Corrida en el área de Everton, foul, penal y gol de Richarlison. 3-1 ante Perú y arranca la fiesta en las tribunas del Maracaná. Luego, fiesta en la cancha al recibir la Copa América, a la que se abraza el presidente Jair Bolsonaro, insólitamente metido entre los futbolistas brasileños. Son días de festejos también en otros campos para el controversial mandatario de Brasil: su proyecto de reforma del sistema previsional, clave para atacar el grave problema fiscal que enfrenta su país, quedó encaminado para su aprobación en la Cámara de Diputados.
A la celebración por esa votación en el plenario, que tuvo la semana pasada su primera instancia y se espera para el 6 de agosto la aprobación definitiva con las enmiendas, se plegaron los mercados financieros brasileños. Con esta y otras reformas, Brasil, el segundo cliente comercial de Uruguay, está procesando un “shock de capitalismo” que dinamizará su economía a mediano plazo, sostiene Igor Barenboim, socio director de la gestora de patrimonios Reach Capital, con sede en San Pablo, y ex secretario adjunto de Política Económica en el Ministerio de Hacienda.
“Al inicio del año teníamos tres incertidumbres grandes asociadas a la sostenibilidad fiscal, que se despejaron. Primero, si el gobierno tendría mayoría para bajar los gastos en jubilaciones, que son el 50% del gasto federal y vienen creciendo. Segundo, hace un par de meses el Supremo Tribunal Federal decidió que Petrobras puede vender sus subsidiarias sin tener que pedir autorización al Congreso, por lo que habrá muchas privatizaciones y eso permite bajar una deuda del gobierno que es muy alta, de en torno al 80% del Producto Bruto Interno (PBI) en términos brutos y del 60% neta. Tercero, la tasa de interés, que es el indexador de la deuda, está bajando mucho. Asegurados estos tres pilares”, en un país “que hay ahorro y capital para invertir, no hay por qué no tener crecimiento”, analiza en diálogo con Búsqueda Barenboim, un doctor en Economía graduado en Harvard que el próximo lunes 29 hablará sobre la coyuntura brasileña en la primera edición del encuentro Montevideo Investments Conference, organizado por MOR Investments.
—No tengo una visión optimista. ¡Es realista, ya se hizo, ya pasó! (…) En los últimos tres meses fuimos sorprendidos por muchas cosas buenas: el tema del Supremo Tribunal Federal, que era totalmente espinoso, y los 379 votos en Diputados a favor de la reforma previsional, ¡es una cosa impresionante! ¡Y sin que el presidente haya ayudado! Ningún experto en política en Brasil podía pensar que esto iba a pasar. Yo no lo creía. Si usted lee los análisis sobre Brasil de hace uno o dos meses, quedaron viejos. ¡Todo cambió en esta última semana!
Las cosas podrían ser mucho más felices y conseguir una confianza mucho mayor si el presidente del Congreso y el presidente de la República no estuvieran en polos opuestos y no se fueran a pelear por espacios políticos. Pero eso es lo que va a pasar. (…) Es una economía que está yendo bien a pesar de la política. De hecho, no soy optimista respecto de la reforma de un sistema tributario que es un manicomio.
Shock de capitalismo
Para Barenboim, durante el segundo gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva y el de Dilma Rousseff se aplicaron políticas que “no llevaban a ningún lado”. Y piensa que ahora, con Bolsonaro, se están “poniendo los precios e incentivos necesarios” para que funcione una economía de mercado. “El mercado tiene un montón de fallas, no es ninguna panacea, pero es el mecanismo que sacó a mil millones de la pobreza en los últimos 100 años”.
“El trabajo y el capital se lo regula de dos maneras: se hace una cola y quien llega antes gana. O se pone un mecanismo de precios: quien tiene más, compra más. Otra opción, que fue la de los gobiernos del Partido de los Trabajadores, es que los que eran amigos de la clase política tenían sus proyectos. Ahora caminamos hacia un sistema de precios de mercado. Esto es un proceso lento hasta alcanzar el equilibrio de mercado, pues hay mucha regulación, muchas empresas estatales”, define. “Estamos caminando hacia un shock de capitalismo”. Y no por Bolsonaro, aclara, porque —dice— desde antes de ser presidente su agenda estuvo centrada en la defensa de los militares y los policías, en el orden y la moral, en el combate a la corrupción como base para el desarrollo. “Pero entendió que precisaba de los liberales para ganar y tuvo apoyo de Paulo Guedes, su ministro de Hacienda, un economista brillante, doctorado en Chicago, muy liberal, pero que no es un individuo político”.
—Un matrimonio por conveniencia. ¿Se romperá?
—Todos los matrimonios son finitos: hasta que la muerte se separe o que haya un divorcio. Una ruptura podría darse si, por ejemplo, la recuperación del crecimiento se demora mucho. Pero es un escenario muy improbable.
