N° 1802 - 05 al 11 de Febrero de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáArden de Faversham está en muy grave aprieto: de los cerca de quince personajes que aparecen en la obra que lleva su nombre, más de diez lo quieren muerto y aplican con distinta suerte toda su industriosidad para conseguirlo. Nadie podría afirmar con certeza que se trata de alguien querido entre los suyos; es más: nadie podría decir, siquiera, que su inmejorable salud hasta casi el final de la obra se debe a la compasión de sus variados enemigos; si duró días y semanas luego del decreto conyugal que buscaba su inmediata desaparición fue simplemente porque la suerte lo bendijo con su halo dorado, convirtiéndolo en intocable en medio de las más ingeniosas y terribles acechanzas.
No sabemos quién escribió esta crucial tragedia que habría de disparar el aquilatado gusto por la sangre y los crímenes pasionales durante los últimos años del reinado de Elizabeth y durante casi toda la corona de James I. Las conjeturas son muy amplias; como la pieza se publicó por primera vez en 1592 (fue reimpresa con pequeñas variaciones en 1599 y en 1633), por lo menos los tres más notables autores del período están al frente de las sospechas: el intratable Thomas Kyd, visitante frecuente de las prisiones debido a sus osadía y mal carácter (nos dio una de las obras más grandes de toda la historia de la literatura trágica, que es la Tragedia española, pieza que rivaliza con Hamlet y Macbeth en un plano de igualdad), inevitablemente Shakespeare, dispuesto siempre a operar en grupo (escribió escenas para obras de muchos de sus colegas y a su vez en varias oportunidades recibió ese tipo de favores) y el más culto de la terna, Chistropher Marlowe. La discusión existe porque en verdad la pieza no representa enteramente el discurso de uno de ellos, sino que contiene elementos estilísticos identificables en partes de cualquiera de los tres.
Lo cierto es que, más allá de hipótesis, técnicamente se trata de un anónimo, acaso el más célebre del teatro isabelino. Se sabe que fue un éxito apenas subido a escena; lo que se explica no meramente por los méritos literarios (algunos parlamentos memorables, especialmente el de Mosby) o por su eficacia narrativa (aunque se conoce el desenlace se vive la historia con desesperante ansiedad debido al buen manejo de los tempos y de la conjugación de escenas), sino porque se trata de uno de esos asuntos que siempre avivan la atención y atrapan la imaginación de los grandes públicos: el triángulo amoroso en versión violenta: la mujer infiel que junto con su amante idean el asesinato del esposo para quedar con su amor a la luz pública y además heredarlo. Y por si no alcanzaran estas dos buenas razones, está la principal: fue un hecho real que ocurrió en Inglaterra en 1551, del que se habló y se escribió mucho y que por ello mereció ser recogido en capítulos especiales en las famosas crónicas de Holinshed que tanto alimento dieron a Shakespeare para escribir al menos un tercio de las obras que se le atribuyen.
Resulta muy difícil encontrar motivo como para no matar al tal Arden que tan pocos méritos hizo como para pretender que se le respetara la vida; ya que no solamente cometió el imperdonable crimen de hacer infeliz a su esposa, sino que como buen oportunista puritano se benefició de los saqueos y de las confiscaciones a los católicos y apropiándose de tierras, mansiones y tesoros que le dieron fortuna e influencia en la comarca. Por esa razón lo persigue no solamente la depravada que ansiosamente quiere acortarle los días y también Mosby, el perplejo amante de la dama, sino también varios de los lesionados por sus tropelías, sin contar con los toscos asesinos a sueldo que con divertida torpeza una y otra vez fallan en su maquinación.
Esta pieza es visiblemente una tragedia, pero con varias concesiones al tono de la comedia; tiene el aire patético que cuadra a sus intenciones últimas, pero a la vez juega con el anticlímax que es tan propio del manierismo. Tres o cuatro parlamentos memorables serían suficientes para justificarla, si no hubiera, como hay, ritmo, tensión trepidante y belleza en la expresión. Copio un fragmento prácticamente shakespeariano de uno de los brillantes parlamentos de Mosby: “Vivo acosado por torvos pensamientos que me alejan de la gente y me roban el sueño hasta secar la médula de mis huesos. Una implacable pesadumbre me agobia la razón y me marchita el cuerpo trago tras trago, acortando mi vida cual el crudo viento del norte que siega con sus dedos uno a uno los tiernos brotes de la primavera. Bienaventurado quien no comparte la mesa con sucias sospechas, pese a las dulzuras que le ofrezcan; quien lleno de inquietud y malestar tiene el espíritu no encuentra en los manjares más que acíbar. Dorada era mi vida sin conocer el oro; si entonces no sabía de riquezas, mi sueño era tranquilo; las diarias faenas me entregaban al reposo de la noche y el descanso nocturno me daba nueva luz cada mañana. Mas desde que alcancé la rama cimera del árbol, buscando hacer mi nido entre las nubes, aun los delicados vientos del empíreo sacuden una y otra vez mi lecho, haciendo más profundo el miedo de caer”.