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    Cartas al Director (I)

    Inseguridad (I)

    Sr. Director:

    ¿¿Qué estamos esperando?? Ayer fue un muchacho trabajador de 22 años asesinado —todo indica— por un menor ¡de 11 años!

    Hace unos días otro trabajador asesinado para robarle un celular; otro día fue un guardia de seguridad (lo mataron gratuitamente) y así sigue la trágica historia diaria de lo que está ocurriendo en nuestras calles.

    ¿Tenemos que seguir asistiendo impávidos frente a una epidemia de violencia y muerte que está ganando las calles?

    Este comentario está lejos de tener un propósito político partidario, pero no podemos callarnos por las dudas que se interprete que el móvil del mismo apunta en esa dirección.

    No podríamos ser tan miserables de especular con el dolor y la angustia de quienes han sufrido un desgarramiento familiar que los signa toda la vida.

    ¿Pero qué estan haciendo los que tienen que hacer?

    ¿Cuántas muertes más se necesitan? ¿Cuántos parapléjicos más se necesitan? ¿Cuántos traumas psicológicos más necesitan los que tienen que votar leyes que representen un escarmiento para quienes nada valoran?

    Pedir firmeza y, por qué no, dureza, ¿se le podrá calificar de iniciativas fascistas?

    ¿Es que el dolor de los que quedan se puede cuantificar ideológicamente? ¡Por favor!

    ¿Quién está contemplando los derechos humanos de la inmensa mayoría de los ciudadanos?

    ¿Será que rebajando las penas, incentivando las salidas transitorias y entregando a los padres a menores delincuentes que han demostrado ser incapaces de contener a sus hijos delincuentes, contemplaremos los derechos humanos de aquellos?

    ¿Para dónde va nuestra sociedad?

    Estimo que es el momento en que todos debemos pedir se legisle de manera tal que se transmita a los delincuentes que el crimen no paga y que si delinquen asesinando, rapiñando, copando o violando, les esperarán muchos, pero muchos años de cárcel.

    Entre ser contemplativo con los delincuentes y defender la vida de los ciudadanos, no dudo en escoger esta última opción.

    Guillermo Stirling

    Ex Ministro del Interior

    Inseguridad (II)

    Sr. Director:

    El Uruguay actual. Pasado el episodio de “El Correo” de Pocitos, el cual es tan solo uno de los tantos miles que seguirán pasando y seguramente el próximo sea peor y con altas chances de estar involucrado usted, yo o algún vecino, he leído cómo la gente pide: la renuncia del ministro Bonomi, sacar los militares a la calle, más y mejor Policía (acaso un policía dejó su vida, ¿no es lo que queremos?), paros, manifestaciones y hasta revoluciones. Está bien, uno es libre de expresarse con coherencia, pero las redes sociales son peligrosas y llenas de vacío intelectual.

    Que hay un problema grave es algo cierto y los números hablan: casi 100.000 hurtos al año, casi 18.000 rapiñas y poco menos de 300 homicidios.

    ¿Por qué llegamos a todo esto? El peor robo no son los cien mil hurtos anuales, sino el de la pérdida de muchos valores que van desde mucho más abajo.

    Todo comienza por la educación. Se maneja el presupuesto más alto de la historia y la situación es preocupante: abandonos, escuelas que se caen a pedazos, ni una escuela nueva, ni un liceo nuevo. Esto además causa que los precios en un colegio privado sean precios prohibitivos, pero es casi la única opción.

    30.000 jóvenes están fuera de todo tipo de aula y estudios. ¿Entonces qué hacen? Los podemos vincular o introducir al deporte como salida, pero no, no hay políticas que lleven o motiven a estos. Ya ni siquiera hay plazas de deportes como lo hubo 60 años atrás. Las únicas que he visto son las que gestionó la Fundación Celeste. Entonces alguien pide la renuncia del ministro Ehrlich y también de la ministra Kechichian.

