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    Aproximación

    Con el diario del lunes cualquiera acierta en las carreras del domingo, aunque no siempre es así: conocido el resultado de las elecciones en Estados Unidos, la incertidumbre ahora es mayor.

    Antes, la interrogante era: ¿podrá ganar Trump? Y ahora es, despejada esa duda, ¿qué va a hacer Trump?

    Respecto a la primera, casi todos lo daban perdedor: para el Premio Nobel, Mario Vargas Llosa, era indiscutible, no que Trump no llegaría a ser presidente de los Estados Unidos, sino que no conseguiría siquiera ser candidato de los republicanos. “El pueblo norteamericano es profundamente democrático”, argumentaba el reconocido escritor peruano.

    Sobre la segunda —¿que hará?—, “chi lo sa”.

    Vi y oí a algunos analistas internacionales más calmados debido al “discurso conciliatorio” de Trump, una vez conocida su victoria. Algunos, en un giro de 180 grados respecto a horas antes.

    ¿Qué esperaban? Que saliera diciendo —tipo Maduro— “los que no me votaron ahora la van a pagar muy caro”. Es natural que dijera lo que dijo.

    Lo que hará, para empezar, es difícil que sea peor que lo que él mismo ha anunciado. Pero una cosa es el Trump candidato y su campaña (que recuerda mucho a la de Joseph McCarthy —padre del macartismo— de mitad del siglo pasado, porque nada nuevo hay bajo el sol) y otra es Trump presidente. En Estados Unidos, como en cualquier lado, el candidato puede prometer y decir cualquier cosa, pero llegado al gobierno, hay que gobernar. Y con lo que hay. Es diferente; no se puede hacer cualquier cosa aunque se quiera. Además, Trump fue electo presidente y no dictador (por más que pudiera gustarle) .Y admitámoslo: Estados Unidos es un país donde las instituciones, los poderes y la ciudadanía son válidos y respetables. (Y esto sin contar con el “aparato“ o el “establishment”, que lo hay).

    Igual tiene margen para hacer más de un desastre, pero habrá que ver.

    Lo que hay de cierto por ahora es poco.

    ——o——

    El caso de las encuestas puede serlo. Fallaron otra vez: en Argentina, en el Reino Unido, en Colombia.

    ¿Es que los encuestadores se han vuelto brutos? Creo que no, pero notoriamente parecería que, como ocurre con los virus que se acostumbran a los antibióticos, mucha gente se resiste a las encuestas. Oculta su opinión, muchas veces como consecuencia del cansancio, del enojo, de la inconformidad y del rechazo a lo mismo de siempre o a los nuevos dueños y popes de la sociedad civil.

    De ahí las sorpresas: “Brexit” (Reino Unido), “No” (Colombia), “Podemos” (España), Trump (Estados Unidos), Le Pen (Francia), Syriza (Grecia), pues hay de todo y para todos lados.

    Parecería que en estos tiempos hay que ser más cuidadoso en apostar en base a las encuestas y mucho más en gobernar en función de ellas, práctica bastante peligrosa y desterrable.

    Tampoco es cuestión de las redes. Ya debe haber sesudas explicaciones sobre cómo “las redes” le valieron a Trump. No creo eso. El impacto de Trump fue él mismo, ante la gente, con payasadas, insultos, falta de respeto a lo que se le ocurriera, lo que a su vez era “destacado“ por los medios tradicionales (como cuando McCarthy), a los que atacaba, los hacía enojar y estos le daban más vida.

    Trump no fue el primero —ni será el último— en atacar a la prensa y a los periodistas. Siempre hemos sido “chivo expiatorio” para políticos y gobernantes y para todos los que le quieran echar la culpa a alguien porque le sale mal alguna cosa. Y a mucha gente le gusta o le hace gracia que nos insulten. (Cómo te dieron, te dicen, sin que se les ocurra pensar que eso fue porque querían ocultar algo que todos deberíamos saber).

    Pero Tump los hizo entrar por el aro. Y fueron sus principales promotores. No se analizó ni se hurgó sobre la eventualidad de que lo que a la prensa le parecía un disparate, le caía bien, le gustaba y le llegaba a mucha gente (quizá la que se resistía a las encuestas). En contra de Trump hubo 239 diarios y 131 semanarios; a favor, 13. ¿Será que ya no sirven para nada? No es así: en mi opinión, sigue siendo por su credibilidad, la que fija y respalda la agenda. Ahora, si se pierde el equilibrio, si aparecen los sesgos, si se deja de informar lo que ocurre para difundir solo lo que nos gusta de lo que ocurre, o peor, lo que nos gustaría que ocurriera, entonces todo cambia. Se pierde la credibilidad y se pierde todo.

