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    Cartas al Director (I)

    Herrera y la política exterior de Uruguay

    Sr. Director:

    El Señor Cantera Carlomagno y Herrera. Me refiero al artículo de Búsqueda del jueves 30 de mayo titulado “La hora de Luis Alberto de Herrera”. Respecto del mismo me permito efectuar las siguientes puntualizaciones:

    1) En dicha pieza periodística el autor comenta las ideas de Alberto Methol Ferré sobre el peronismo y las confunde con las sostenidas por el Dr. Luis Alberto de Herrera.

    2) A lo largo de la historia del Río de la Plata se han registrado coincidencias entre distintas fuerzas políticas de la Argentina y el Uruguay. En ese sentido en el siglo XIX la actitud del federalismo y del entonces Partido Blanco ante las intervenciones de Francia e Inglaterra son un ejemplo. La actitud antiimperialista del Partido Nacional conducido por Herrera y las del peronismo fueron también coincidencias y no igualdad de pensamiento.

    3) El proceso político del señor Methol Ferré en su tránsito por distintas fuerzas nada tiene que ver con el pensamiento del jefe civil del Partido Nacional.

    4) Una lectura al parecer deficiente o equivocada de “La Revolución Francesa y Sudamérica” lleva al autor de la nota a una conclusión equivocada sobre la tesis que se sostiene en dicho libro. Si algo surge claro del mismo es que Herrera critica las revoluciones sudamericanas por haber seguido los peores ejemplos de la revolución francesa como el jacobinismo en lugar de haberse inspirado en la revolución de las colonias de Norte América.

    5) Herrera se atrevió contra todos a decir “con la lucha de Sandino está nuestro corazón”. También a oponerse con eficacia a la instalación de una base norteamericana en Piriápolis que hubiera representado un Guantánamo rioplatense con todos los problemas que ello hubiera traído para la región.

    6) El propio Dr. Herrera explicó su presencia en el velorio de Eva Perón. En ese tiempo, con peligrosa imprudencia, radios de nuestro país se habían prestado para hacer un puente de comunicaciones entre fuerzas golpistas argentinas de tierra y mar, poniendo en riesgo nuestro país por violar la neutralidad que siempre fue la mejor política de nuestro país en los conflictos de la Argentina. El propio Dr. Herrera explicó que su presencia en el episodio mencionado pretendía dejar un mensaje en el sentido de que no era toda la opinión pública oriental la que se inmiscuía en problemas internos de los vecinos.

    Creemos que una lectura clara de la acción y pensamiento de Herrera permite extraer conclusiones distintas a las que publica el autor. Finalicemos citando al propio Herrera: “Ni por temperamento ni por historia ni por destino ni por aspiración de futuro somos argentinos o brasileños. Hemos sido y queremos seguir siendo orientales, nada más”.

    “Es siempre útil repetirlo totalmente uruguayos, por aquí nacidos y porque el alma así lo ordena. Como en el verso de Musset, digamos con arresto y con halago: ‘mi vaso es pequeño pero yo bebo en mi vaso’”.

    Atentamente,

    Luis Alberto Lacalle Herrera

    Ex Presidente de la República

    La despenalización del aborto (I)

    Sr. Director:

    Numerosas personas han controvertido mi criterio favorable a la despenalización del aborto y, como consecuencia, contrario a la prosecución del proceso de referéndum en curso. Siendo imposible hacerlo en cada caso particular, me permito ordenar mis afirmaciones y respuestas de un modo genérico, ofreciendo disculpas por la extensión.

    I. ¿Cómo se explica que todos los países occidentales —salvo contadísimas excepciones— han despenalizado el aborto? España lo autoriza hasta las 14 semanas de forma libre y ha establecido una red de clínicas habilitada para practicarlo. El Reino Unido lo hizo mucho antes (y hasta las 24 semanas), al punto de que era clásico en la época de Franco que las españolas que deseaban interrumpir su embarazo viajaran a Inglaterra (cuando podían hacerlo o, caso contrario, caían en una ominosa red de clandestinidad). Legislaciones parecidas hay en Alemania, Países Bajos, Francia desde la Ley Weill (12 semanas). En Estados Unidos el cambio vino desde la jurisprudencia. ¿Enloqueció nuestra civilización o, simplemente, ha seguido avanzando en el reconocimiento de los derechos de la mujer, aplastada y desconocida por siglos?