    Cualquier persona que hoy invierta o se le ocurra emprender en un negocio cualquiera, sufre y debe luchar con el Estado (socio en el 50%), con el BPS y con la DGI, que en vez de darle una mano para generar empleo la hunden y le sacan cada vez más. Seguros impagables de autos y locales, con un mercado pequeño, con sueldos y empleados problemáticos porque los gremios y las políticas sociales son nefastas que premian a los vagos, delincuentes (‘los vivos’), les permiten cobrar beneficios a cambio de nada y, además, lo pueden gastar en vino, drogas y celulares y nadie les dice nada porque no rinden cuentas. Entonces, no quieren trabajar.

    Como no quieren trabajar ni cumplir horarios no tienen hábitos de respeto, de compañerismo, de responsabilidad, de amistad, de desarrollo como persona y la misma alma, mente y cuerpo. ¡Entonces estamos liquidados! Y ahí se empieza a perder todo. Pero leí por ahí que al gobierno le sirve, porque son sus votos.

    Entonces también se tienen que ir el ministro Brenta y el señor ministro Lorenzo

    No hay estudio, no hay trabajo, no hay deporte, prefieren la fácil y la delincuencia, y de ahí no salen más. Porque si entran a las cárceles salen peor, entran delincuentes y salen más delincuentes, la rehabilitación es invisible.

    El adolescente de 17 años que mató al policía de El Correo es padre de un pequeño niño, vive en el Cerrito de la Victoria, es un “viejo conocido” de la Justicia de Menores, según dijeron operadores judiciales (cita de “El País”).

    Uno lee estos datos y de ese entorno, ¿cómo salen? ¿Cómo los sacamos? ¿Y el hijo? Complicada respuesta.

    Mientras el gobierno siga mirando atrás, echando culpas a la dictadura, a gobiernos blancos y colorados, a la crisis del 2002, al capitalismo, a los oligarcas de Carrasco y los chetos de Pocitos, al socialismo, al fascismo, pasando cuentas de tupas a “emepepistas” y de socialistas a demócratas cristianos y banalidades sin sentidos, seguiremos en caída libre, de mal en peor y rumbo a un país chato, triste, sin alma.

    Los problemas no son ni la “marihuana sí o no”, ni el “aborto sí o no”. Son muchos más básicos y antiguos.

    El gobierno sigue soñando con los cambios, quedaron paralizados en noviembre del 2004, con viento de cola y una billetera llena, planeando cómo cambiar todo lo malo que han hecho desde 1825 para convertirse en ¿el Uruguay actual? Sin darse cuenta de que pasaron 10 años y estamos cerca de perderlo todo.

    Juan Eduardo Ulloa

    CI 3.167.145-0

    Inseguridad (III)

    Sr. Director:

    Para el ministro Bonomi. Cuando un equipo pierde todos los partidos uno tras otro, ya descendió de divisional y está por volver a descender, ¿no será tiempo de que su director técnico renuncie?

    Sr. Bonomi: está claro que el presidente no le pedirá la renuncia. ¿No debería Ud. tomar la iniciativa?

    Es muy injusto con sus compatriotas que por cálculos políticos o por lo que sea y más allá de esfuerzos que no estoy en condiciones de cuestionar, no nos conceda la oportunidad de que otra persona intente lo que Ud. no puede lograr.

    Esto es demasiado grave para hacer política; se trata de frenar y corregir el desastre y no derramar más sangre inocente antes de terminar aceptando la realidad.

    Gonzalo Palma

    CI 1.094.054-7

    Tren a vapor a Peñarol

    Ante las declaraciones destructivas y ofensivas, vertidas por el Sr. Rodolfo Fontela en las ediciones del Semanario Búsqueda de fechas 17 y 24 de julio, las cuales atacan el honor y profesionalidad de nuestros funcionarios, así como el agravio a nuestra empresa, el Directorio resuelve mantener y respaldar a los jerarcas ofendidos en razón de haber actuado éstos, dentro del marco legal y ético, cumpliendo, con honestidad y responsabilidad en sus cometidos funcionales. El presente comunicado es sin perjuicio de anotar que AFE no entrará en provocaciones con particulares o representantes de intereses privados, que la atacan y critican en su pretensión de resolver sus propios problemas abusando de los beneficios obtenidos de los organismos públicos a los cuales posteriormente critican.

