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    Cartas al Director (II)

    Liberalismo y libertad de prensa

    Sr. Director:

    Ante notas aparecidas en vuestro semanario me permito hacer las siguientes reflexiones.

    No es concebible el liberalismo sin absoluta libertad de prensa.

    El liberal, al igual que el anarquista, odia el poder institucionalizado sobre el individuo, sea de la organización política, sea de la sociedad civil (los “ricos”).

    El anarquista cree que la igualdad y la libertad se pueden lograr de un día para el otro (con métodos que no vale la pena reseñar acá). El liberal sabe que la libertad e igualdad para todos los hombres cuesta años conseguirla y por eso prefiere controlar con medidas prácticas a los eventuales poderes que utilicen su situación heredada de privilegios para empobrecer a la “gente común”, y concentrar poder y riquezas.

    Por eso, en política, los liberales desde hace doscientos años o más propugnan la absoluta separación de poderes en la “organización política” (el “Estado”) y advierten contra la formación de “facciones” o “partidos políticos” que, siguiendo los intereses de sus integrantes, se olviden de los intereses populares y advierten contra la reelección permanente en cargos representativos del Poder Ejecutivo o del Legislativo de los mismos integrantes o sus parientes.

    También advierten contra el peligro de la “intervención” de la política en el “Poder Judicial”, lo cual formaría “jueces arbitrarios”.

    Advierten contra los monopolios, el “capitalismo prebendario”, los “bancos centrales” y la “emisión de moneda sin respaldo”. Creen que un Poder Judicial fuerte puede evitar estos males de concentración de capital (hoy en el mundo algo parece estar fallando en algún punto del “programa liberal”, pero ese es otro tema).

    Pero si todo eso falla, creen en algo más importante aún: la libertad absoluta de protestar de cada individuo, la “libertad de palabra”, la absoluta “libertad de prensa”.

    Por supuesto que los liberales no son tontos y siempre supieron que el que tuviera dinero podía comprar una “imprenta”. Saben que dueños de los medios de comunicación son los “ricos”. Saben que los “ricos” persiguen sus ganancias y por lo tanto van a vender publicidad en los “medios” y publicar lo que se vende entre el “pueblo común”, concepto que el liberal nunca desprecia. Piensen la importancia y el respeto que el liberal le debe al “pueblo común”. Si algún rey, político, profesor, sindicalista, cura, juez o “rico” se olvida que es “pueblo común”, ¡qué equivocado está! A todos nos gusta la “prensa amarilla”.

    El liberal sabe (el anarquista también, el marxista no) que para equilibrar el poder se debe enfrentar siempre a los “políticos” con los “ricos”; sabe que los “ricos” dueños de la prensa deben contratar periodistas de clase media para vender sus periódicos y que les den ganancias. Los ricos “olfatean” el dinero y saben que deben dejar independencia a los periodistas talentosos si lo quieren ganar.

    Un periodista talentoso conoce que si los dueños de un medio de prensa no lo dejan en libertad de decir lo que quiere, se emplea en otro o denuncia al dueño del medio.

    De todas maneras, los liberales no son tontos. Los de Uruguay saben que hoy existen algunos problemas en ese punto. ¿Existen periodistas de investigación hoy? ¿No son algunos periodistas demasiado obsecuentes con los políticos de todos los partidos?

    Pero, ¿qué puede hacer el liberal? Agravar el problema, creando una ley que le dé injerencia al Estado en el control de la prensa. Con toda la influencia que hoy tienen los políticos, los policías y los sindicatos sobre la mayoría de la prensa uruguaya, que pueden formar la “opinión pública”, ¿lo van a agravar permitiendo crear una “ley de prensa” con las características de la ley propuesta, muy bien reseñada en las editoriales de Búsqueda?

    Estoy seguro de que los liberales me entienden. Amigos anarquistas, no se dejen engañar por sus enemigos de siempre, los que siempre los traicionaron (saben a quienes me refiero). El combate a la “plutocracia” y la “cleptocracia” se hace con más liberalismo político (que hoy no existe en Uruguay), no con menos. Y no confundan “democracia formal” (el peor de todos los sistemas políticos menos todos los demás, según Churchill) con “liberalismo”.