    II. En nuestro país no está en debate si el aborto es bueno o malo. Todos lo asumimos como una grieta, una fractura, de algún modo un fracaso transformado en drama. Nadie trata de ensalzarlo ni estimularlo. A la inversa, pensamos que desarrollar una sana y clara educación sexual e informar de los métodos anticonceptivos hoy disponibles permitirá que el fenómeno vaya desapareciendo en la sociedad. Desgraciadamente, todavía hay quienes —por razones religiosas— se resisten a esos métodos anticonceptivos y agitan aún tabúes sobre la sexualidad sin advertir, justamente, que con esos criterios solo están fomentando la práctica abortiva clandestina.

    III. El hecho social es que —pese a todas las prohibiciones, legales o religiosas— el aborto existe. Más allá de discutibles números, es notoria su difusión en el mundo entero. ¿Optamos por ignorarlo y abrimos así un amplio espacio a la clandestinidad? ¿Miramos para otro lado y no reconocemos que las mujeres menos informadas o más pobres, están condenadas a una asistencia deficiente y riesgosa? Este es el debate en juego: si vamos a penalizar, aun con la prisión, a la mujer que aborta. Estos días el dramático caso de El Salvador, donde Beatriz, entre la vida y la muerte, por consejo médico demandaba abortar un feto sin viabilidad y la ley se lo negaba de modo absoluto. Ese caso puso al mundo delante de los excesos a donde lleva la actitud dogmática.

    IV.El plazo de 12 semanas fijado para despenalizar la interrupción del embarazo se basa en un hecho científico, de poderosas consecuencias morales y jurídicas: ese embrión no tiene ninguna capacidad de vida autónoma. Es una vida en potencia, que depende absolutamente del cuerpo de su madre. En el mundo entero no se registra caso alguno de sobrevivencia de un embrión no ya de 12 semanas, sino aun de 20. Carece de un mínimo de existencia neurológica, que es el factor hoy considerado también para establecer la muerte. Todo plazo, por cierto, es convencional, pero en este caso la norma, con moderación, se asegura de partir de un hecho incontrovertible: no hay posibilidad de vida, en consecuencia no hay una persona autónoma, titular de derechos que puedan prevalecer sobre los de la madre a decidir sobre su maternidad, sobre su propio cuerpo y sobre su futuro personal, que puede quedar allí hipotecado para siempre.

    V. El ADN ciertamente contiene elementos de individualización genética que podrán estar mañana en una persona, pero ésta aún no existe. Del mismo modo, ese ADN recoge una genética histórica trasmitida por herencia, de modo que —si nos adentramos en él— hemos “nacido” hace siglos y pueden rastrearse decisivos factores de nuestra identidad biológica que nos vienen desde muy lejos. Para nada esa continuidad impone al derecho —civil y penal— el reconocimiento de una persona como titular; ni a la moral desconocerle a la mujer su derecho a la salud sexual y su voluntad materna.

    VI. La invocación reiterada al Pacto de San José de Costa Rica, que “en general” procura la protección de la vida humana desde su concepción, hoy es interpretada sin absolutismo y acepta excepciones. Por eso, a renglón seguido, reconoce la legítima defensa (que despenaliza el homicidio del agresor), del mismo modo que la jurisprudencia interamericana —como la europea— se ha negado a controvertir la legislación liberal en materia de aborto. Para nuestro derecho civil solo hay una persona cuando hay un nacimiento viable por 24 horas (arts. 216 inc.3, 835, 845 y 1.038 del Código). Es el mismo criterio de la Corte de Casación de Francia, que ha sido rotunda en la afirmación de que recién existe una persona cuando se ha producido el nacimiento y una primera respiración (sentencia del 25 de junio de 2003). En materia penal se asume un criterio aun más restrictivo, tal cual hemos visto.

    VII. En el plano moral, el debate también se inclina hacia la dirección más liberal. Para los moralistas protestantes en general solo hay persona desde el nacimiento, “umbral decisivo” de la vida. Para el rector de la Gran Mezquita de París es lo mismo en visión musulmana. Entre los católicos, si bien hay una actitud oficial condenatoria, existen opiniones discrepantes, como fue en nuestro medio la del Padre Pérez Aguirre. Si nos vamos hacia la teología, nos encontramos con que nada menos que Santo Tomás de Aquino estimaba que solo había una persona humana cuando el embrión había adquirido cierta madurez.

