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    Asombro e indignación

    Por Lector

    Sr. Director:

    Los mandriles son otros. Asombro e indignación.

    En estos días, el Sr. presidente de la Asociación de Magistrados Fiscales del Uruguay, el Dr. Willian Rosa, ha comparecido públicamente en los medios de comunicación señalando su discrepancia con la propuesta de que el servicio descentralizado Fiscalía General de la Nación, creado por la Ley 19.334 de 24 de agosto de 2015, sea dirigido por un directorio de tres miembros. Manifestó su temor a que esa forma de integración derive en una partidización de la cúpula administrativa del Ministerio Público.

    Digo, al pasar, que coincido en que la partidización al respecto no es deseable, pero me permito señalar que la jerarquía de estructura colegiada ha sido adoptada mayoritariamente como la solución pertinente para los sistemas orgánicos descentralizados, con la idea de que la conducción administrativa no dependa de la opinión de una única persona y que existan contrapesos que permitan asegurar el equilibrio. Entonces, quizás, no sea una mala idea la de la conducción colectiva. En todo caso, la calidad de la gestión dependerá, como siempre, de las condiciones de las personas a las que les sea cometida. No advierto la razón por la que una cúpula colegiada pueda producir mayor partidización que un jerarca unipersonal. En fin, son matices que se plantean entre quienes, seguramente, aspiramos a que la actividad sea desarrollada de la mejor manera.

    Voy al tema.

    A alguna mente desvariada no le ha gustado la apariencia del Sr. presidente de la asociación de fiscales y no ha sido capaz de guardarse su opinión, bajo siete llaves, en el sumidero de la infamia. Rosa se presenta como un hombre bien atildado que se expresa en términos acordes con su formación académica y aporta, como es su derecho, la opinión que se podrá, o no, compartir. Sin embargo, para cierta mente esclerosada, los titulares del Ministerio Público tienen que parecerse a las imágenes que creaban los pintores renacentistas del sur europeo, habría que ser rubio y de ojos celestes.

    La injuria de ahora, en que se lo denominó como “primate” y alguna anterior de similar contenido, y no me vengan con definiciones tomadas de Wikipedia para ocultar una intención que resulta manifiesta, es inadmisible. En tiempos de troleo informático, uno se llega a preguntar si el propósito último de la barbaridad no será el de debilitar la posición que se aparenta defender. No se trata de opinar con vehemencia sobre una posición sustentada, esto es racismo crudo y puro y, sea como sea, estamos en presencia de una canallada que nos ofende a todos, individualmente y como sociedad. Denunciar tal práctica como nauseabunda es pertinente porque, si contribuimos a su eliminación, ello nos mejorará a nosotros y a las generaciones que nos sucedan.

    Siendo un Estado de pequeñas dimensiones y con pocos recursos, lo que nos hace grandes son los rasgos de respeto, de apertura, de tolerancia, que hemos sabido acuñar como parte de la esencia nacional. Allí tenemos a Artigas proclamando la más amplia libertad civil y religiosa en 1813, a Ellauri cuando se opone a la exclusión de toda otra práctica religiosa fuera de la oficial en la Asamblea General Constituyente y Legislativa previa a la Constitución de 1830, que nos transformó en Estado, a la construcción en Montevideo del primer templo anglicano de América Latina en 1845, a la inmigración de los valdenses a partir de 1856, a Berro secularizando los cementerios ante un acto de intolerancia en 1861, a Varela y a Latorre generalizando la educación popular laica, gratuita y obligatoria en 1876, a las reformas de contenido social durante las presidencias de Batlle y Ordóñez ya entrado el siglo XX, incluyendo la separación del Estado de las manifestaciones religiosas, a la incorporación de tanta gente que huía del hambre y la persecución en sus países de origen, mis abuelos incluidos, durante la primera mitad del siglo pasado y a tantos otros episodios entre los que incluyo, para mencionar algún ejemplo contemporáneo, el caso del crucero Greg Mortimer, o la actual propuesta de reconocerles la ciudadanía nacional a quienes fueron declarados apátridas, ayer nomás, por un régimen abyecto.

    Hemos asumido como parte de una sacralidad laica aquello de que “todas las personas son iguales ante la ley, no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos y las virtudes”, concepto que, con salvedades fundamentalmente en su aplicación social, ya estaba contenido en el texto constitucional primigenio de 1830. En mi caso, quizás, el haber compartido los bancos en la escuela pública, como decía Varela en La educación del pueblo, me ha hecho abrazarme a la idea con fortísima adhesión: “Los que una vez se han encontrado juntos en los bancos de una escuela, en la que eran iguales, a la que concurrían usando de un mismo derecho, se acostumbran fácilmente a considerarse iguales, a no reconocer más diferencias que las que resultan de las aptitudes y las virtudes de cada uno”.

    En función de las cosas mencionadas, nos hacemos la ilusión de participar del mejor país del mundo. Pero entonces viene la escoria a demostrarnos que las conquistas pueden caducar, que hay que defenderlas y que todavía quedan, en la sociedad, ajustes de cuentas, vidas arruinadas por el abuso y la violencia y hasta algún racista que ni siquiera tiene la vergüenza de ocultar su tara.

    Lamentablemente, pese a la ilusión igualitaria, hay individuos inferiores. Eso no depende, por supuesto, de las nimias diferencias genéticas que determinan el color de los ojos, la altura promedio o la cantidad de melanocitos que uno tiene en cada centímetro cuadrado de piel. La inferioridad está pautada por la resaca que no se ha logrado extirpar del cerebro. Los fundamentalistas son inferiores, los intolerantes son inferiores, los fanáticos son inferiores, los violentos son inferiores, los supremacistas son inferiores, los racistas son inferiores y me debe quedar pendiente algún otro ejemplo análogo.

    En torno al malhadado reciente proyecto de reforma constitucional de Chile, sobre la idea de la plurinacionalidad yo le comentaba a un colega docente: “Parte de una base diferente a la que hemos consagrado nosotros. Nosotros hemos tratado de conformar una única nacionalidad entre todos. Es igualmente “oriental”, de acuerdo con nuestro derecho y nuestra idiosincrasia, por ejemplo, el compatriota descendiente de quien fue secuestrado en alguna región del África y esclavizado en nuestro territorio a fines del siglo XVIII, el nieto del armenio sobreviviente de la deportación en la segunda década del siglo XX o el del italiano que se vino a este territorio huyendo del hambre, a fines de la primera mitad del siglo XX” y todos los demás que se cobijaron en este suelo. No hay orientales de segunda por el origen de sus ancestros o en función del color de la piel, y si a alguien no le gusta su apariencia, que se consiga una cita con el psiquiatra.

    Yo no he tenido el gusto de conocer al Dr. Rosa personalmente, de pronto nos hemos cruzado alguna vez en los corredores de la facultad pero, ante esta agresión que nos ofende a todos, le hago llegar desde estas líneas un fraternal abrazo.

    Jaime Ruben Sapolinski