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Estamos en 1927, en el reino de Kichik Bir, una nación ficticia que condensa muchas señas culturales de lo que identificamos como “europeo”. Polina es la dueña y regente del Petit Hotel Europa, enclavado en una vieja y desvencijada mansión, muy difícil de mantener en tiempos de crisis. Allí vive con Anica, la mucama, y Alyosha, el botones, cuando una noche llega una serie de pasajeros muy peculiares y estrambóticos: una francesa millonaria y muy neurótica llamada Carlota Bona; un poeta llamado Dragutín, que busca escribir allí su gran obra maestra; Brigitta, una actriz fracasada decidida a acabar con su vida; un conde llamado Anatolyus, que busca hacerse de una pintura que mandó robar, y Ágata, una joven que sueña con ser cantante. Y caen más freaks a esta excéntrica convención: Celestino, un ladrón italiano muy poco ortodoxo; Nemesio, un abogado que inspecciona la casa en busca de irregularidades, y Otto, un alto oficial alemán de la policía internacional. Con el hotel lleno, el caos y la confusión se apoderan de todas las escenas de Petit Hotel Europa, esta comedia de enredos muy bien construida e interpretada que la Escuela del Actor y Telón Rojo producen en la gran casona de la calle Soriano, donde funciona esta interesante compañía teatral.
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Esta cuidada propuesta marca el debut como autora y directora de Leticia Scottini, quien junto con Ricardo Beiro dirige esta escuela —heredera del Anglo del Ombú— y sala, que está cumpliendo diez años.
Más allá de las virtudes literarias del texto, con un esquema clásico de comedia de enredos, el éxito de la empresa dependía en gran medida de la calidad de la interpretación. Y lo que logra este equipo deja a más de un espectador boquiabierto. La planta baja de la casa es el escenario perfecto para esta historia. Atípico y ultracercano, porque los dos ambientes unidos generan un espacio de unos 10 metros de ancho por apenas tres de profundidad, por lo que los intérpretes están siempre al lado de las únicas dos largas filas de butacas. La madera omnipresente, en el parquet, en la gran escalera, en el lambriz que cubre las paredes, aporta una calidez atemporal. Las abundantes puertas que dan a la sala permiten un dinámico juego de entradas y salidas. La utilería es abrumadora y deslumbrante. Jarrones, floreros, paragüeros, mesas de todo tamaño, variedad de alfombras, cortinas, lámparas y sillones, relojes, percheros y escritorios viejos, teléfonos de pie, una antigua vitrola con bocina, abundante vajilla, cristalería y muchos otros detalles que regodean la vista. Para cualquier lado que uno mire, encuentra un artículo nuevo a los ojos. En el entreacto, incluso, es posible recorrer la sala mientras se toma un café y apreciar en detalle este botín de otro tiempo que debe haber costado muchas horas en ferias, remates y cambalaches.
Todos estos atributos contribuyen a que Petit Hotel Europa sea una gratificante experiencia no solo teatral sino plástica, por la variedad de sensaciones que ofrece en sus dos horas y media (intervalo incluido). Y vaya si se justifica el tiempo invertido: cuando un elenco se entrega de esta forma, el reloj pasa a un segundísimo plano.
Porque, una vez que la historia alcanza su velocidad crucero, los seis recientes egresados de la Escuela del Actor (Victoria Pereira, Guillermo Francia, Valentina Pereyra, Maximiliano Farinasso, Emmanuel Santos y Robinston Pereira) comienzan a desdoblarse en otros personajes, hasta completar entre tres y cuatro roles cada uno. Una exigente prueba de versatilidad que todos salvan con honores, demostrando una muy alta cohesión. Y cuando un elenco se mueve en bloque, vamos en coche.
Ayuda el notable despliegue corporal que ostenta esta muchachada, con un admirable uso del cuerpo como herramienta narrativa. Baile, cuadros coreografiados, humor físico, recursos como el clown, la mímica y el cine mudo, que demuestran una formación completa. Otros rubros suman, como el rico despliegue de vestuario, maquillaje y pelucas, que permiten las asombrosas transformaciones corporales. La banda sonora acompaña todo el tiempo como fundamental sostén para el ritmo vertiginoso de la acción. También hay un esmerado trabajo de iluminación, pues se cruzan múltiples escenas en diversos rincones de la sala, y la luz es clave para dirigir la mirada del público. Por si todo esto no fuera suficiente, esta verdadera superproducción (para los estándares de la escena independiente montevideana) cuenta con oportunos efectos visuales que permiten dar vida a esta casa en su paulatino proceso de encantamiento.
Si el primer acto tiene una fuerte ambientación vodevilesca de los años de entreguerras, el segundo pega un drástico golpe de timón, avanza 50 años y nos deposita en dominios de la cultura afroamericana de los años 70: ropa holgada y colorida, peinados ampulosos y abundante black music (funk y soul a full). La historia tiene su secuela de ribetes paranormales y se dispara en escena una parafernalia técnica digna de Los cazafantasmas. Pero no conviene revelar demasiado, solo que la puesta mantiene el vértigo de la primera parte.
Más allá de la enorme constelación de objetos que desfila ante los ojos del público, Petit Hotel Europa (sábados a las 21 h y domingos a las 19.30 h, Soriano 1274, $ 450) se sostiene en la calidad del elenco y en una dirección que logra amalgamar todos los rubros con la pasta de un malabarista. Así, no hay grotesco ni absurdo —ni aplauso— que resulte excesivo.