    VIII. Todas las opiniones que impugnamos desprecian el valor de persona de la mujer y su libre discernimiento. La mujer es considerada apenas como un instrumento de reproducción. Si quedó embarazada contra su deseo, ha de resignarse, aunque estime que no posee los elementos para una maternidad responsable. Nos cuesta a los hombres reconocer la angustia de esa madre, enfrentada a una opción muy dramática. Su naturaleza, su biología, le da la posibilidad de crear otra vida; su penuria económica, la condenación social, el encadenamiento de todo su futuro por un hecho que ocurrió impensadamente, le trasmiten dolor y no alegría. Las “circunstancias de la vida” pueden ser muchas, desde el fruto de una relación circunstancial —sin vínculo sentimental— hasta una violación o un incesto. Es la mujer quien tendrá que resolver su dilema existencial; la maternidad es algo demasiado elevado, individual y socialmente, como para que sea apenas un acto de resignación, una condena que hay que asumir sin alegría, sin amor ni voluntad.

    Dr. Julio María Sanguinetti

    Ex Presidente de la República

    La despenalización del aborto (II)

    Sr. Director:

    Se trata de vida. En general las mujeres embarazadas revelan una alegría interior. Se les nota en la mirada, en su disposición al diálogo ocasional —aun con desconocidos— y en la espontánea sonrisa. Se percibe que disfrutan saber que en su interior llevan un niño que día a día se está desarrollando. Y en la conversación con allegados comentan con buen humor: “Me está pateando…”.

    Esa alegría tiene su explicación. Allí se está desarrollando una vida, un ser humano. Esa vida no salió de la nada. Le fue trasmitida por la unión o conjunción de dos pequeñas células también llenas de vida: una, el óvulo, y otra, el espermatozoide.

    El resultado de esa unión es al principio una pequeña célula que a medida que va creciendo tomará distintos nombres (embrión, cigoto, feto) que posee el impulso vital de alimentarse y así desarrollarse para, a los pocos meses, hacer su aparición al mundo de los nacidos, con el género de mujer o de varón.

    Ya en el seno materno estamos, tal como lo confirma la ciencia ante una vida humana. Pero además —y sobre todo— es una persona, un “sujeto de derecho”, ya que tiene todas las potencialidades para crecer y nacer. Es decir, a continuar la naturaleza que tenía luego de concebido y que se prolonga con el nacimiento, la niñez y las etapas sucesivas de toda persona humana.

    El cuerpo de la madre le sirve de “hábitat” y de alimentación hasta el nacimiento, pero tiene su propia identidad, es decir, no integra el cuerpo de aquella y como persona que es, tiene sus propios derechos, entre ellos el inmediato derecho a nacer. Cuando es concebido pasa a ser una célula diferente a la de sus progenitores y ya está demostrado que tiene una información genética propia e intransferible contenida en su ADN que lo señala como único e irrepetible.

    La naturaleza de ese proceso de gestación y nacimiento si bien tiene como actores principalísimos a los padres del concebido requiere el trabajo y la activa diligencia de la sociedad, a la cual ya pertenece ese ser. En primer lugar asegurando la estabilidad psíquica, moral y económica de la madre y su salud durante el embarazo. Y luego de producido el parto, apoyando y tutelando la familia, principal valor de toda sociedad civilizada.

    Por favor, no hablemos de muertes, no hablemos de abortos, que nadie quiere. Hablemos de vida. Hablemos de pediatría, de neonatología, de juventud. Hablemos y construyamos una sociedad solidaria, donde ninguna mujer embarazada se sienta sola.

    Esa es la propuesta de nuestra Constitución que dispone proteger la vida y la maternidad (art. 42), la familia (art. 40), cuidar los hijos, apoyar a los que tienen numerosa prole (art. 41) y asistir a los carentes de recursos suficientes (art. 44). Y a esos efectos declara que todas las personas (aun las que están en gestación) son iguales ante la ley (art. 8). Para que no quede duda, aclara que no queda excluido ningún derecho inherente a la personalidad humana (art. 72). Comentando esta última expresión, Jiménez de Aréchaga expresa: ”No se puede decir que el hombre posee derechos inherentes a su personalidad, sin admitir que, por encima del orden jurídico positivo, existe un orden jurídico natural”.

