N° 2055 - 16 al 22 de Enero de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLuego de más de 18 meses de fuertes tensiones entre Estados Unidos (EE.UU.) y China, finalmente ayer, miércoles 15, sus gobiernos firmaron una fase inicial de una suerte de armisticio que pone al menos un paréntesis en su “guerra comercial”. Tratándose de las dos mayores economías del mundo, es una buena noticia, también para Uruguay.
Es que la economía china, el principal destino para los productos de exportación de Uruguay, había empezado a resentirse a causa de este conflicto arancelario con EE.UU.. Ocupa esa posición desde 2013; en todo el año pasado, los envíos de mercaderías a China fueron por US$ 2.872 millones, lo que representó casi un tercio del total, según datos del Instituto Uruguay XXI.
Por su parte, EE.UU. compró productos uruguayos por US$ 628 millones. Eso significó 13% de las exportaciones totales del año pasado, lo que lo hace un mercado no despreciable, sobre todo cuando los socios de la región enfrentan problemas y, como en el caso de Argentina, vuelven a utilizar trabas administrativas al comercio.
El acuerdo entre estadounidenses y chinos, si bien se quedó muy corto en cuanto a las pretensiones originales de generar cambios estructurales profundos en la economía de China —como se había propuesto en un principio el gobierno de Donald Trump—, al menos permite “encapsular” el conflicto y evitar su escalamiento; eso hubiera sido nocivo para las dos potencias, y también para el conjunto de la economía mundial.
En esencia, la tregua firmada implica que, por un lado, EE.UU. reducirá a la mitad aranceles del 15% sobre US$ 120.000 millones de importaciones chinas y postergará la aplicación de otros impuestos aduaneros que había sido anunciada previamente. Del otro lado, China promete comprar en dos años alrededor de US$ 200.000 millones adicionales en productos estadounidenses, en relación con los niveles de 2017. Los aranceles que EE.UU. impuso sobre alrededor de US$ 360.000 millones de importaciones chinas desde julio de 2018 (dos tercios del total) seguirán vigentes al menos hasta después de sus elecciones presidenciales de noviembre próximo, y solo serán eventualmente eliminados en función del cumplimiento del acuerdo por parte de China, así como de que se encaminen las negociaciones sobre la “Fase II” (que incluiría, teóricamente, los puntos más difíciles y sensibles respecto a la política industrial y de subsidios chinos, el rol de sus empresas estatales, la apertura de sus mercados y la revisión de su esquema de “capitalismo estatal”). Lo firmado también incluye compromisos por parte de China para mejorar el respeto de la propiedad intelectual —limitando la práctica de exigirle a las empresas extranjeras la entrega de tecnología sensible como condición para acceder al mercado— y de no utilizar la política cambiaria en beneficio de los exportadores chinos. De hecho, el lunes 13 el Departamento del Tesoro estadounidense eliminó la calificación de China como país que “manipula” su moneda.
El panorama a mediano plazo continuará siendo complicado en cuanto al relacionamiento entre las dos potencias; temas tales como el liderazgo en las nuevas tecnologías (desde el 5G a la inteligencia artificial) o cuestiones geopolíticas como el dominio del mar del Sur de China y Taiwán, así como el cumplimiento de los derechos humanos y el trato dado a las minorías en China, se mantendrán como fuente de conflicto.
De todos modos, un poco de calma en medio de un mundo convulsionado y con varios focos de inestabilidad, no viene mal, sobre todo cuando Uruguay está en las puertas de un cambio de administración que enfrentará desafíos propios: una economía estancada, la inversión retraída, pérdida de empleos y un alto desequilibrio fiscal. Y en lo estrictamente político, probar, ya en el ejercicio del poder, la solidez de una alianza que mostró ser efectiva en las urnas.