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Tiene 29 años, nació y creció en Durazno y es una de las mejores actrices y cantantes uruguayas surgidas en los últimos años. Entre 2009 y 2014 integró La Tabaré, con la que grabó el disco Que revienten los aristas y demostró su potencial como intérprete, impecable en lo técnico y rica en histrionismo y matices expresivos. Dejó la banda para poder consagrarse al teatro. Actualmente encarna, en la sala Balzo del Sodre, a Delmira Agustini en No daré hijos, daré versos, de Marianella Morena, el mejor retrato de la poeta que ha parido el teatro uruguayo. Mañana viernes 24 a las 21 hace la última función (en La Gringa) de Música de fiambrería, un disfrutable policial-musical-tragicomedia-unipersonal que le valió un merecido Florencio Revelación en 2014. En su debut como dramaturga interpreta tres personajes diferentes y vuelca abundantes rasgos de su personalidad.
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Desde pequeña, Lucía Trentini siempre tuvo claro que pasaría su vida sobre un escenario. “A los cuatro años ya decía que iba a ser cantante y estrella de cine”, contó a Búsqueda. Hija de un apicultor y músico amateur, criada en una familia de cuatro hermanos, antes de cumplir diez ya participaba en obras de títeres, circos y “carpas del horror” que se armaban en su barrio, con los cajones de panales para armar la platea. Estudió en el conservatorio solfeo y teatro, y a los doce años ya actuaba y cantaba en el Grupo Teatral Durazno, que dirigía Uruguay Marrero. A los 14, Elena Zuasti la dirigió en una versión de Delirio a dúo, de Ionesco, con la que se ganó sus primeros pesos como actriz, en una gira por Sarandí del Yí, La Paloma y Blanquillo, pueblos del Durazno profundo, donde rara vez llega el teatro.
Se vino a los 17 a Montevideo a encarar la carrera en la Escuela Municipal de Arte Dramático, donde conoció a algunos referentes del teatro montevideano. Estudió canto, hizo carnaval en la murga Cero Bola y como docente del posgrado le tocó a un tal Roberto Suárez, un antes y después en su carrera. Luego de un larguísimo proceso que partió de Cien años de soledad, los egresados de EMAD estrenaron en 2008 La estrategia del comediante, una obra tan inclasificable como fascinante, en una casona de la calle Burgues. Solo entraban diez espectadores por función, entre los actores había un ganso, y quienes tuvieron la suerte de estar allí no pueden olvidar el cuadro final, con los actores subidos a un camión que se alejaba en medio del diluvio.
Después trabajó en dos piezas relacionadas con Florencio Sánchez, Sánchez, Do You Really Want to See Me Crying, de Verónica Mato, y Aversión, de Sofía Etcheverry, en una de Alejandro Jodorowski, Hipermercado, antes de las dos que protagoniza actualmente. Para fin de año prepara otro musical-policial con banda sonora en vivo a cargo de una orquesta de nueve músicos.
Comenzó a escribir Música de fiambrería pocos meses antes de dejar La Tabaré, y lo hizo desde la experimentación como actriz. Creaba personajes para Etcheverry, quien los recibía con mirada de directora, y así fue surgiendo esta pieza semi musical narrada por tres personajes de mujer con la acción que pasa de un tambo a una pensión, de un UCOT a un barrio privado y de una Vespa a un estudio de radio por la madrugada. Un universo femenino excesivo, lleno de Almodóvar y Saura, melodramático, noctámbulo, bien empastillado y con guiños a Zelig, de Woody Allen y a La voz humana, de Cocteau. Y la filtración subyacente de Suárez como si fuese el humo sintético de hielo seco que se esparce por el suelo y alcanza toda la sala. En la última etapa se sumó Diego Arbelo, actor de la Comedia Nacional, quien guio a la actriz desde la dirección para el montaje final. “Diego es un excelente director de actores y su mirada fue fundamental”, dice.
Haber trabajado con Suárez, entiende, es una “experiencia removedora” que guía sus pasos. “Lo que mejor aprendí con él fue a armar un universo personal previo a encarar el texto. Nutrirme de elementos cercanos, alimentar el personaje, imbuirme en mi propio mundo privado y jugar en él. Es un trabajo muy exigente que implica una entrega total, y por supuesto que demanda mucho tiempo y energía”.
Un trance similar vivió para componer a Delmira. “Queríamos demostrar que fue una mujer tan extraordinaria que estaba muy adelantada a su tiempo, incomprendida y que sufría por eso. Queríamos conectar con ese sentimiento y para ello debíamos lograr una emotividad tal que el público saliera transformado de la sala”. Por lo visto lo han logrado.