    Departamento de Prensa y

    Relaciones Públicas de A.F.E.

    La Estación Peñarol (I)

    Sr. Director:

    Haciendo uso del derecho a réplica es de mi interés aclarar algunos puntos en los que se me menciona en una carta a Ud. dirigida por un anónimo “Amigo de la Estación Peñarol”, publicada el 2 de agosto de 2013.

    En la misma se menciona que quien suscribe autorizó y supervisó la recolocación de los silbatos del Taller Peñarol, lo cual no es cierto. Quienes estuvieron el frente de ese proyecto (por llamarlo de alguna forma) fueron el presidente y gerente general de AFE de aquel entonces, Sr. León Lev e Ing. Héctor Irisity respectivamente, en trato directo con el Sr. Manuel Esmoris (otros datos como función, en representación de qué organización, etc., desconozco, pero sí muy conocido en el barrio Peñarol). Y no solo se autorizó la modificación de este elemento histórico; también se retiraron materiales históricos que supuestamente se exponen en un museo ubicado contiguo a la Estación Peñarol.

    Respecto a mi participación en alguna red social, fue para aportar sobre el silbato original de los Talleres Peñarol, que nada tiene que con ver los actualmente colocados.

    Saluda,

    Ing. Fernando Silveira

    Gerente Material Rodante

    (No anónimo)

    La Estación Peñarol (II)

    Sr. Director:

    Ante Ud. y los lectores me presento: soy Regina Barrozo, oficial mecánico del taller general de la Gerencia de Material Rodante de AFE.

    Me dirijo hacia Uds. para dar mi derecho a réplica. El día 1/08/2013, en la página 47 de dicho semanario, hubo una carta publicada en la cual me nombra y siento afectada mi reputación. Por lo que he leído en la nota, socavó al Directorio de la empresa en donde desempeño tareas hace 7 años y 5 meses, calificándome a su vez de ignorante.

    No me parece muy serio de esta persona firmar bajo un seudónimo cuando pretende dar nombre y apellido de una funcionaria.

    Releo nuevamente su carta y noto que deja entrever rencor —no del todo censurable— pero lo está haciendo con la persona equivocada.

    Desde el año 2009 soy coordinadora de jornadas patrimoniales que se realizan en el predio del taller general, dentro de los talleres Peñarol.

    Al otorgarme mis superiores tal función, debo decir que fue por mérito propio. Luego de 120 años de fundados los Talleres, soy la única representante de mi género en haber pasado de ser becaria a competir por 1 de 25 puestos a cubrir en todo el territorio nacional de mecánicos en general. Esto lo he logrado a través de trabajo, esfuerzo, perseverancia, ayuda y apoyo familiar.

    A través de la coordinación y responsabilidad como tal, mi función es mantener al tanto a mis superiores de lo acontecido en el predio, personal a cargo, horarios, planillas adjuntas, material a exhibir, etc.

    Debo decir que informaron equivocadamente los guías de la Intendencia; apuesto a que se informe, claro, pero con el propio funcionario de AFE, pues creo en su idoneidad para desempeñar dicha tarea. Puntualmente, cuando entraban a las instalaciones y decían “…Bienvenidos a la fábrica…”, incurrían en un error. Es un taller; su funcionamiento está destinado a reparación baja, media o pesada y mantenimiento de vagones; aún se elaboran algunas piezas, la mayor parte son importadas.

    Habiendo expresado esto, me surgen las siguientes dudas:

    ¿De verdad cree este señor que alguien ignorante como yo posee tanta influencia en el Directorio de una empresa pública? En lógica se explicaría como absurdo.