    Y eso le ocurrió a mucha prensa norteamericana y también a mucha prensa en muchos lados (con el Brexit, la paz en Colombia, Trump). Son casos de demasiada soberbia y poca autocrítica. Las cosas que dijeron de los pobres ingleses (unos burros, unos nabos) o de los que votaron por el “no” en Colombia. Lo que se dirá ahora de los gringos: ¿seguirá siendo “un pueblo profundamente democrático”, como decía Vargas Llosa?

    Información sesgada, hincapié en lo políticamente correcto para los casos específicos y “etiquetas”. Etiquetas a gusto y gana y con total arbitrariedad. Y Trump utilizó todo eso.

    ——o——

    Etiquetas. ¡Que cómico! Trump es calificado como un populista de derecha. También Marie Le Pen y los que defendieron el Brexit. En cambio, los gobiernos progresistas de esta región son populismos (aunque no lo reconozcan) de izquierda, lo mismo que los españoles (caso Podemos). ¿Y por qué unos para un lado y otros para el otro? ¿Hay que pedirle permiso a Fidel Castro?

    Porque, por ejemplo:

    * Trump está en contra de los tratados de libre comercio. (Igual que el PIT-CNT y la mayoría del Frente Amplio).

    * Trump está en contra de la OTAN y habla bien de Putin. (Ídem).

    * Trump es proteccionista y defiende el trabajo de los trabajadores (norteamericanos en el caso) y habla de aranceles. (Más que ídem).

    * Trump dice que el gobierno de los Estados Unidos debe gobernar a los norteamericanos y no pretender gobernar  al mundo o ser gendarme del mundo. (Un sueño realizado —Onetti dixit— “yanquis going go home” y por su propia voluntad).

    ¿Por qué uno de derecha y el otro de izquierda?

    Porque no quiere dejar entrar inmigrantes (pobres gringos; tienen un país de mierda pero todos, de diestra o siniestra, quieren irse para allá). Xenofobia se le llama. Y lo es. Ahora, ¿por qué no la misma etiqueta cuando hace unos años, en épocas de vacas gordas, se ponían mil trabas para ingresar a Europa, incluso como turistas?

    ——o——

    Y volviendo a lo concreto, lo cierto es que Trump ganó. Y ganó bien: Presidencia, mayoría de estados, mayorías parlamentarias. Y lo hizo contra el “caballo del comisario”. Porque realmente en estas elecciones se vio en Estados Unidos lo que solo se ve en países de la vecindad: Nicaragua, Argentina (los Kirchner), chavismo, Correa, Evo, en que todo el poder del Estado se pone a favor del candidato oficialista. No recuerdo algún caso anterior en que un presidente de Estados Unidos participara tan sin disimulo en una campaña presidencial (que no implicara la reelección, por supuesto). Quizá Obama intentaba matar dos pájaros de un tiro: apoyaba a Hillary —que, también para tener en cuenta, recibió el doble de donaciones que Trump— y lanzaba la próxima candidatura de su esposa Michelle Obama, cuyo poder de persuasión y convocatoria e incluso su belleza y elegancia como que se sobrevalora. En fin, son las ventajas que tienen los famosos: Obama recibió el Premio Nobel de la Paz y nadie sabe todavía por qué.

    Pero no creo que  haya sido Hillary la que perdió: el gran derrotado fue Obama. Trump es producto de su obra, de su gobierno, de lo que hizo, además de las frivolidades y algunas estupideces: quince días antes de las elecciones, Obama flexibilizó más la política con Cuba y hasta por primera vez Estados Unidos no votó el embargo en la ONU. ¿Cuántos votos le sumó en la Florida a Trump? Si Hillary hubiera ganado allí, Trump no habría llegado a los 270 electores. ¿Por qué no esperó dos semanitas? Electoralmente hablando, fue una estupidez.

    Obama, también un outsider sin experiencia como Trump —por favor, otro más pateando fuera de la escupidera— no hizo un buen gobierno, no supo ver ni entender y mucho menos prever ese creciente descontento de una gran mayoría de los norteamericanos, cada vez más desencantados, confusos y hasta resentidos, a los que Trump, con su desagradable cara y estilo, sí les supo llegar.

    Oí que alguien dijo que fue un voto contra las minorías. No sé si “contra”, pero es muy posible que fue un voto generado a partir de las minorías, de los abusos y de la condición de intocables y privilegiadas por obra del gobierno, a costa de los derechos de una mayoría —sin cupos ni escudos— cada vez más empobrecida y marginada y que, además, tiene que “bancar” a aquellas.

    Puede que haya mucho de ello. Es notorio que hay cambios en la gente, los que no detectan ni las encuestas ni la prensa ni las redes, pero que están allí a la espera de quienes se den cuenta y los exploten. Para bien o para mal.

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