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    Apasionante viaje a la voz

    Tercer Festival Internacional La Escena Vocal

    Con solo dos faltas —la fiesta de la zarzuela del inicio y el recital de dúos del jueves 7— quien suscribe cubrió todas las instancias del Tercer Festival Internacional La Escena Vocal, que se llevó a cabo en la Sala Verdi entre el 2 y el 10 de agosto.

    Abrió el fuego el tenor uruguayo Edgardo Rocha, de 30 años, nacido en Rivera, formado en nuestro país con Alba Tonelli, Beatriz Pazos y Raquel Pierrotti, y que desde 2008 reside en Italia donde se ha perfeccionado con Salvatore Fisichella. De fulgurante carrera europea en los teatros de ópera, este de la Sala Verdi fue el primer recital de cámara de su carrera. Y es la primera hazaña a subrayar, porque de la ópera a la canción de cámara hay una considerable distancia estética que Rocha sorteó con cara de acostumbrado, excelente técnica vocal, sutileza y buen gusto propios de un profesional de larga trayectoria.

    Tuvo la audacia de iniciar la velada con An die musik de Franz Schubert (1797-1828), un lied que ha sido grabado por los grandes intérpretes de todos los tiempos, y salió airoso de la prueba haciendo gala de un timbre dulce y de una expresividad a flor de piel. Se paseó con autoridad por Ricardo Strauss (1864-1949), hizo un notable contraste entre una canción de bravura de Rachmaninov (1873-1943), Aguas primaverales op.14 Nº11, y otra tierna y lenta del mismo autor como Qué hermoso este lugar op.21 Nº7, donde alcanzó sublimes agudos en pianísimo. Sorteó con comodidad las dificultades de Tres sonetos de Petrarca de Liszt (1811-1886) alcanzando sobreagudos sin estridencia. En la segunda parte interpretó de forma estremecedora la Chanson triste, de Henri Duparc (1848-1933), y llegó luego a la cumbre del recital con dos conocidas canciones del venezolano-francés Reynaldo Hahn (1874-1947), La barchetta y L’heure exquise, logrando en esta última notables agudos de cabeza. Con corrección lo acompañó al piano Bernardo Aroztegui, uruguayo radicado en Suiza, aunque por momentos habríamos preferido una mayor flexibilidad y matización en su discurso, que ensamblaran mejor con el del solista.

    El segundo recital trajo a la soprano colombiana Juanita Lascarro acompañada al piano por su compatriota Alejandro Roca. Fue un repertorio sin concesiones todo del siglo XX, con puntos altos en Pourquoi de Olivier Messiaen (1908-1992), en algunas sugerentes canciones de György Ligeti (1923-2006) y en otras poco conocidas y de juventud de Debussy (1862-1918), entre las que descolló Apparition. Finalmente hizo varias de Joseph Marx (1882-1964), brillando su desempeño en Nocturne y Pierrot Dandy. También hubo obras de Anton Webern (1883-1945) y del colombiano Andrés Posada (1954), que con el debido respeto no resultaron muy atractivas.

    Lascarro es una soprano de primera con una estupenda línea de canto y un cálido timbre. Las obras que eligió, con las excepciones anotadas, no entusiasmaron mucho al auditorio. Cuando fuera de programa hizo el bis avasallante Cecilia, de Ricardo Strauss, el teatro se vino abajo en una explosión que pareció mostrar un afán contenido de escuchar otras cosas. Mención aparte y especial para un acompañamiento de lujo de Alejandro Roca en el piano.

    Pero el sábado 9 entramos en otra dimensión. El bajo-barítono francés Edwin Crossley-Mercer es técnicamente perfecto, tiene un timbre de gran belleza y canta con el aplomo y la entrega de los elegidos. Como corresponde a los grandes intérpretes del lied, cada canción fue interpretada con mínimos gestos, apenas un desplazamiento sobre el escenario, un cambio en la mirada, en todo momento una concentración absoluta. Hizo una Sensación de la noche, de Mozart (1756-1791), con una voz luminosa que contrastó con las aristas tristes y sombrías de la música y la letra; saboreó la dicción del texto con exquisitez en la conocida Serenata de Schubert y parecía escalar cada vez más alto con Wagner (1813-1883) en el Sueño (de los Wesendonck lieder); con Oh! Quand je dors de Liszt; con la exultante Secreto o la negrura de Im spätboot, de Ricardo Strauss, o con En sourdine, de Fauré (1845-1924), que pareció instalar por unos minutos a Gerard Souzay en el escenario.

    Quizás el momento cumbre llegó con tres canciones de Schumann (1810-1856), dos del Liederspiel op.138 y una del Liderkreis op.39. A esas tres canciones seguía el Träumerei de Schumann en solo de piano, lo que perfectamente habría permitido el aplauso al cantante para que se retirara de escena y dejara lugar al pianista. Pero el estado de shock impidió el aplauso; ambos artistas se miraron en medio de un silencio espeso, Crossley quedó como una estaca al lado del piano y el pianista argentino Fernando Pérez inundó la sala con una interpretación de esa breve pieza de las Escenas infantiles que nos envolvió a todos en un cálido abrazo.

    Esta suerte de dimensión diferente y mágica de la que hablamos al comienzo no habría sido tal sin este notable pianista acompañante. El ensamble perfecto y sutil que Pérez y Crossley-Mercer lograron es una hazaña estética, más aún si se tiene en cuenta que es la primera vez que actúan juntos. Hay que andar mucho o tener una copiosa discoteca para encontrar ejemplos de entrega y entendimiento recíproco como el que estos dos artistas dieron durante todo el recital.

    El festival se completó con tres clases magistrales que Edgardo Rocha, la mezzo argentina Virginia Correa-Dupuy y Edwin Crossley-Mercer dieron a aventajados estudiantes uruguayos de canto. Presenciarlas fue un disfrute aparte y un verdadero privilegio para esos alumnos, que pudieron aprender y experimentar con estos maestros verdades fáciles en la teoría y difíciles en la práctica, como la necesaria y previa comprensión del significado del texto a cantar, el hecho de que si se canta bien la voz llega (no importa si es grande o chica), la importancia crucial de una buena respiración, la protección de la voz, la posición de la lengua, el manejo de los ojos y la mirada como parte de la teatralización, el saber de entrada el sentido de la dirección de la frase a cantar para luego poder llegar a buen puerto. Fue notable ver la transformación paulatina del canto de esos jóvenes luego de sucesivas interrupciones y correcciones de los maestros. Se podrían resumir estas tres notables jornadas de aprendizaje con una sola frase de Correa-Dupuy: “La voz empieza en el silencio de la respiración”.

    Finalmente, hay que agradecer a María Julia Caamaño, curadora de estos tres festivales, la energía y el profesionalismo puestos sin desmayo a lo largo de estos tres años para enriquecernos un poco más a todos.