    ¿Hay algún interés socio-político que se sienta afectado y señala a ciudadanos para resaltar algún objetivo en mente?

    ¿Desde qué peldaño emite juicios de valor este ser humano, para creer que ningún obrero del taller puede explicar la reacción del agua hervida y sometida a diferentes presiones?

    Mi simple petición es que cuando un adulto escribe lo que le parece, debe hacerse cargo de sus palabras. Lo más cortés en este caso es que la firme con su nombre y apellido. Así puedo saber de quién viene el descargo y su porqué.

    Muchas gracias por publicar mis pensamientos; esperando que se pueda aclarar un poco quiénes somos y hacia dónde apuntamos.

    Saluda a Ud. atte.,

    Regina Barrozo

    40 años del golpe de Estado

    Sr. Director:

    Solicito que su semanario publique la respuesta a esta carta que nuevamente me alude.

    Iván Altesor

    Compañero Iguini: efectivamente no nos conocemos personalmente, aunque seguramente nos hemos visto en varias ocasiones antes de 1973. Vuelvo a sostener, sin equivocación posible, que Alberto Altesor fue durante la huelga general el encargado de la fracción sindical del PCU. Lo sé porque él me lo dijo y jamás dudé de su palabra. Desconozco las circunstancias concretas que determinaron que la dirección más estrecha del partido le asignara una responsabilidad que no ejercía antes del golpe de Estado. No tengo conocimiento si la fracción sindical del PCU a la que usted también pertenecía se reunía en esas circunstancias. Pero me pregunto, ¿qué sentido podría tener que mi padre mintiera sobre ese hecho? Hecho que, según veo, usted no conocía. En entrevista con el periodista Sergio Israel dice usted que pese a haber integrado el comando de la huelga y la sección sindical del PCU “no recuerda que haya ocurrido lo que afirma Altesor”. En este sentido me extraña su afirmación categórica. En esa situación tan difícil, cuando existieron movimientos de cuadros, reajustes y adecuaciones a la nueva situación, ¿le sigue pareciendo un “disparate” que la dirección del Partido hubiera dedicado a un miembro del Comité Ejecutivo para esa responsabilidad? A mí no porque sé que así ocurrió y no puedo alterar mi testimonio.

    Es también cierto que el Partido entonces, además de enfrentar con todas las fuerzas el golpe de Estado, buscó abrir salidas. Y usted, compañero Iguini lo sabe. ¿Fue un error? Puede que sí, pero no fue una traición. En ese sentido el PCU no trató de ser “simpático a los militares” sino que, como dice textualmente mi testimonio, la medida de suspender la huelga en el transporte público municipal “pretendía ser un gesto de ‘buena voluntad’ del movimiento sindical y del Partido en la búsqueda de un diálogo con sectores de las FFAA para encontrar una salida positiva a la coyuntura”. Y mi padre fue el encargado de transmitir esa indicación que recibió personalmente del secretario general en una reunión que, para ser más preciso, se celebró en un departamento sito en la calle Médanos entre Mercedes y Colonia. Esos son los hechos. El resto es interpretación.

    Según su opinión mi testimonio es “un intento de introducir sombras a una huelga ejemplar”, así como una mentira  malintencionada “que se le hace en primer lugar al movimiento sindical y a sus dirigentes, al presentarlos como simples subordinados a las decisiones de un dirigente político ajeno a los trabajadores, y en segundo lugar al propio Arismendi”. Entiende también que es un cuestionamiento a la “independencia de clase de los trabajadores.” Está equivocado, compañero, o mal informado. Indudablemente usted no escuchó ni leyó el testimonio que ofrecí en un coloquio organizado por varias instituciones académicas mexicanas con motivo del 40º aniversario de los golpes de Estado de Uruguay y Chile. Expresé entonces el valor fundamental de la huelga general y su capacidad para lograr que la dictadura cívico militar uruguaya naciera con una base social extraordinariamente débil. Dije también que esa capacidad devenía de una acumulación de experiencias y fuerzas de muchos años que coagularon en ese momento concreto. Da la impresión de que usted me responde conociendo solo aspectos parciales de mi testimonio.

