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    Cantor de terciopelo

    Muchos podrían decir, sin temor a equivocarse, que está en su mejor momento, añejado como los buenos vinos: la voz clara, diáfana, la dicción perfecta, la fineza de estilo y ese alejamiento del histrionismo barato que no necesita para alcanzar la emotividad: —¿La verdad? Lo que más me importa es llegar a la piel de la gente. Por eso siempre seguí a Goyeneche, mi padrino artístico.

    Un cantor de terciopelo, dijo alguien una vez, tratando de describirlo.

    Luis Alejandro Filipelli —cantor y letrista— nació el 15 de setiembre de 1955 en Buenos Aires, en el seno de una familia culta y bohemia, con una madre profesora de piano y un padre intelectual, gustador de la noche, que fue íntimo amigo de Alfonsina Storni, Roberto Arlt, Homero Expósito y Enrique Cadícamo. Quizás de ese ambiente tan especial brotó su precocidad: a los diez años integró el Coro de Niños del Teatro Colón y participó en óperas como I Pagliaci, Caballería rusticana y Carmen; a los 16 ganó el Concurso de “La voz tanguera de 1971”, organizado por el programa televisivo Grandes valores del tango; y en 1973 inició un exitoso periplo por todos los locales porteños de la música ciudadana. Fue cuando lo conoció Goyeneche y lo adoptó, al punto de compartir con él cartel en Caño 14, donde además actuaban Atilio Stampone, Rubén Juárez y Héctor Stamponi; también tuvo su lugar nada menos que en El viejo almacén y Casablanca, y en el café Mozart fue acompañado por el excepcional dúo de Ernesto Baffa y Orlando Berlingheri.

    Su vida, su trayectoria, rozaron gratamente a Uruguay: en 1978 fue proclamado “Mejor intérprete de tango” en el festival de Piriápolis. Y justo al año siguiente, luego de esperar bastante, grabó su primer disco respaldado por Atilio Stampone, Oscar Cardozo y Néstor Marconi. Su segunda placa apareció recién en 1982, recreando autores contemporáneos como Héctor Negro y Horario Ferrer: —Tengo mi teoría. Me gustaban los tangos menos conocidos, menos trillados. Y supongo que vendían poco.

    Mientras esperaba la oportunidad de otro disco, actuó en Café Homero, compartiendo una vez las marquesinas con Goyeneche, cantó con el Nuevo Quinteto Real dirigido por Marconi y en 1998 hizo una gira por Europa con un elenco integrado, entre otros artistas, por Eladia Blázquez, Julio Bocca y Eleonora Cassano.

    La tercera grabación llegó en 2004, su primer compacto, Entre vos y yo, con especial destaque de la interpretación de Una tarde cualquiera, Pobre gallo bataraz, Los cosos de al lao y Mi sonora compañera, una mezcla un tanto extraña de obras nuevas y viejas abordada por primera vez.

    Luis Filipelli no ha parado de cantar: intervino repetidamente en el Festival del Tango de Buenos Aires, primero con la Orquesta Nacional de Música Argentina, bajo las batutas de Atilio Stampone y Néstor Marconi, luego con la Orquesta de Buenos Aires, dirigida por Raúl Garello; presentó el espectáculo Entre nosotros en la Esquina Homero Manzi, de San Juan y Boedo; participó en el Teatro Colón del gran homenaje a Aníbal Troilo, en 2003, e hizo ciclos junto a Marconi por todo el interior y en el tradicional Club del Vino.

    Pocos saben que Filipelli arrastra una suerte de trauma hoy lejano: a los 18 años, cuando ya había triunfado en la televisión, consiguió trabajo de cadete de limpieza en una empresa céntrica. Quienes lo veían no lo podían creer; y hasta se enojaban: —¡Estás rompiendo todo en televisión…! ¿y laburás de esto?

    Siguió allí más de 20 años y llegó a encargado: —Mirá que la televisión engaña, te da vidriera pero se apaga enseguida y no comés con eso… Me casé joven, mi mujer estaba embarazada… y el teléfono no sonaba. Había que parar la olla.

    Luis Filipelli, que fue amigo íntimo de hombres mayores que él como Goyeneche, Alberto Podestá y Homero Expósito, es letrista de unos cuantos tangos: Chiquilina madura y Tu nombre entre mis manos (ambos con música de Alberto Di Paulo), Un episodio más (música de Berlingheri), Voy a contar tu vida (música de Danny Martin) y Cuando vuelva el otoño (música de su contemporáneo Guillermo Fernández).

    —Yo sé que no doy imagen de arrabal. Tampoco me interesa. Pero de chiquilín me comí algún garrón. Cuando tenía 19 años me llevaron a una “pulseada” en un cabaré de Río Gallegos. Las coperas no querían cantores, querían charla con los clientes. Un ruido de locos. Empecé con Trenzas y una mujer aplaudió con ganas, llamó a silencio y dijo: “Quiero escuchar al pibe”. Era la madama… ¡Y gané la pulseada!