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    Aquellos, en la niebla (III)

    —¡Señora, señora! —apareció a los gritos la criada—. ¡Carlitos se fue de la casa!

    —¡Ay, Dios mío! —la madre se persignó—. ¡Este chiquilín va a terminar en un peringundín perdido de Buenos Aires, qué locura!

    Carlos Warren —nacido en Mercedes, Soriano, el 11 de marzo de 1891 y fallecido en Montevideo el 21 de octubre de 1953— a los diecisiete años armó sus petates y junto a un amigo de la infancia huyó del hogar paterno para llegar primero a Gualeguaychú y luego, sí, a la capital argentina. Fue la primera aventura de un gran músico uruguayo, vanguardista, al que el olvido, injustamente, le ha quitado el lugar en la historia que sus méritos justifican. Hijo de un abogado, escritor y académico y de la pianista Rosa Mernies —aquella madre que lloró su ausencia y que le había enseñado a dominar el piano de niño—, un año antes ya andaba por cafés y casas de familia de Mercedes, aunque contra la voluntad de su padre: el primer tango que tocó fue Cololó, compuesto por Santos Retali, un violinista del pago, y debutó formalmente, ya declarado admirador de Roberto Firpo, en el Teatro Casino de su ciudad natal, con La morocha, de Saborido y Villoldo.

    A partir del escape, su vida fue una novela cuyo desconocimiento integral, entre la mayoría, es inexplicable.

    Ya en Buenos Aires, actuó formando un trío en La Glorieta, un sitio abierto enfrente del cabaré Armenonville, donde estaba precisamente Firpo. Luego de pulsar muchos timbres y aguantar penurias tocando “a la gorra”, Carlos Warren volvió en 1914 a Montevideo, donde junto al violinista Ataliva Galup y al legendario bandoneonista Minotto di Cicco se presentó en el Petit Salón de la calle Andes, en los bajos del Moulin Rouge. Un año después pasó al café Au Bon Marché, en la esquina de Florida y Soriano; allí, al poco tiempo, a raíz de un incidente nunca bien aclarado, de esos “de la noche”, perdió el trabajo y los dueños contrataron para sustituirlo nada menos que a Juan “Pacho” Maglio, con quien, pese a tal circunstancia, mantuvo siempre una sólida amistad.

    El año 1916 fue el de la suerte: entonces con Minotto y Padilla, Warren se abrió cancha en el mismísimo Moulin Rouge con una primera consecuencia histórica; enfrente, en la bohardilla del Hotel Comercio, vivía Pascual Contursi; se conocieron, hicieron buenas migas y, en los intervalos de sus presentaciones, el pianista de Mercedes acompañaba al cantor y guitarrista argentino: así fue que, cuando Contursi estrenó Mi noche triste en Montevideo, la música del mítico tema que dio origen al tango canción nació del piano del joven músico uruguayo.

    Fue por esos días que en sus manos cayó, entregada por el propio autor, Gerardo Mattos Rodríguez, la partitura de La cumparsita, muy elemental. “Becho” le confesó que Minotto la había rechazado y él quería darle mejor forma y transformarla en un tango. A partir de ese encuentro, se abren teorías en aluvión: la que aparece como más plausible es la que asegura que Warren hizo un primer arreglo de La cumparsita y lo entregó a Roberto Firpo, por ese tiempo en Montevideo, quien le habría agregado una parte con compases de un antiguo tango suyo —La gaucha Manuela— y estrenado en La Giralda en 1917. Aunque en vida siquiera lo sospechó, Warren terminó envuelto en la polémica: ¿fue a Firpo al que le hizo el arreglo o a su amigo Di Cicco, quien, con su orquesta Alonso-Minotto habría hecho la primera grabación del tango de los tangos? ¿Acaso aquel arreglo inicial fue a dar con Pacho Maglio, sobre el que muchos insisten fue el primero en pasar al disco La cumparsita?

    Pero hay datos ciertos: el estreno en público lo hizo Firpo, de eso no hay duda, aunque lo haya grabado después, y el único que está presente en todas las versiones es Carlos Warren.

    Es que al mercedario olvidado le quedó poco por hacer: se dio el lujo de tocar con Eduardo Arolas en Montevideo y Buenos Aires, fue felicitado por el Príncipe de Gales durante una actuación en el Club Uruguay, fundó junto a otros compañeros La Asociación de Pianistas del Uruguay, se convirtió en la sensación de CX 46 Radio América durante la década de 1930 e integró el elenco de Soltero soy feliz, película nacional de 1938, al lado de Ramón Collazo, Alberto Vila y Mirta Reid.

    Virtuoso instrumentista, arreglador espléndido, dejó, eso sí, pocas composiciones: Siga el tango (años después transformado en el candombe Siga el baile, éxito de Alberto Castillo), Por qué te quise, Marcelo y Compadrito, entre otras.

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