    Debo, en primer lugar, puntualizarle que nunca entendí ni entendimos que los dirigentes del Partido fueran “ajenos” a los trabajadores. No lo era usted, no lo era mi padre, ni tampoco Arismendi. Usted insiste en considerar mis dichos una ofensa al movimiento sindical. Mi testimonio no tiene como fin ofender a nadie y menos aún a ese movimiento. Tampoco cuestiona su independencia y autonomía de los partidos y el Estado. No tengo la menor duda que la indicación que transmitió mi padre circuló por las instancias sindicales correspondientes. No fue una imposición sino una medida aplicada y consensuada en un sindicato dirigido mayoritariamente por el Partido. 

    Dice usted que “jamás tuvimos conocimiento de gestión alguna de la naturaleza que se menciona, ni en el transcurso de la huelga ni después, hasta hoy”. Yo no puedo creer eso. Puedo aceptar que no todos los integrantes de la dirección sindical conocieran todas las “gestiones” que se realizaban. Pero usted debió haber tenido conocimiento de algunas. Me da la impresión de que la negativa a reconocerlas proviene de una confusión. Aparentemente las considera erróneas y susceptibles de ser confundidas con “pactos” oprobiosos. Me veo obligado a repetirle lo que expresé en mi carta anterior: “La búsqueda de salidas democráticas y populares a la coyuntura que intentó el PCU y otros sectores de la izquierda nacional no pueden ser equiparadas de ninguna manera a las turbias negociaciones que, como las del Batallón Florida, mantuvieron otros sectores cuyas consecuencias todavía sufre el movimiento popular uruguayo”. En la lucha política se juegan cartas de manera obligatoria. Lo hacíamos desde la posición de fuerza que nos daba la huelga general, en el interés del país y de la democracia uruguaya. ¿Acierto o error? Lo remito a mi carta anterior para no ser reiterativo. Y le recuerdo que, en todo caso, estamos analizando los temas desde el presente.

    Dice usted que “lo concreto y real es que la huelga…fue dirigida por los dirigentes que habían elegido los trabajadores de los distintos gremios”. Esto es por demás evidente. Tanto como que esos dirigentes eran mayoritariamente comunistas, como usted compañero. Porque los trabajadores preferían direcciones comunistas, por sus méritos, su dedicación a la defensa de los intereses de clase, por su efectividad y experiencia. Otros sectores de la izquierda nacional también estaban representados. Y el PCU, como cualquiera de las organizaciones de izquierda, tenía, como no podía ser de otra manera, una política sindical y una fracción sindical que la aplicaba y que usted integraba, según expresa en su carta.

    Personalmente me tiene sin cuidado lo que haya dicho la dictadura o sus lacayos sobre esa resistencia ejemplar que dio el movimiento sindical uruguayo a la violación de la institucionalidad y a la conculcación de las libertades públicas. Para ello asesinaron, secuestraron, torturaron y sometieron a prisión a miles de uruguayos. Son criminales y su palabra no merece respeto ni credibilidad. Pero no comparto que por temor a sus dichos debamos sustraer o negar hechos que todos conocemos. Aquellos que reitero deben formar parte del conjunto fáctico que una vez analizado debe integrarse al legado histórico.

    Insisto una vez más en torno a la veracidad de mi testimonio. Niego su carácter mal intencionado ya para criticar la conducción de la huelga y menos aún permito que se me asigne el deseo de minusvalorar al movimiento sindical uruguayo, su heroicidad y capacidad de resistencia. Afirmo una vez más que lo ofrecí desde mi punto de observación, como siempre se hace. Otros, como usted, podrán aportar experiencias más ricas, matizadas y vívidas. Así, con luces y sombras, se construyen los legados y se reflexiona sobre el pasado. Jamás con ocultamientos y negativas.

    Iván Altesor

    CI 911.221-2