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El viernes 5 se estrenó en el Teatro La Candela El asesino de Carrasco, obra teatral inspirada en el caso de Pablo Goncálvez, considerado el primer asesino serial de la historia uruguaya, que pasó 23 años en prisión condenado por tres homicidios de mujeres jóvenes. La dramaturgia es de Sebastián Carballido, Diego Devincenzi y Fernando Hernández, tres teatristas con una interesante experiencia, nucleados en el grupo Teatro de Arte del Fondo. La dirección es de Carballido y Devincenzi encarna al criminal.
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Parcialmente basada en hechos reales, la obra recrea, en clave ficcional, una entrevista periodística a Goncálvez que tiene lugar en el año 2000 en un presidio, cuando estaba condenado por los crímenes de Andrea Castro y María Victoria Williams y aún restaba el fallo sobre el asesinato de Ana Luisa Miller. La charla se da en varios encuentros y el periodista es Néber Araújo. Los autores explicaron en entrevistas promocionales que eligieron como coprotagonista al exconductor de Telemundo 12 porque en ese momento era el periodista más importante y conocido. Primero negocian los términos, en off, y luego se enciende el grabador.
La cosa empieza bien. Devincenzi, de asombroso y muy bien logrado parecido físico con el homicida, compone un verdugo- psicópata muy creíble. Sereno, frío e impertérrito. Inquietante. Nunca pierde la calma ni el control de la situación. Despliega sus recursos de manipulación, inquiere al periodista, lo mueve de su eje, le toca las pelotas, lo obliga a cortar el grabador varias veces, hasta que lo saca de quicio. Y de paso, saca a la platea del pacto ficcional.
El problema se presenta cuando el relato, ostensiblemente dramático, que repasa los episodios de sangre, en los que el preso sigue negando todo, cambia de tono y adquiere rasgos de… comedia. Y luego, de comedia absurda, y de surrealista. Pero no es el rasgo absurdo de Ionesco ni el surrealista de Breton. Todo lo contrario.
El último tramo es literalmente un espanto, que atenta contra toda recomendación. No vale la pena ahondar en detalles. Solo alcanza con mencionar que Araújo canta Río de los pájaros pintados, de Aníbal Sampayo, completa, en la cara de Goncálvez. Todo carece de sentido y hasta se aprecia una intención moralizante y didáctica que aleja al espectáculo de una realización que por cuya calidad artística merezca ser vista. Hay que ser claro: más allá de sus virtudes iniciales, El asesino de Carrasco es un rotundo acto fallido.