Y el pronóstico de Barenboim acerca de la economía brasileña es cauto. “La capacidad ociosa es muy grande, hay mucha máquina parada. Puede crecer sin inflación por muchos años. Pero no se recuperará el crecimiento rápidamente porque los proyectos llevan tiempo. Si se resuelve el problema fiscal, se van a concretar los proyectos que estaban en el papel, pero eso se notará dentro de un año. Veo volviendo el crecimiento en el segundo semestre de 2020”.
A fin de la semana pasada, el Ministerio de Hacienda ajustó, a la baja, las proyecciones para el PBI: de 1,6% a 0,8% para este año y de 2,5% a 2,2% para 2020. Eso está en sintonía con lo que esperan los analistas que encuesta el Banco Central brasileño.
Reforma “impopular”
Como números en rojo que se profundizaron en los recientes años de recesión y alto desempleo, el sistema previsional termina consumiendo casi 60% del presupuesto nacional. Eso explica en gran parte el abultado déficit fiscal, que en períodos anuales ronda el 7% del PBI. Sin una reforma, el problema solo se puede ir agravando hasta hacer insolvente a Brasil.
Los diputados le dieron el miércoles 10 una primera aprobación al proyecto que modifica el régimen jubilatorio, y la votación en el plenario, con varios cambios, terminó el viernes 12. Se requiere un segundo turno previsto para el 6 de agosto, después del receso parlamentario.
Por involucrar cuestiones constitucionales, se precisaba el respaldo de al menos 308 de los 513 diputados federales (60%); fueron 379 los votos a favor y 131 en contra. Hubo festejos en el recinto parlamentario y enojo de la oposición; también en las calles emergió alguna manifestación contra la reforma, pero de proporciones más uruguayas que brasileñas.
Para abrirle camino al proyecto de ley, el equipo económico liderado por Guedes debió hacer concesiones, por ejemplo, manteniendo el mínimo de 15 años de contribución para que los profesores puedan jubilarse. Algunos analistas estiman que eso recorta los ahorros previstos, que en lugar de ser de entre 900.000 y 920.000 millones de reales, bajarían a 820.000-850.000 millones.
La propuesta original llevaba a 20 años el tiempo mínimo de contribución para los hombres en general. Tras una enmienda impulsada por el Partido Socialista Brasileño alegando que ese sería un requisito inalcanzable para muchos, con la versión aprobada un trabajador se retira cobrando una pasividad equivalente a 60% de su salario en actividad al completar 15 años de aportes jubilatorios; ese porcentaje crece 2% anual después de superar los 20 años de aportación.
Los servidores públicos pierden beneficios con la reforma y, por ejemplo, se les aumenta la edad mínima para jubilarse, en cinco años para los hombres (a 65) y en siete a las mujeres (62).
Y en un triunfo de la bancada femenina, las trabajadoras se podrán retirar también con 15 años de contribuir al sistema previsional, y no con 20 como proponía el proyecto original.
Es posible que la iniciativa tenga más cambios, como la garantía de que la pensión por fallecimiento no sea menor que un salario mínimo (hoy en 998 reales). Algunos medios de prensa brasileños hablan de una “deshidratación” de la reforma y su alcance.
Barenboim toma prestados los lentes de un analista político y opina sobre la aprobación que está consiguiendo la reforma previsional. “Una reciente encuesta de DataFolha mostró que la mayoría de la población la aprueba, pese a que es muy impopular. Pero hubo un cambio y el Congreso entendió que esto era un paso necesario para que el país siguiera adelante”, incluso sin que el presidente actuara como “conductor político” del proceso.
Mientras, “la oposición está perdida y las protestas fueron muy flaquitas. Nunca en este país hubo una conversación con la población sobre el tema fiscal, del problema de la restricción del crecimiento. (La votación a favor de la reforma) Es un síntoma de la madurez de la democracia brasileña. Es una cosa nueva”, opina.
Pero, mirando a largo plazo, considera que Brasil enfrenta todavía un “montón de desafíos”, como el hecho de tener una economía “cerrada” al comercio internacional, una “burocracia gigante” y dificultades en el clima de negocios que lo anclan en torno al “desastroso” puesto 120 en el ranking Doing Business del Banco Mundial. Y suma a eso los problemas en la educación y una infraestructura física “de las peores”. Son retos estructurales que llevarán mucho tiempo corregir, “pero vamos caminando. Son problemas que están siendo discutidos en la agenda del Congreso. Y todo problema es una oportunidad de inversión. ¿No tenemos carreteras? Invirtamos en esto”.
Y agrega: “Brasil es muy heterogéneo, dividido, con resentimiento. No en los próximos cinco u ocho años, pero después habrá que tener una discusión sobre cómo compartir el crecimiento. El país creció 4,5% promedio entre las décadas de 1940 y 1980. Después que tuvimos el pan, decidimos compartirlo, desde los ochenta hasta ahora. Ahora se acabó el pan y hay que hacer las reformas”.