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    Carlitos y el tango

    Charles Chaplin no solo bailó tango en varias de sus películas, sino que fue un apasionado de esa música tan lejana de su ámbito de vida y de sus escenarios. Una prueba de ello, apenas una, fue la amistad que cultivó con Julio de Caro y, sobre todo, con Carlos Gardel.

    En una historia apasionante que vale la pena contar.

    La introducción del tango al cine internacional, de Estados Unidos o de Europa, data de comienzos de la década de 1910, incluso antes de la explosión del estrellato de Rodolfo Valentino, luego gran figura de la pantalla mundial. A principios de 1912 el actor, productor y director francés Max Linder, acerca de cuyo vínculo inicial con el tango no hay datos verificables, estrenó la comedia en tres actos Max, professeur de tango, que luego llevó al cine tras filmar en Berlín con respaldo de empresarios de su país natal: el tema central es una confusión, ya que un grupo de distinguidos señores lo confunden con un bailarín al que esperan y él, que llega beodo, sorprendido, trata de convencerlos con unos extravagantes pasos de tango mientras intenta seducir a su compañera, hija de uno de aquellos. El éxito de la comedia y la película permitieron a Linder exhibirla en varios países, incluido Rusia, y más tarde abordar otros proyectos similares como El tango tiene la culpa, filme en el cual baila El irresistible, de Lorenzo Logatti.

    Pues bien, aunque algunos afirman que Chaplin pudo haber tomado contacto con el tango cuando actuó en el Follies Berger, en 1910, lo más seguro es que Linder haya sido el responsable del enamoramiento del actor de Tiempos modernos por ese ritmo: admiraba al francés y está documentado que le pidió que le produjera algunas de sus primeras películas, incluyendo la música rioplatense; fue el caso de Enredos tangueros, Carlitos en el baile y La recreación de Carlitos, todas dirigidas por Mack Sennett, quien a su vez había descubierto al hombre del bigotito en un music hall presentado en Londres sin pena ni gloria. Las filmaciones se hicieron en Estados Unidos, entre 1913 y 1914.

    Pero aunque parezca una gratuidad de pintoresquismo, también es cierto que lo que bailó Carlitos en uno de sus primeros cortometrajes producidos por Linder —Charlie, irreconocible sin su bigotito, visita un salón de baile y se siente atraído por la muchacha del guardarropas; la saca a bailar y en medio de la pista se arma un escándalo con otros dos pretendientes— no fue un tango, palabra que aparece en los títulos, sino una danza de claro aire andaluz.

    Chaplin sí baila un tango clásico en su primer largometraje, El pinchado romance de Tillie, también respaldado por Linder y Sennett, en 1914. Y vuelve a ocurrir en los filmes Carlitos en la prehistoria y El falso conde, ambos de 1916.

    La amistad con Carlos Gardel y Julio de Caro, que perduró hasta la muerte del cantor, se dio en ocasión del debut de la orquesta del director argentino en El Palais del Mediterranée de Niza, en 1931, ya convertido Chaplin en un entusiasta y muy bien preparado bailarín. En un añoso reportaje de un diario argentino, que se conserva, así recordó De Caro aquella espléndida y sorprendente noche:

    —En realidad, nos habían contratado por media hora, solo para escuchar instrumentales, pero a pedido, enérgico, de Chaplin, que había conocido hacía poco a Gardel y estaba en una mesa con él, debimos prolongar la actuación media hora más: salió a bailar y fue seguido, de inmediato, por casi toda la concurrencia. La gente enloqueció con lo que les pareció una genialidad del notable astro cinematográfico.

    Los posteriores encuentros con Gardel, con quien se profesaron mutuo cariño y afecto, fueron en Nueva York, cuando El Mago viajaba a filmar y actuar en diversos centros nocturnos de la gran ciudad. Con De Caro hubo menos intercambio y la mayoría de las charlas sucedieron en París, adonde el autor de Copacabana actuaba con frecuencia.

    Hay un precioso recuerdo que dejó el director de cine argentino Luis Saslavsky, que rescata lo que pasó en una reunión en casa de la actriz Marion Davies, en Los Ángeles, a la que asistió Chaplin:

    —Alguien se sentó al piano y tocó, Charlie imitó a un argentino bailando tango. Fue maravilloso. Él era más bien menudo, aunque bien formado. Al bailar muy erguido y severo, se agrandaba. Creí, no sé por qué, en una actuación tipo Rodolfo Valentino. No. Fue la perfecta imitación de un porteño. Muy niño bien y, sin embargo, con algo de Corrientes y Esmeralda.