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El periodista argentino Jorge Fernández Díaz señala en una columna en “La Nación” la diferencia existente entre maradonismo (que es una de las formas posibles de la identidad argentina, independiente de las fronteras sociales y de las épocas) y maradoniano, que es algo que alude exclusivamente al culto que se le rinde “al 10”.
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Todos los que han estado en contacto real o virtual con argentinos saben a lo que se refiere Fernández Díaz cuando escribe “el maradonismo es un rasgo cultural que hilvana la transgresión, la arrogancia, la auto mitificación, la prepotencia, la agresión verbal y el ánimo permanente de convertir casi todo en una gresca pública” (y yo agrego: la guaranguería, el narcisismo, el chantismo y la truchada).
Los uruguayos que hemos estado de paseo o que vivimos en el exterior conocemos la anécdota que tiene que ver con el maltrato, el áspero recibimiento y la compacta antipatía que nos brindan hispanohablantes provenientes de tierras lejanas al Río de la Plata hasta que se enteran que no somos argentinos (aunque hablemos supuestamente “igual”) sino que uruguayos. En ese momento mágico cambia todo y nos pasan a dispensar una simpatía melosa y exagerada.
La explicación a este fenómeno es que a los argentinos (y cuando digo argentinos me refiero a una forma porteña, maradonista, de ser) “no los quiere nadie”. Como señala acertadamente Fernández Díaz, con los Kirchner ese rasgo negativo se ha vuelto filosofía de gobierno.
Probablemente, la ciudad que más haya sufrido el maradonismo sea París, en donde miles y miles de argentinos han recalado y vivido en el último siglo largo. Los parisinos (la verdad sea dicha, muy parecidos a los porteños…) se encandilaron con los cantantes de tango, con los pibes engominados y las morochas de corte y raja pero, sobre todo, con los terratenientes argentinos con mansión parisina propia que durante seis meses por año gastaban su dinero “como solo un argentino lo puede hacer”. Hasta que se hartaron.
En una carta que Yupanqui le mandó a su mujer desde París, el artista escribe: “Te diré que los argentinos están bastante desprestigiados en Francia por su petulancia, chauvinismo y suficiencia, casi siempre no justificada de manera alguna”. Hace más de 60 años de esa carta y a partir de ahí todo ha ido para peor para la fama del argentino maradonista.
Una mente inusualmente inteligente como la del filósofo José Ortega y Gasset, que pasó tres largas temporadas en Argentina (hasta que sus críticas al espíritu nacional desbordaron el vaso y lo mandaron de vuelta a la madre patria), descubrió enseguida, es decir hace unos 90 años, que Argentina no era un país como los otros, un país “normal”, sino que era una nación con vocación de imperio. El argentino es un narcisista que tiene que mandar, escribió Ortega. Este dato fue acompañado por muchos otros elementos relacionados que cualquiera que haya estado en contacto con argentinos reconoce inmediatamente.
El maradonismo es una proyección de esta idea fija de todo argentino que se precie como tal: Argentina está llamada a ser una potencia mundial.
De la misma manera que una vez le disputó el liderazgo continental a Estados Unidos (ver, por ejemplo, lo sucedido en la Primera Conferencia Panamericana en Washington, en 1889) y luego se enfrentó a Europa, ahora el gobierno argentino le planta cara al mundo entero. Al planeta todo. Al Universo. A quien sea.
El razonamiento clásico de esta postura nacional es: estamos transitoriamente mal (si bien la “transitoriedad” ya lleva un siglo), pero superaremos este percance y volveremos a ser una potencia planetaria.
Esta convicción incumplida es tan vieja que hace 70 años en Francia se decía (la frase es de Malraux) que Buenos Aires era la capital de un imperio que jamás había existido.
En el 2006 de los cartoneros, los piqueteros, la mugre y la inseguridad ciudadana, en una nota en “La Nación”, un ex embajador argentino (Abel Posse) se preguntaba orondo a raíz de Buenos Aires: “¿Sabrá conducir, ser la gran capital, de esta Latinoamérica que debe consolidar su presencia de bloque cultural en el universo peligrosamente globalizado?”.
Nacidos para mandar.
El culto y leído director del diario “Perfil”, Jorge Fontevecchia, reconoce que su país no ha sido sabio para evitar la repetición de crisis económicas y sociales, pero aclara raudo: “Argentina, en promedio, es un país de gente bastante inteligente”. Fontevecchia, no aclare que oscurece.
El lema electoral del gobernador de la provincia de Buenos Aires es netamente maradonista: “La gran Argentina”.
En uno de sus discursos por TV, Cristina Fernández de Kirchner dijo que el presidente de Colombia le había confesado lo que había reconocido públicamente “un importante líder económico internacional”: si en el mundo se terminaban de pronto las relaciones comerciales internacionales, el único país que podría sobrevivir era la Argentina, por sus recursos naturales y humanos.
El maradonismo es una enfermedad terrible e incurable.