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    Barbas a remojar

    Sr. Director:

    Meses atrás, las elecciones en Ecuador dieron ganador a un outsider. Después vino Perú, con 18 candidatos y la desaparición de los partidos tradicionales. Por esos tiempos, Paraguay tuvo asonadas contra el presidente, Brasil tiene más de 20 partidos en el Parlamento y un presidente sin partido (al que están queriendo enjuiciar políticamente), Argentina vive la política como una guerra de exterminio, a Ivan Duque lo tienen a mal traer desde hace semanas por haber querido innovar (tampoco tanto) tributariamente y la frutilla ha sido Chile, protagonizando una suerte de Brexit araucano. ¿Qué queda en el continente? Bolivia saliendo de un golpe, Venezuela y… nosotros. ¿Qué está pasando?

    En todos estos episodios (y algunos del mismo estilo en otros países), hay fenómenos nacionales, pero frecuentemente no alcanzan a explicar convincentemente lo ocurrido. Paralelamente, también se dan fenómenos que se repiten, como las crisis de los partidos establecidos y la fragmentación política.

    Como sea, están pasando cosas difíciles de entender. La corrupción puede explicar, en parte, lo ocurrido en Venezuela, Perú y aun Brasil, pero ¿qué explica Colombia, un país que ha mostrado solidez tanto en el plano institucional como en el económico?

    ¿Y Chile? Considerado (empezando por ellos mismos) como de avanzada en el continente que, sorprendentemente, explota rebelándose violentamente contra un pinochetismo que dejó de existir hace más de 20 años y luego de tener seis gobiernos democráticos, cuatro de ellos de izquierda. ¿Recién ahora perciben que hay un sistema “pinochetista” que les hace la vida imposible? Y eso que de Pinochet para acá reformaron la constitución más de una vez.

    El rechazo en Chile es a todo el sistema político establecido, tanto a derechistas como a izquierdistas y todo lo que pueda haber en el medio. Lo más increíble es que la gente —por lo menos la manifestante— crea que la salvación de sus problemas estará en escribir una nueva Constitución (cuyo contenido es desconocido). Como dije, una suerte de Brexit araucano: un salto al vacío. Para lo cual, y después de haber prendido fuego la ciudad, fue a votar apenas un 48%, y que lo hizo mayoritariamente por personas cuasi desconocidas, agrupadas en partidos o coaliciones sin experiencia, ni plataforma medianamente estructurada.

    Todo esto ocurre en una sociedad madura que sustentaba a un país serio. Da para preocuparse y para pensar muy seriamente. ¿Cómo es posible que esa sociedad haya podido acumular (o tolerar) tal grado de bronca nihilista y cómo es que los partidos políticos no lo percibieron, o no supieron qué hacer, si efectivamente eran conscientes del fenómeno?

    Por otro lado, no parecen estar muy claros cuáles son los problemas concretos que causaron el estallido ni quiénes son las personas que lo lideraron (y, supuestamente, lo encauzaron). Sí están claras las molestias, pero, a diferencia de los problemas, aquellas suelen ser muy difíciles de asir.

    ¿Cuál es el sueño con relación a una nueva Constitución? ¿Cómo y dónde se juntará esta con aquellos? Probablemente —como resultado de un proceso constitucional entre anárquico y caótico— se termine pariendo un smorgasbord estatista-privatista, lo que augura una prolongada agonía para Chile.

    En definitiva y volcando la vista para entrecasa: ¿estamos libres de que nos pase algo similar? Sí, ya sé: somos diferentes. Pero ya nos ocurrió en el pasado que más que diferentes fuimos lentos: la guerrilla y la dictadura tardaron en llegar, pero llegaron.

    Concretamente, ¿qué debe hacer nuestro sistema político para que la gente no lo vea como lejano, extraño y antagónico? Para empezar, abandonar el camino del enfrentamiento, del odio, de la crítica destructiva (la última es criticar el velorio de Jorge Larrañaga después de montar una interpelación inútil cuyo único legado concreto fueron contagios de Covid). No da réditos. No convence. Solo genera menosprecio generalizado: “Son todos iguales”.

    Hora de poner el oído en tierra. Y la atención en las redes sociales.

    Ignacio De Posadas