los últimos, algo así como, cuarenta y cinco años. Disfruté, también, el afecto recíproco de nuestras familias. La suya, desarrollada en torno a su firme presencia y la de Marita, su extraordinaria compañera.

    Si algo caracterizó su transitar fue la capacidad de tender puentes. Fue buen amigo de sus amigos entre los que se contaban, por cierto, también muchos de sus adversarios políticos. Es que sostuvo como valores primordiales el respeto y la tolerancia ejercidos con un señorío difícil de parangonar.

    Fui testigo directo y privilegiado del altruismo, la dignidad y la honestidad en su desempeño, valores fundamentales a ser conservados si se pretende sostener la convivencia democrática.

    (Mi cercanía con los hechos me permite desafiar alguna vieja, ínfima y despreciable maledicencia tan gratuita y procaz como infundada. No empañaré estas sentidas líneas, refiriendo episodios concretos que presencié personalmente ni comparaciones, no pertinentes en esta ocasión, pero que se agolparon en mi recuerdo, ante la luctuosa noticia que inspira estas líneas).

    Fue un ciudadano ilustre al que la República le debe reconocimiento.

    Antonio Marchesano, mi amigo, ha muerto.

    Los amigos que se van, se llevan una parte de nosotros mismos.

    Jaime Ruben Sapolinski