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    Café de influencias

    N° 2027 - 04 al 10 de Julio de 2019

    Nadie osaría hoy discutir que la mayoría de los mejores letristas de tango, al intento de definir su estilo, disfrutaron de la influencia de antecesores que no se dedicaban a la música popular ciudadana: poetas, dramaturgos y periodistas.

    Tomo para ejemplo al más longevo y prolífico, Enrique Cadícamo, y una de sus obras esenciales, Nunca tuvo novio. No es una elección gratuita, ya que, además, escribió esos versos en un sitio legendario que solían frecuentar sus admiradoras y con muchas de las cuales, muy joven aún, convivió.

    Nunca tuvo novio, de 1930, considerado un tema que expresa la cuestión de la soltería de la mujer “de un modo bello y piadoso”, según han opinado Oscar del Priore e Irene Amuchástegui, fue musicalizado por don Agustín Bardi abandonando sus creaciones afincadas en vertientes criollistas para incursionar en el tango romanza, tal vez obligado por las características de la poesía que le entregó Cadícamo:

    Pobre solterona te has quedado / sin ilusión, sin fe… / Tu corazón de angustia se ha enfermado, / puesta de sol es hoy tu vida trunca (…) Nunca tuvo novio ¡pobrecita! / ¿Por qué el amor no fue / a su rincón humilde de muchacha / a reanimar las flores de sus años?

    Quien primero escribió sobre la soltería femenina fue Carriego —un poeta “romántico que no vaciló en pintar con crudo realismo el paisaje barrial con su pobreza y sus dolores”, ha dicho Graciela Mantiñán— en La que se quedó para vestir santos, poema publicado póstumamente en 1913:

    Ya tienes arrugas. ¡Qué vergüenza! / Bueno, serás abuelita sin ser madrecita. / Ayer, recordando tu pesar sereno, / me dio mucha pena tu cara marchita.

    Nunca tuvo novio es homónimo de otro poema anterior, de 1921, de Enrique Méndez Calzada:

    Nunca tuvo novio, la pobre, ¡qué pena! / ¿Por qué si era linda, por qué si era buena? / ¿Por qué ningún hombre / la quiso querer?

    Y un periodista y escritor, Antonio Botta, nacido en San Pablo, Brasil, y muerto en Buenos Aires, que fue amigo de Gardel, compuso a mediados de la década de 1920 La solterona del barrio, con una muy cercana pintura a la de Carriego.

    La gran curiosidad, imprescindible de añadir, es que todos los mencionados fueron parroquianos, y muchos construyendo peñas y amistad en el mítico Café de Los Inmortales de la calle Corrientes, entonces angosta, que desde su origen y cuando lo adquirió el inmigrante francés León Desbernats, se llamaba Café Brasil. Fue él quien, frente a dificultades que enfrentó el lugar en sus escasos años de vida, impuso el rebautizo al desafiar a ciertos habitués ilustres como Carriego y Florencio Sánchez a que solo tomaran café. La respuesta fue decisiva:

    —¡Si solo tomamos café, seremos inmortales!

    En el Café de los Inmortales no solo escribieron Carriego —quien elaboró hasta una obra de teatro que no pudo estrenar por falta de empresarios interesados— y Sánchez, sino también, entre muchos otros artistas populares, Calzada, Botta, José González Castillo (padre de Cátulo), Héctor Pedro Blomberg, Edmundo Guibourg, Carlos Pacheco, Álvaro Melián Lafinur, Alberto Vacarezza, Natalio Botana y nada menos que Ruben Darío, en sus frecuentes viajes a Buenos Aires.

    Es más: también ocuparon una mesa allí Alberto Sánchez, hermano de Florencio y autor teatral de menos renombre, luego de la muerte del autor de Barranca abajo, En familia, M’hijo el dotor y tantos éxitos más, y Alberto Zavalía, autor de música de cámara, al que Guibourg recordó como “el jefe de la bohemia más zaparrastrosa”.

    Incluso, en una de esas mesas el mismísimo Cadícamo escribió Puesta de sol, insoslayable antecedente de Nunca tuvo novio, y el muy exitoso tango, ya con otro giro argumental, Cabeza de novia.

    Pero sobran los datos sabrosos acerca del escenario donde compusieron su obra quizás más relevante Agustín Bardi y Enrique Cadícamo.

    En 1909 Pacheco escribió una celebrada obra satírica, Los melenudos, cuyo último acto transcurría en Los Inmortales, el célebre local de los creativos ocupado hoy, cual sarcasmo inesperado de la vida, por la notoria sastrería Cervantes.

    Y para el cierre, un diamante: hubo una uruguaya que se hizo célebre en este café; la actriz Ángela Tesada, a la que se atribuyó un ardiente romance con José Ingenieros y que, al menos persiste la versión en la tradición oral, fue la primera mujer que se animó a fumar en público.

    Martínez Cuitiño, otro personaje de las tertulias de Los Inmortales, la definió así: “Un lindo demonio sedante”.

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