Estoy llegando a mi casa cargada con bolsas de compra del Ta-Ta. Mis manos sostienen dos pellejos brillantes, blancos, que algún día se irán a meter en la boca de una ballena.
Estoy llegando a mi casa cargada con bolsas de compra del Ta-Ta. Mis manos sostienen dos pellejos brillantes, blancos, que algún día se irán a meter en la boca de una ballena.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNo tengo auto, soy una peatona de ley que cruza en las esquinas. La Intendencia también ha decidido que las esquinas se usen como hogar de contenedores de basura. Así, a medida que cruzo, me voy acercando a uno.
En ese mismo instante se está asomando al contenedor un hombre, con curiosidad. Revuelve. No es un hurgador con carro, no es un reciclador que evite que las bolsas del Ta-Ta vayan a dar a la boca de las ballenas.
Es un hombre en busca de.
Y aquello que para él puede ser una caja de sorpresas, una cueva de Alí Babá, para mí solo es un contenedor gris, apestoso y anodino.
Sin embargo, el hombre se despista y me dice: “¿Acá, señora?”.
Lo miro con asombro. No sé por qué me habla, por qué me mira con ojos interrogantes. No entiendo, y el hombre se da cuenta, entonces repite: “¿Acá?”.
Alelada, comprendo su ilusión. Cree que mis bolsas del Ta-Ta contienen basura —y no mi compra reciente—. Es una manera amable de proponerme que le regale mi basura, a ver qué encuentra.
De pronto, de lo más recóndito de mí, se me escapa una frase: “Señor… ¿por qué no trabaja?”. No sé cómo apareció eso en mis labios… pero lo dije. ¡Lo dije! El hombre me mira y sonríe, tiene ojos claros que se iluminan al responderme, rotundo: “¡Porque no me da la gana!”.
Por un momento nos quedamos detenidos, yo inmóvil con mis pesadas bolsas del Ta-Ta y él alegre por su chispeante salida, por la claridad conceptual que sabe manejar con contundencia.
Cuando era niña escuchaba con irritación a las señoras amargadas decir que los pobres eran pobres porque no querían trabajar.
Al preguntar aquello me sentí en el túnel del tiempo: una cucaracha prehistórica y retrógrada espetando lugares comunes reaccionarios.
Pero al dirigirme a mi casa, lentamente, me di cuenta que el hombre tenía razón. No trabajaba porque no le daba la gana. Lo había elegido. Era libre. ¿Por qué no? ¿Acaso no puede llegar a ser una decisión en el Uruguay contemporáneo revolver la basura?
Días más tarde, voy a tirar una real bolsa de basura a otro contenedor cercano. Como siempre, su sucia tapa está totalmente abierta, caída al costado. Es una esquina donde restaurantes y rotiserías tiran sus restos de comida.
Al echar mi bolsa, veo dos jóvenes que están allí parados comiendo bordes de pizza extraídos del contenedor. Los comensales son medianamente jóvenes, fuertes, no parecen estar muy enfermos por la pasta base. Ellos tampoco son recicladores: son lobos solitarios.
En el año 2002 esta escena me hubiera partido el corazón; ahora, sin embargo, la observo con asombro.
Y escucho cómo uno le dice al otro, con aire de entendido: “Mi celular es...”. No termino de oír lo que dice porque me voy corriendo a clase.
Sus palabras me retumban, aunque fueron breves como el caer de mi bolsa: “Mi celular es…”.
Barajo que hablaban de un celular que no es cualquier celular. Es un celular con determinadas características tecnológicas.
¿Qué funciones ignotas tendrá ese móvil para mí, que poseo un modelo de hace cuatro años, con tarjeta, y al que solo uso para mensajes de texto?
Ay, Sartre, quizás en un café parisino hubieses debatido con pasión sobre estos uruguayos que rondan contenedores, entendidos en celulares.
Yo sé que creías que el hombre es libre. Que un hombre es… lo que él ha decidido ser.
Vos también hubieras inquirido, con tu pipa en la boca: ¿“Señor, por qué no trabaja?”.