N° 1856 - 25 de Febrero al 02 de Marzo de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa elección de Mauricio Macri como nuevo presidente de Argentina generó reacciones muy positivas a nivel económico y financiero, tanto dentro del país como también en el exterior. Luego del desastre dejado por el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, cualquier cosa lucía mejor; ni que hablar si la propuesta del nuevo gobierno resultaba medianamente sensata.
En numerosas decisiones simultáneas, el presidente Macri terminó con el “cepo cambiario” eliminando las restricciones a las compras de dólares así como las trabas burocráticas a las importaciones; redujo las retenciones a las exportaciones de soja y las eliminó en el caso de otros cereales; comenzó el proceso de “sinceramiento” de las tarifas de los servicios públicos; inició la “reconstrucción” del sistema estadístico argentino; retomó las negociaciones para solucionar el litigio con los bonistas (holdouts) que no entraron en el canje de deuda impulsado por la anterior administración kirchnerista; y se propuso reinsertar a Argentina en el mundo.
La “luna de miel” del nuevo gobierno no ha tenido prácticamente ningún contratiempo hasta ahora y la ola de optimismo generada ha continuado de manera sostenida. En el crucial tema del litigio con los holdouts se espera llegar a un acuerdo a fines de febrero o en los primeros días de marzo, lo que sería un paso trascendente para poder retomar el acceso a los mercados internacionales de capital, por un lado, y para estimular el ingreso de inversiones extranjeras, necesarias para que la economía retome el crecimiento y se vaya solucionando el enorme déficit en infraestructura acumulado en años recientes, por otro.
Esa ola de optimismo ha permitido que hasta ahora el presidente Macri haya podido “tirar para adelante” la solución de los temas de fondo, tales como el descalabro fiscal, la aceleración de la inflación y el estancamiento que la economía argentina ha mostrado en los últimos cuatro años. Y si bien ciertamente es imposible pensar en solucionar todos los temas al mismo tiempo, para ningún gobierno y mucho menos para uno cuya base de poder político es todavía bastante endeble —que ha recibido una “herencia” tan desastrosa—, no se podrá “esquivar el bulto” indefinidamente.
Comenzando por la situación fiscal, en estos días el propio presidente Macri señaló que el déficit recibido seguramente será el más alto de la historia argentina. Hasta fines del año pasado se estimaba un déficit cercano al 8% del PBI, pero aparentemente no hay día que pase sin que se “descubran” nuevas cuentas a pagar por erogaciones realizadas por el anterior gobierno. Hasta ahora, el objetivo del gobierno sería bajar el déficit en 1% del PBI este año, básicamente mediante la reducción de los subsidios a las tarifas de los servicios públicos. Pero habrá que ver cuál es la situación de partida y si un contexto internacional más complicado y una inflación más alta alteran el ritmo de consolidación de las cuentas fiscales.
En materia de inflación, si bien sigue sin haber datos oficiales dado que se están reconstruyendo los índices a nivel del INDEC, las estimaciones privadas rondan alrededor de 4% mensual para enero y 35% en los últimos 12 meses. El panorama para febrero no luce para nada alentador, ya que se recibirá el impacto del reciente ajuste de las tarifas de los servicios públicos.
La inevitable aceleración de la inflación —consecuencia de la devaluación y de la reducción de los subsidios a las tarifas de servicios públicos— se da en el peor momento, puesto que comienzan a negociarse los aumentos de salarios en el marco de las “paritarias”. El gobierno pretende limitar los aumentos nominales al entorno del 25% (que es esencialmente la inflación que esperan las autoridades para este año), algo que obviamente resulta resistido por los gremios que, de todas formas, se enfrentan a un contexto de fuerte pérdida de salario real.
Si no se logra desindexar fuertemente la política salarial, si no se presenta un programa mucho más ambicioso de consolidación fiscal y consecuentemente un programa monetario consistente que permita reducir la inflación, será difícil que se logre mantener el actual nivel de confianza durante mucho tiempo.
La fuerte devaluación que ha tenido el peso argentino en lo que va del 2016 (el dólar subió casi 20% desde el 1º de enero, pasando de 12,93 a 15,60 pesos en la actualidad), luego de un período de mucha calma y del levantamiento del “cepo”, sin duda es una señal de alerta en el sentido de que hay muchos cabos sueltos todavía por atar en materia económica en Argentina.
De hecho, es claro que Argentina todavía no tiene un programa económico estructurado, en parte porque el nuevo gobierno debe reconstruir las estadísticas que fueron sistemáticamente falseadas por los Kirchner. Y como hace algunas semanas señaló el ex ministro de Economía argentino, Ricardo López Murphy, lo más probable es que cuando se conozca la realidad, aparezca una situación mucho peor de la economía en relación con la ya difícil situación actual.