    En igual sentido, la Convención Americana de Derechos Humanos de 1949 (Pacto de San José de Costa Rica), ratificada por Uruguay en 1985, en su Preámbulo, párrafo segundo, reconoce que los derechos esenciales del hombre “tienen como fundamento los atributos de la persona humana” lo que justifica su protección internacional y en su artículo 4 establece: “Toda persona tiene derecho a que se respete su vida. Este derecho estará protegido por ley y, en general, a partir del momento de la concepción. Nadie puede ser privado de la vida arbitrariamente”.

    A su vez, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 en su primer Considerando reconoce “la dignidad intrínseca” de los derechos iguales e inalienables de “todos los miembros de la familia humana”. Y vaya si lo son los que están en el seno materno.

    A mayor abundamiento, los Pactos Internacionales de 1966 sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales y de Derechos Civiles y Políticos, ambos en sus Preámbulos, expresan el “reconocimiento de la dignidad inherente a todos los miembros de la familia humana y de sus derechos iguales e inalienables”.

    Se trata de algo trascendente: proteger y respetar la vida humana.

    Francisco José Ottonelli

    CI 586.289

    La despenalización del aborto (III)

    Sr. Director:

    Algunas precisiones sobre el aborto. En Argentina, el secuestro y violación de una mujer que queda embarazada, quiere abortar y los ultracatólicos se lo impiden, exige una reflexión reposada y sin prejuicios. En la católica Irlanda muere una mujer a la que se le negó el aborto. En El Salvador, los fundamentalistas católicos niegan el derecho al aborto a una madre cuyo feto no tiene cerebro. El arzobispo de la capital teme que una actitud permisiva abra “la puerta” para legalizar el aborto en el país. Marcela Lagarde, antropóloga mexicana, dice que en México el Vaticano ha dañado más a la mujer que el narco. Uruguay aprueba la ley del aborto y los obispos impulsan la recogida de firmas para intentar abolirla. En España, el gobierno de Rajoy —presionado por la Iglesia— prepara una ley del aborto más restrictiva.

    Como siempre, se incurre en la falsa dicotomía abortistas/antiabortistas. No es cierto que el debate sea sobre el aborto: es sobre la ley. En Argentina hay 500.000 abortos al año, casi el 40% de los embarazos totales. En Uruguay se calculaba que podían llegar a 33.000, pero con la nueva ley del aborto es posible que se hayan reducido a 4.000. Leonel Briozzo —subsecretario de Salud Pública— afirmó que “estas leyes lo que hacen es disminuir la cantidad de abortos”.

    Eso no importa a los que apoyan una ley que lo prohíbe. La Iglesia quisiera que algunos pecados fueran tipificados como delitos. Eso no es posible. Y lo sabía Santo Tomás de Aquino. Aristóteles distinguía lo que es en potencia y lo que es en acto: el feto sería un bebé en potencia, no en acto. San Agustín se preguntaba en qué momento insuflaba Dios el espíritu en el feto. El padre Joseph Donceel dice que el embrión no es una persona en las primeras etapas del embarazo, y no es inmoral interrumpir el embarazo. Karl Rahner se pronunció a favor de la teoría de una hominización tardía: escribió que no es contrario a la fe afirmar que la evolución hacia persona es gradual, y ocurre durante el desarrollo del embrión. El teólogo Bernard Haring coincide con él.

    A la teoría de la hominización inmediata, la teología opuso la teoría de la hominización gradual, en la línea de Santo Tomás: un embrión (o un feto inmaduro) no es todavía un ser humano. Y la sociedad que admite la despenalización del aborto no hace sino acogerse a una de las tradiciones católicas. Mujeres, sacerdotes y teólogos —los de la Asociación Juan XXIII— son partidarios de flexibilizar la postura. En Estados Unidos el 58% de los católicos apoya la despenalización del aborto. Y las españolas, argentinas y uruguayas que abortan son católicas, no musulmanas ni budistas. Digámoslo alto y claro: no hay una única posición católica sobre el aborto. En la Iglesia hay pluralismo, aunque el Vaticano no lo refleje. Hay una postura tolerante y comprensiva, y otra, intolerante, que es la de los fundamentalistas.

