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    Cabildo Abierto

    Sr. Director:

    Cuando las condiciones están dadas, nacen juntos el trigo y la cizaña.

    Dado que ya era tiempo de que surgiera entre nosotros un caudillo, inexorablemente, como para que se cumpliera la parábola evangélica, la cizaña anticaudillista brotó a la par del alimento bueno.

    Parecería que, cuando se hace necesario, las sociedades suscitan su propio remedio, que en realidad son cosas antiguas que reviven al llamado de las circunstancias. En nuestro caso, aunque enterrada por la pedantería intelectual y la fantasía del progreso indefinido, la búsqueda de la solución natural pasó invariablemente por la aparición de un conductor popular.

    La cizaña que entre nosotros siempre parasita al trigo generoso de los caudillos, es el elemento doctoral. Esa condición no tiene tanto que ver con la titulación académica como con la soberbia, en general la de aquellos que por leídos y escribidos se sienten superiores al resto. Los doctores de hoy no son los galerudos de la fusión y el principismo del siglo XIX, sino la pseudointelectualidad biempensante, tanto la liberal como la del llamado “progresismo”.

    El conductor popular de hoy es Guido Manini, y quienes le temen y atacan muestran la hilacha doctoral por todos lados: señalan su “peligrosa” condición militar, advierten acerca de los riegos de su nacionalismo, se alarman por su postura ante el privilegio de algunas minorías desacatadas. Pero a mí lo que más me indigna es el renacimiento del desprecio doctoral por los seguidores del nuevo caudillo, cuando se desliza solapadamente, como un descrédito, que la mayor parte de ellos está entre los pobres y la gente de la campaña.

    Si no fuera tan triste, resultaría una linda lección de historia viva, ver a los mismos que se llenan la boca hablando de los pueblos, despreciando a la gente que acompaña a Manini, tal como ayer despreciaron a la indiada de Rivera, de Timoteo Aparicio o de Saravia, entre otros caudillos. Los “doctores”, enfundados en el lomo negro de sus levitas, odiaban a la gente sencilla del caudillismo y se burlaban de ellos llamándolos “candomberos”. El elemento doctoral de hoy, los mismos que se hacen los macanudos y populares, son los que hasta ayer nomás llamaban “cascarriaje” y “lumpen” al pueblo llano que no los acompañaba en sus delirios políticos.

    Pero parece que la cascarria candombera ya no se deslumbra con la apelación hueca al pueblo, ni con los plancitos sociales o las “agendas de derechos”, y vuelve como siempre a buscar un jefe natural. La gente acompaña a Guido Manini porque ve en él esa cosa de sobriedad, de poco aparatoso, que hasta hace poco distinguía a los orientales de sus vecinos; adhieren a él de esa manera misteriosa con que siempre se unieron a los caudillos, seguramente no a fuerza de propaganda; mal que pese a muchos también lo siguen porque es un hombre de armas, como en algún momento de su vida o durante toda ella lo fueron nuestros grandes jefes populares, y esa condición impone respeto.

    En su sorpresa y su rencor por la aparición del caudillo, los doctores van a seguir ladrando, señal de que son perros, y a la barra de Manini seguramente va a importarle muy poco porque, como decía Artigas de su gente, “mis gauchos no saben leer”.

    Juan José Mazzeo

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