N° 1953 - 18 al 24 de Enero de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá—Quien lo haya visto tocar decir pudiera,/ que no era un fueye, che, lo que apretaba,/ sino un potro con teclas que mandaba/ un relincho de sangre compañera.
Este es un verso —esencial para definir con intensidad emocional un estilo— del poema que Horacio Ferrer dedicó a quien nació llamándose Pedro Blanco Acosta, el 10 de octubre de 1902, y pasó a la posteridad como Pedro Láurenz, al adoptar el apellido de sus hermanastros Eustaquio y Félix.
Bandoneonista excepcional y compositor impar, su alumbramiento ocurrió en Buenos Aires, en la Villa Crespo que semejaba una colmena de inmigrantes, malevos y criollos escapados de un campo que hambreaba: ahí, donde también se mezclaron prostíbulos con conventillos, aún niño estudió violín; pero a los 15 años, azuzado por Eustaquio y Félix, fugó a Montevideo, donde vivió un raro enamoramiento del bandoneón. Al inicio, como otros, un “orejero”; pero rápidamente aprendió con varios maestros y ya brilló en sus primeras actuaciones aquí, en una orquesta que pocos recuerdan, la del pianista Luis Casanovas, donde lo acompañaron, también principiantes, Edgardo Donato y Roberto Zerrillo. Aunque tal vez para él lo más importante haya sido haber podido tocar, por pura casualidad, junto a su admirado Eduardo Arolas, nada menos que en el cabaré Moulin Rouge.
Regresó a su patria en 1920, al llamado de la orquesta que dirigía Roberto Goyeneche, con la que inauguró Radio Cultura.
Y escribió su primer tango, La revancha.
Un lustro más tarde, con solo 22 años, lo rozó “la vara mágica” de Julio De Caro; de la orquesta del gran renovador se había ido el bandoneonista Luis Petrucelli y el autor de Boedo recordó así aquella peripecia:
“Fui a un café de Villa del Parque a escuchar a Enrique Pollet, que tocaba con Goyeneche y tenía bien ganada fama. Pero no. Me encantó el segundo bandoneón, para mí un desconocido Pedro Láurenz, que era bien “cadenero”. ¡Y se quedó conmigo nueve años!”.
Se sabe que hubo un antes y un después en la evolución musical del tango a partir de De Caro. Lo que sin embargo permanece a la sombra de esa gran marca es el grado de influencia que tuvo Láurenz en la obra decareana: hasta su llegada había estado muy definida por el estilo de Pedro Maffia, más fino, más técnico, pero también más frío. Lo que está probado es que en esa época Láurenz compuso la mayoría de sus obras emblemáticas, todas grabadas por De Caro: Amurado (en colaboración precisamente con Maffia y con José De Grandis), Orgullo criollo, Mal de amores, De puro guapo, De antaño, Milonga de mis amores, Vieja amiga, Como dos extraños, Risa loca, Berretín, Es mejor perdonar, Marinera y El fueye de Arolas.
Pero si fue trascendente el trabajo de Láurenz con De Caro, y la composición de sus mejores obras, lo que hizo después, hasta su muerte, lo coloca entre los mejores.
A mediados de la década de 1930 tocó con Ciriaco Ortiz —antes había acompañado con su bandoneón, junto con el violín de De Caro, a Carlos Gardel en Luces de Buenos Aires, en el tango Tomo y obligo— y luego armó su propia orquesta para actuar en Los 36 Billares y todos los escenarios de rango de Buenos Aires. A lo largo de ese trayecto tuvo de compañeros al uruguayo César Zagnoli, al violín romántico del tango Alfredo Gobbi, a Mauricio Mise, al gran Osvaldo Pugliese, al joven que heredaría Piazzolla, Fernando Suárez Paz y a vocalistas de la categoría de Alberto Podestá.
Viajó por Brasil, Francia e Italia, en 1960 fue solista del Quinteto Real, creado por Horacio Salgán, Enrique Mario Francini, Ubaldo De Lío y Rafael Ferro, participó de tres giras a Japón y en 1966 fue elegido, junto con su viejo compañero Maffia, Ciriaco Ortiz y Aníbal Troilo, para ilustrar las secuencias de un cortometraje de Mauricio Berú, Fueye querido.
Pedro Láurenz —padre de la cancionista María Cristina Láurenz— fue un instrumentista de gran técnica, con parejo empleo de ambas manos para el uso simultáneo o independiente de agudos y graves, un sonido brillante y un toque enérgico. Quizás allí anidó la clave: ese vigoroso fraseo nunca cambió, siempre fue “cadenero”, como llamaban los músicos a quienes tocaban marcando el paso para arrastrar a los demás, recordando la función del caballo que tiraba al frente de los carros.
Láurenz murió el 7 de julio de 1972. Dos años antes, nada menos que en el Carnegie Hall, destelló en una jornada memorable y final.
—¿Quién dirá que no está?/ Si cuando estaba,/ de un tangazo bestial/ volteó al olvido?