    Vargas Llosa escribe: la falacia mayor de los argumentos antiabortistas es que se esgrimen como si el aborto no existiera y sólo fuera a existir a partir del momento en que la ley lo apruebe. Confunden despenalización con incitación o promoción del aborto y, por eso, lucen esa excelente buena conciencia de defensores del derecho a la vida.

    A los que defienden al nasciturus no les inquieta que haya discretas clínicas abortistas: nadie las cierra. Y es que la cosa no va del aborto: sólo de la ley. ¿Entonces? La religión, a su labor pastoral. Y las mujeres católicas sabrán a qué atenerse. Lo inadmisible es que la religión pretenda situarse por encima del Parlamento. Hay algo de hipocresía cuando se decide impedir algo, a sabiendas de que la prohibición es irreal: se ejecuta sobre el mapa (leyes), no sobre el territorio (realidad). Conclusión: el aborto se seguirá practicando. Con ley permisiva o sin ella. Y las condiciones en las que se realice no son objeto de la preocupación de los prelados, que —por cierto— del mundo de la mujer, de sus problemas, de sus angustias, nada saben. Concluyamos: para unos, la mujer que aborta delinque —es merecedora de pena de cárcel— y para otros ejerce un derecho. El autor de este artículo no arrojaría piedras sobre la mujer que se ve obligada a abortar. No la condenaría. La arroparía y la ayudaría a salir adelante.

    Javier del Rey Morató

    Profesor de la Universidad Complutense de Madrid

    Investigador de la Fundación Ortega y

    Gasset de Madrid y de Buenos Aires

    Madrid (España)

    La despenalización del aborto (IV)

    Sr. Director:

    ¿Por qué solo es dable pensar, para voces que quizá representen sectores importantes de la sociedad, la opinión de que el aborto es un hecho contrario a la vida?

    Se trata la ley popularmente conocida como de “despenalización del aborto”, que está en el aire, junto a un posible referéndum, y se encienden voces encendidas que, entre sofismas y falacias, dicen sostener la antorcha de la vida, la antorcha que defiende la vida. 

    Es una retórica bastante poco persuasiva, más allá de su escudo humanista y religioso.

    Una mujer sea indigente o no, forzada por contingencias diversas, porque no midió a dónde la llevaba la fuerza de su deseo (o de su erotismo apasionado: pensemos en una mujer joven, por ahora), queda embarazada, a pesar de su deseo de no quedarlo. Sin embargo ella tendrá como solución, ante la desesperación de variada índole (económica, “nerviosa”, u otra) que la afecta, pensar en “hacerse un aborto”.

    Esto, como decíamos, ante ese estado de “fuera de sí” que la asaltó, porque la represión no pudo con las ganas sexuales que la dominaban, y el todo desembocó en que la joven quedara embarazada. Pero también puede ser una mujer en el otro extremo de su vida sexual quien se embarazó en circunstancias parecidas, y en forma parecida, también piensa que no quisiera proseguir con ese estado.

    Hace muchos años (y pienso que esto no ha perdido estricta actualidad) era vulgarmente conocido, en estos contextos, el acudir a una comadrona que en el “mejor de los casos” ponía el tallo de una laminaria, de origen vegetal en el orificio externo del cuello uterino que al embeberse de humedad, aumentaba su tamaño varias veces.

    Ese cuerpo extraño dilataba el conducto uterino y se iniciaba el “trabajo de aborto”, con la previsible expulsión del huevo fecundado, entremezclado con dolores y sangre.

    A veces, en lugar de una laminaria —que era algo más científico, hasta más sofisticado— se acudía a un tallo de otro vegetal ¡o hasta a una aguja de tejer!

    La mujer, ora joven, ora mayor, empezaba a sangrar y acudía a la Emergencia del Hospital Pereyra Rosell, y ahí se le completaba el aborto (legrado terapéutico que completaba, lo que se había iniciado en clandestinas y peligrosas circunstancias, a saber: la falta de higiene, de asepsia, de antisepsia; esto es: ausencia de cuidados básicos mínimos).

    La intervención de los ginecólogos de guardia, si intervenían a tiempo, determinaban que se salvaba una vida, pero dependía del estado en que llegaba “a puerta” la mujer que se había hecho el aborto.

