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    Barranca abajo

    No es broma

    Montevideo, 29 de febrero de 2034 (De nuestras agencias). La Asociación Uruguaya de Fútbol decidió ayer, a sugerencia del gobierno del presidente Sartori, suspender hasta nuevo aviso el campeonato uruguayo, debido a las interminables y cada vez más peligrosas agresiones dentro y fuera de los campos de juego, que se vienen sucediendo desde hace una década.

    Como nuestros lectores sin duda recuerdan, a comienzos del campeonato apertura del año 2024 se produjeron episodios de violencia en oportunidad de un partido en el Estadio Franzini, en el que jugaban el dueño de casa, Defensor, contra el Club Atlético Cerro. Un juez de línea fue lastimado de una pedrada en la cabeza que partió desde la hinchada visitante, tras lo cual hinchas de Cerro rompieron el alambrado, entraron a la cancha a robarle las banderas a la hinchada locataria, la que también saltó a la cancha a defender sus banderas y golpear a los rivales.

    Como consecuencia de estos episodios, que ya se venían dando en otras canchas también, los dirigentes, los jueces y los jugadores se reunieron para adoptar medidas previsoras y disuasivas.

    Las primeras consistieron en poner efectivos policiales “tácticos” en los partidos en los que jugara Cerro, para evitar que sus hinchas volvieran a invadir el campo de juego, trasladar a los jueces desde y hacia las canchas con custodia policial cuando jugara Cerro, poner policías en los partidos de las formativas de Cerro y poner cámaras de seguridad en las tribunas para detectar a los revoltosos.

    Fue un fracaso.

    En las primeras de cambio, cuando los árbitros del partido en el que jugaba Cerro iban hacia el campo de juego, fueron interceptados por una banda de fanáticos, que secuestraron al juez y solo lo liberaron tras el pago de una fuerte suma de dinero. Los policías “tácticos” fueron apedreados hasta que debieron abandonar la cancha con varios de ellos seriamente lastimados. Las cámaras de seguridad fueron vandalizadas y los funcionarios de las ventanillas donde se expedían las entradas fueron atados de pies y manos, procediendo los agresores a robar toda la recaudación.

    Al poco tiempo, se adoptaron medidas más severas. Los jueces eran transportados en tanquetas blindadas de la Guardia Republicana y los policías dentro de las canchas fueron sustituidos por soldados armados con metralletas. Pero tampoco dio resultado. Una de las tanquetas fue destruida con un artefacto explosivo lanzado desde un dron, que provocó la muerte del conductor del vehículo blindado. En esa misma fecha, dos de los soldados armados fueron secuestrados al llegar a la cancha en un camión del ejército. Un comando se los llevó con destino desconocido y sus cuerpos mutilados fueron encontrados por la Policía Técnica seis meses después del episodio.

    Como consecuencia de estas tragedias, el campeonato fue suspendido por dos meses, a lo largo de los cuales dirigentes, jueces y jugadores, con la asistencia de delegados de los ministerios del Interior y de Defensa Nacional, organizaron un plan para volver a jugar al fútbol en paz y armonía.

    La primera medida fue la de jugar sin público, pero no dio resultado. Los 22 jugadores se trenzaron en una batalla a golpes de puño y patadas, en la que también participaron los directores técnicos y los ayudantes. Uno de estos últimos mató de varias puñaladas al DT del otro cuadro y la policía que intentó reprimir las agresiones no pudo sino detener al homicida, el que fue condenado por homicidio especialmente agravado a 12 años de penitenciaría.

    En los meses subsiguientes se suspendió el campeonato para las divisiones mayores, limitándose a encuentros entre juveniles, los que se jugaban en el Estadio Centenario, rodeado de tanques y vallados vigilados por efectivos del ejército nacional. El público era chequeado al ingresar a las tribunas, para evitar que portaran armas u objetos peligrosos. En un clásico Peñarol-Nacional, desde la Torre de los Homenajes un grupo de francotiradores, que sin duda se había infiltrado durante la noche anterior, disparó con armas largas hacia los palcos de la prensa y de los dirigentes, ultimando a tres periodistas y dos dirigentes de cada uno de los equipos rivales, lo que provocó la adopción de medidas prontas de seguridad por parte del Parlamento Nacional. Se capturó a varios integrantes del grupo agresor, pero muchos otros fugaron y permanecen prófugos desde entonces.

    La última decisión tomado consistió en que el fútbol se limitara al baby fútbol y se jugara únicamente entre niños, en canchas cercadas de tanquetas y soldados armados, sin ninguna clase de público.

    El campeonato trascurría con orden y armonía, hasta que llegó la fecha de la final, entre Cerro y Defensor. Viejos rencores que se arrastraban desde más de una década despertaron entre los partidarios de ambos equipos y, mientras los niños jugaban en paz y con alegría, en las inmediaciones de la cancha las hinchadas rivales se enfrentaron en una verdadera batalla campal. El partido se suspendió, sorprendiendo a los niños, que no sabían lo que estaba pasando, pero cuando se enteraron de lo que estaba ocurriendo afuera de la cancha, abandonaron el campo de juego y se dirigieron al lugar del combate, procurando separar a sus padres y abuelos, que se estaban literalmente reventando a golpes e hiriéndose gravemente. No lo lograron y terminó la batalla con dos muertos y decenas de heridos.

    El campeonato ahora se ha suspendido y no se sabe si se reanudará o no. Lo más probable es que no se reanude.

    Pero la garra charrúa seguirá viva en el Museo del Fútbol y en los corazones de algunos que recordarán que alguna vez fuimos campeones mundiales del fútbol, los reyes del “fair play” y tan ilustrados como valientes.

    Qué tiempos aquellos.

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