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    Apaches

    N° 2005 - 24 al 30 de Enero de 2019

    Si se hiciese el recuento, aunque sea somero, de los tangos que en su título incluyen el sustantivo apache, es probable que la cantidad sorprenda a más de un inadvertido.

    Como casi siempre, hay una vieja historia detrás.

    No son tantos quienes saben que cerrando el siglo XIX, en el París suburbano, marginal y oscuro, los delincuentes incurrían en un hábito inesperado: adoptar como apodo el nombre de caciques norteamericanos, cuyas peripecias la prensa internacional hizo conocer durante la guerra que Estados Unidos libró contra los indios apaches.

    Fuera de Francia, esto derivó en que a los hampones parisinos se les llamara, genéricamente, apaches. Este proceso se dio, y es una curiosidad, en los tiempos de la difusión del tango de la Guardia Vieja en Europa, lo que causó la poco original idea de unos cuantos autores de emplear ese nombre en sus composiciones.

    El primero fue un uruguayo, Manuel Aróztegui, nacido en 1888 en Montevideo, quien, al estar radicado en Argentina, tituló un tango creado a inicios del siglo XX El apache argentino, que consta de las tres partes que se usaron en casi toda la etapa inicial del tango clásico. Aróztegui lo estrenó en El Capuchino, un cine-bar porteño, sito en la esquina de Boedo y Carlos Calvo, donde los números musicales se oían ya para bailar, ya para respaldar la exhibición de películas mudas. Coinciden José Gobello en Crónica general del tango y Jorge Bossio en Los cafés de Buenos Aires en que la entrada al tradicional lugar era gratuita aunque se exigía la consumición mínima, nada original… ¡de un capuchino!

    En cuanto al estreno de El apache argentino, Francisco Canaro dejó escrito que fue recién en 1913 y la primera grabación la hizo el cuarteto de Juan Pacho Maglio, que tocaba en el café Gariboto.

    Enseguida se produjo el aluvión: a los pocos meses un mediocre músico argentino, Celestino Reynoso Basavilbaso, registró otro tango con el mismo título que el de nuestro compatriota Aróztegui. Era fija cuál sería su suerte: el original fue un resonante éxito y la copia se olvidó con rapidez.

    Mejor destino tuvo El apache oriental, obra que apareció con sorpresas: su autor es el argentino Enrique Delfino y la compuso en Montevideo, donde llegaba con frecuencia para actuaciones en teatros y cabarés. Poco después, el notorio Arturo Berstein estrenó una ligera variante, El apache porteño, y Federico Gallo llevó al disco en Santa Fe El apache rosarino. Finalmente, Aróztegui, tal vez azuzado por la abundancia de tangos con títulos parecidos, tuvo una idea poco feliz, que jamás captó el interés del público ni de la crítica: usó su título original, El apache argentino, y compuso un vals criollo que nadie recuerda.

    El músico uruguayo jamás autorizó letra para su obra. Sin embargo, cosa común entonces, varios poetas registraron las suyas sin autorización. La única que llegó a grabarse fue la de Arturo Mathon, un cantor solista que nunca se destacó y que se dedicaba a incorporarles versos a instrumentales que le gustaban, como Pascual Contursi: no obstante, logró un cierto éxito con un agregado del letrista Carlos Waiss, recién en 1947, al cantarla Hugo del Carril en la película de Antonio Momplet La cumparsita:

    Soy el apache argentino, / el tipo fiel de una raza / que deja ver en su traza / las mentas de su valor. / Soy el apache argentino, / no pido ni doy ventaja,/ a vivir siempre en mi ley / o a copar en un amor.

    Entre quienes dejaron registros del histórico tango figuran Firpo, Sassone, D’Arienzo, De Angelis, Francini-Pontier, José Tinelli, Donato Racciatti y la joya a dos pianos del uruguayo César Zagnoli y el argentino Ariel Ramírez.

    Troilo, si bien nunca lo grabó, solía tocarlo en sus distintas presentaciones en vivo.

    Aróztegui se radicó en Buenos Aires en la niñez, fue pianista —aunque pulsó de oído el mandolín, el violín y la guitarra—, director de orquesta y compositor y entre sus creaciones más conocidas figuran El cachafaz —al que también puso letra Mathon—, El granuja, Más o menos, Paraná y Vengan muchachos.

    El apache argentino está dedicado al bandoneonista Miguel Firpo y al violinista Paulino Facciola, los compañeros del autor en el trío que actuaba en El Capuchino. Y, por otra parte, antes de los versos de Mathon y de Waiss, alguien no identificado adosó a este tango un clásico estribillo prostibulario del momento:

    Quisiera ser canfinflero / para tener una mina, / llenarla bien de bencina / y hacerle un hijo chofer.