    Porque también acudían mujeres con serias complicaciones por haber sido hechas las maniobras abortivas en circunstancias salvajes, en lugares no aptos para realizar operaciones, sedicentes lugares quirúrgicos (a veces un apartamento), donde se había actuado con ausencia de los cuidados referidos. Habría que sumar otras eventualidades: maniobras “quirúrgicas” que terminaban en perforaciones de útero y la mujer que abortó podía venir a la urgencia, con anemia por hemorragia, fiebre alta por infección o con un cuadro quirúrgico más grave: lesiones uterinas o intestinales. Todos ellos configuraban cuadros dramáticos que podían terminar con una vida.

    El lecho de la miseria es fecundo, como ha sido dicho, pero no es fecundo en el sentido de medidas que atenúen la ignorancia, lo que implica saber algo más del propio cuerpo, del cuidado del propio cuerpo. Estamos, aunque no siempre, en el dominio de la pobreza y de la ignorancia, aunque también en el campo de la riqueza puede haber ignorancia.

    Voces resurgentes, que no quiero personalizar, han vuelto a emprenderla contra la ley que intenta poner un poco de orden y de mejores recursos para que la ignorancia no incurra en prácticas bárbaras como las reseñadas y se pierdan (o queden mutiladas) vidas jóvenes.

    El ser humano alberga en su ser vida y muerte. Nuestro cuerpo desprende partes de sí, día a día, hora a hora, mes a mes, año a año.

    La menstruación arrastra con la caída de la capa del interior del útero, mensualmente, un huevo no fecundado, que se habrá de perder. (¿Es homicida la naturaleza?). El semen de cada polución que cada joven tenga en una eyaculación implica la pérdida de millones de espermatozoides. (¿Es homicida la naturaleza?). En el adentramiento de la vida, los millones de neuronas con las que nacimos dotados, muchas de ellas, mueren. (¿Es homicida la naturaleza?). Nuestras excretas (heces, orinas, otros líquidos) tramitan pérdidas de nuestro ser corporal. (¿Es homicida la naturaleza?).

    Esa dialéctica de vida y muerte es connatural a nuestra vida de seres humanos.

    Es adecuado a razón suscribir que no es un arrasamiento de una vida, de la vida, que una mujer tenga derecho a decir que sí o decir que no a continuar con un embarazo.

    Es más: es adecuado a razón suscribir que una mujer decida o no, quiera o no, tener hijos, quiera o no pasar por la experiencia de la maternidad.

    En este caso el médico ayuda no solo a la naturaleza; propende a la cultura, disminuye la ignorancia, mejora el tejido social, atenúa un estado de desesperación personal.

    La sociedad, la naturaleza, instauran (por no decir imponen) una posibilidad que implica limitación (o restricción de libertad). Esa atrofia cultural-social, que se impone a una mujer que querrá o no sostener esa experiencia de libertad/no libertad; felicidad/infelicidad, que sobreentiende la maternidad puede abordarse desde lo social.

    Y es de sostener que sea la libertad en toda su extensión imaginable quien dirima esa cuestión del modo que la mujer se lo plantee y lo resuelva, según ella lo piense y según ella lo decida.

    La truculencia falaciosa de que un aborto es el asesinato de un ser es una afirmación “humanista, religiosa”, que ignora lo que es la experiencia vital de un ser humano, la complejidad de su cuerpo, la experiencia espiritual que implica ir (o no) contra las fuerzas más íntimas en el núcleo de su ser, optando por la conservación o no de un estado grávido a proseguir.

    En el siglo XIX, los hechos se presentaban así ante estas cuestiones: se acudía a coitus interruptus (eyacular afuera), o al uso de condones hechos de materiales muy toscos. Las enfermedades venéreas de la época esterilizaron miles y miles de hombres y mujeres. Luego, a mediados del siglo XX, los avances de la ciencia con los antibióticos, los anticonceptivos y los dispositivos intrauterinos trajeron una revolución sexual, a todas luces beneficiosa.

    ¿Quién puede alegar que prevenir un embarazo sea homologado a matar?

    Sin embargo fueron (y son) argumentos que hasta hoy, falaciosamente, también se siguieron tozuda, macarrónica, religiosa, “humanísiticamente”, machacando con ellos.

    Hasta sectores de izquierda sostuvieron en “illo tempore” que acudir a soluciones llamadas de planificación familiar con el establecimiento de dispositivos intrauterinos, era “matar el guerrillero en el útero”.

    Los extremos se juntan, ha sido dicho.

    Juan Carlos Capo