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    Batlle y el Partido Colorado

    Sr. Director:

    De todos los Batlle que convivieron en Don Pepe, el que siempre me sedujo no fue el anciano de sobretodo y zapatones negros retratado al pie de la escalinata de su templo de Piedras Blancas sino el joven bohemio y liberal que luchó contra Santos en Quebracho; el aficionado a la Filosofía y a la Astronomía que buscaba respuestas más allá de lo aparente; el poeta deísta; el espiritualista antidogmático; el defensor de la república; el periodista de pluma filosa y valiente de El Día a vintén; el intelectual enamorado del progreso y la civilización; el rupturista.

    Sin ese Batlle primigenio es imposible entender al otro, al de las estampitas. Sin ese Batlle, el otro es justamente eso, otro

    Por tanto, para ser justos con él y su periplo vital y político, es preciso señalar antes que nada que en su caso, como en el de buena parte de su generación, primero fueron las ideas y luego la acción. Algo tan inusual en estos tiempos como incomprensible para los cultores del oportunismo, el pragmatismo vacuo y la demagogia.

    Cuando Batlle desembarcó en la arena política y comenzó a disputar posiciones de poder, lo hizo con un proyecto de país en la cabeza, teniendo claro para qué estaba allí y qué objetivo quería concretar. Lo hizo movido por un ideal de sociedad, habitado seguramente por los ejemplos y enseñanzas de su padre, don Lorenzo Batlle (militar, político, ex presidente y por encima de todo un hombre íntegro, tal como lo retrata Marcos Cantera Carlomagno en su biografía), por las de su amigo y maestro Prudencio Vázquez y Vega, por sus variadas y nutridas lecturas y vivencias, dentro y fuera de fronteras, pero sobre todo por un irrefrenable deseo de libertad y justicia. Admito que esto último puede sonar a frase hecha y a lugar común, a cursilería barata, quizás, pero hubo un tiempo —ya lejano— en el que los hombres como él se jugaban la ropa por ideales como esos y en el que los liderazgos se forjaban, parafraseando a otro de sus más dignos exponentes, con “sangre, sudor y lágrimas”.

    Subrayémoslo para que no quepa la menor duda: su salto a la política —partidaria, electoral— no respondió a intereses económicos o laborales de ningún tipo, o a un mandato familiar, ni se produjo en condiciones particularmente favorables. Se llevó a cabo, por el contrario, en una coyuntura especialísima, en tiempos de hombres fuertes y gobiernos despóticos, en los que desnudar los excesos del poder y pensar en voz alta solía costar caro. Pues bien, no se amilanó y abrazó la política como la lógica y en cierto modo previsible prolongación de una militancia que fue primero filosófica, luego periodística y siempre y por encima de todo ética. Por eso, cuando uno rasca sus editoriales, sus discursos o más tarde sus mensajes parlamentarios encuentra superpuestos al pensador de reflexión profunda, al siempre didáctico transmisor de ideas y al hombre de principios firmes.

    Para Batlle, el partido —al que democratizó— no era un fin en sí mismo sino un mero instrumento, al igual que el Estado —al que le dio proyección social—, y esto es lo que les cuesta entender a muchos dogmáticos. El fin era y sigue siendo la armonía social, el equilibrio. Y para ello, el Partido Colorado, su Partido Colorado, nuestro Partido Colorado, teniendo como propósito la defensa de esos valores en apariencia pasados de moda, de esa modernidad inconclusa que algunos pretenden dar por muerta, de esa república feliz y justiciera que supimos ser, existió y debe seguir existiendo.

    Un partido —y en especial el nuestro— no es un ejército de paniaguados. Ni una agencia de colocaciones. Ni mucho menos una iglesia de incondicionales. Un partido es el fruto de un árbol cuyas raíces se hunden en el pasado. Es un nosotros y un deber ser. Una forma de ver al país y de entender la cosa pública. Es una comunidad de hombres y mujeres libres con matices y diferencias, a veces profundas, pero ligados siempre por una tradición, una historia y un conjunto de ideas y valores en común que se prolongan a través del tiempo y les dan sentido de pertenencia.

    El Partido Colorado no es la caricatura que de él hicieron algunos de sus adversarios y que muchos de nuestros correligionarios compraron y multiplicaron, por pereza o falta de convicción. El Partido Colorado es la encarnación de la ética de la responsabilidad, la que afloró en cada punto de inflexión de nuestra historia, desde Carpintería, pasando por la Guerra Grande, Quebracho, Brum, Paso Morlán, el Cambio en Paz y la salida de la crisis de 2002. El “deber ser” ante todo. Esa es nuestra marca de fábrica, nuestra razón de ser y nuestro norte. Eso es lo que nos hace colorados, no el cotillón ni los eslóganes de ocasión. Eso simboliza el viejo Batlle y esa bandera que nos cobija desde hace más de un siglo y medio.

    Gustavo Toledo

    CI 3.680.356-9

    Balneario Solís (Maldonado)

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