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    Berlín: el poder cambia de manos

    Nº 2142 - 30 de Setiembre al 6 de Octubre de 2021

    “Hay una línea roja que nunca debemos cruzar: el compromiso con los derechos humanos y el respeto a la dignidad de cada persona” (Angela Merkel)

    El fin de la “era Merkel” deja una sensación de vacío. Esta mujer logró, en sus 16 años al mando de la nación, obtener el respeto de partidarios y adversarios. Rompió con tradiciones políticas arraigadas; originaria del este, mujer y protestante en un partido básicamente católico. Su serenidad, análisis profundo y la búsqueda de consenso fueron características de su liderazgo. Fue imbatible en las urnas y ocupó el centro político sin competencia. Últimamente, la pandemia la revalorizó ante los ciudadanos. Resurgió la Angela Merkel científica, capaz de entender la situación, logrando que Alemania saliera mejor parada que otros de la crisis. Se retira con una popularidad mayor que cualquier político germano.

    El resultado electoral del domingo 26 apuntó al cambio. El socialdemócrata Olaf Scholz podría reemplazar a la actual canciller, pero todo depende de los Verdes y el FDP (liberales). Sin ellos no hay mayoría parlamentaria, salvo un acuerdo entre los partidos mayores, la CDU (democristianos) y el SPD (socialdemócratas). En los últimos comicios, CDU obtuvo su peor resultado de posguerra y el SPD se convirtió en el vencedor más débil. A Alemania le esperan semanas de incertidumbre.

    El espectro político

    Los cuatro partidos políticos principales surgidos de esta elección son:

    El CDU, partido democristiano y conservador, que ha gobernado 52 años la República Federal. Se presenta en todo el país, a excepción de Baviera, donde existe un partido “hermano” (la CSU). Ambos actúan unidos en el Parlamento. Obtuvo 151 diputados. Fundado tras la II Guerra Mundial, se basó en el electorado del anterior Partido de Centro, un partido católico de la República de Weimar, pero logró atraer también votos protestantes. Sus cancilleres han sido Konrad Adenauer (1949-63), Ludwig Erhard (1963-66), Kurt  Kiesinger (1966-69), Helmut Kohl (1982-98) y Angela Merkel (2005-21). Su actual candidato es Armin Laschet y obtuvo 151 bancas. Posee la Fundación Konrad Adenauer, y su socio regional, la Hanns Seidel.

    El SPD es la socialdemocracia. Se fundó en 1863 y ha gobernado 20 años desde 1949. Evolucionó hacia el centro y tuvo tres cancilleres: Willy Brandt (1969-74), Helmut Schmidt (1974-82) y Gerhard Schröder (1998-2005). Su líder actual es Olaf Scholz; fue el más votado y obtuvo 206 legisladores. Su fundación es la Friedrich Ebert.

    El FDP son los liberales. Nunca lideró un gobierno, pero siempre integró las coaliciones, fueran de la CDU o del SPD. Es el clásico partido bisagra y logró 92 parlamentarios.

    Los Verdes, el partido ecologista, aumentó su apoyo y logró 118 bancas. La lucha contra el cambio climático es su punto fuerte. Para ingresar al Bundestag hay que superar el 5% de los votos

    Ahora empezó la competencia entre la CDU y el SPD por ganarse a los partidos bisagra. Si asume un canciller conservador o socialdemócrata, depende de verdes y liberales. El protagonista de las últimas semanas ha sido Scholz, estratega de la remontada socialdemócrata. En unas elecciones dominadas por la marcha de Merkel, supo emular lo mejor de ella, jugando a la perfección sus cartas. Mantuvo un perfil bajo, aprovechó el desgaste rival y surgió como un estadista confiable.

    Desafío internacional

    En Alemania, el día de las elecciones nunca se conoce cuál será el nuevo gobierno. Contados los votos y viendo la fuerza de cada grupo en el Bundestag, comienza el proceso clave de negociar una coalición. Aunque los socialdemócratas salieron primeros, esto no garantiza que logren gobernar. Tanto ellos como los conservadores anunciaron que buscarán liderar una coalición. El foco de atención apunta a los socios minoritarios, quienes han indicado que podrían pactar antes entre ellos y luego decidir con cuál partido mayoritario acuerdan. Estas negociaciones serán complejas: los verdes tienen más afinidad con el SPD, mientras los liberales prefieren aliarse con el CDU. El próximo gobierno estará formado por tres partidos y no, como de costumbre, por dos.

    La importancia de estas elecciones es grande también para vecinos y aliados de Berlín, y sin duda para sus adversarios. El rumbo de la política exterior y de seguridad alemanas importan más allá de las fronteras nacionales. El resultado se percibe como un punto de inflexión para Europa y las grandes potencias están atentas al futuro próximo.

    En todo caso, las elecciones más abiertas en los últimos tiempos mostraron dos hechos fundamentales. Por una parte, la magnitud de lo que logró Merkel al hacerse con el centro del tablero y aglutinar votantes provenientes de todas partes. Por otra, el creciente pluralismo y la complejidad del sistema político alemán. Los partidos mayoritarios están perdiendo apoyo en favor de partidos de izquierda o derecha: los socialdemócratas vieron a los verdes desafiarlos por la izquierda, mientras los democristianos vieron a los liberales flanquearlos por derecha.

    Estas elecciones se llevaron a cabo en un mundo más multipolar, donde la competencia entre China, Rusia y EE.UU. es mucho más dura. Y está claro que la competencia por la supremacía militar ha vuelto a ser una característica dominante. Alemania rechaza esta realidad y apuesta a ser un puente entre los bandos.

    Berlín se encuentra frente a un dilema: quiere integrar el orden global americano sin dañar sus intereses económicos ni aumentar su poder militar. Merkel se negó a detener el Plan Nord Stream 2, el principal proyecto de infraestructura que Rusia tiene en Europa. Si bien habló sobre el fortalecimiento de la alianza con EE.UU., promovió simultáneamente un nuevo acuerdo de inversión con China. Aunque aumentó su gasto militar, fue más bien simbólico, para mostrarse como un aliado confiable ante las dudas de Occidente.

    El problema para Alemania es que este juego de malabarismo es difícil de continuar. EE.UU. está molesto y puede favorecer a otros socios europeos de la OTAN, más dispuestos a armarse frente a Rusia y coordinar sus decisiones con Washington. El delicado equilibrio que caracteriza la política exterior germana implica riesgos y beneficios. No será fácil de mantener a largo plazo, pero solo el tiempo dirá si Berlín lo logra.

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