    Amigos políticos, “ricos” del Uruguay de hoy y “clases medias altas” (las “clases medias” ya son pobres en Uruguay, y no vengan con estadísticas de contadores), no sean ciegos, tengan cuidado; no pueden mantener sus privilegios basados en la miseria y el engaño del “pueblo común”. Ustedes lo son también y si quitan libertades vendrá la violencia de los “marginados” y la abandonada clase media dirá: es su problema, resuélvanlo Ustedes. Sin libertad solo queda la violencia, el “estado de naturaleza”.

    Dr. Washington Balliva

    La responsabilidad en la democracia

    Sr. Director:

    Es la hora de nuestra responsabilidad. Si leemos y comprendemos la historia de la humanidad, nos daremos cuenta del porqué de las cosas que nos pasan y lo que nos pasará seguramente en el futuro.

    “Nada nuevo bajo el sol...”. Simple y breve, ese es el concepto que tenemos para interpretar la vida que ha tenido que llevar el ser humano desde su existencia hasta nuestros días.

    Primero ha tenido que luchar contra animales salvajes para poder sobrevivir y luego tratar de encontrarle una explicación a fenómenos naturales los cuales no llegaba a comprender, llámense rayos, tormentas, lluvias, sequías, etc., etc. Pero más allá de su dependencia de estos fenómenos naturales, el hombre (género humano) siempre ha buscado satisfacer sus necesidades básicas como, por ejemplo, su libertad.

    A medida que ha avanzado nuestra civilización, el hombre ha tenido que luchar contra causas inmorales, intereses mezquinos, ambiciones y egocentrismos a ultranza. El resultado de todo eso ha sido una larga lista de calamidades que ha sufrido la especie humana. Hubo que soportar también el sufrimiento y muerte de seres dignos, pero hoy no estamos muy lejos de aquellos tiempos; la tiranía se produce más sutilmente, los abusos son a cara descubierta. En definitiva, el poder puede más que la idea.

    Por eso, esa libertad por la que luchará siempre el ser humano es la que trasciende lo meramente material: libertad de pensar, de sentir, de saberse protegido, de saberse digno de acceder a una educación con valores y poder actuar entonces de acuerdo a un pensamiento no anárquico, sino basado en principios vitales para una convivencia armónica, pacífica, tolerante y, por sobre todas las cosas, de respeto, comprensión y amor entre sus semejantes.

    Mucha sangre ha sido derramada a lo largo de la historia tratando de lograr estos objetivos, siendo muchos hombres y mujeres los que han podido llevar adelante esta cruzada y se han convertido en referentes naturales de la humanidad en lo que a la imposición de valores morales se refiere.

    Nosotros debemos tomar su bandera y ser los responsables de diseminar por nuestra sociedad y en todo ámbito por donde nos movilizamos, dichos valores, que no son ni más ni menos de los que predicaron aquellos que tuvieron el coraje de levantar la voz de su conciencia, más todos aquellos que dejaron su vida por defender valores universales con los cuales crecimos. Queremos y debemos entonces seguir fomentando y reafirmando cada día con más fuerza dichos valores.

    La lucha es despareja, ya que el fanatismo, el fundamentalismo, la perturbadora ambición del hombre de someter a sus semejantes, el dogmatismo de ideas políticas o religiosas, la hipocresía que tanto daño nos ha hecho, la falsedad de nuestras actitudes, en fin, hay un sinnúmero de obstáculos a los que no podemos dejar pasar más, haciéndonos los distraídos, por flaqueza de nuestra energía, simplemente por comodidad o, tal vez, por compromisos, vaya a saber de qué tipo.

    No debemos olvidar, entonces, la sangre derramada por nuestros compatriotas que defendieron a ultranza aquellas divisas que forjaron nuestra patria. Nos preguntamos: ¿es y será necesaria la ferviente defensa de partidos políticos que nos dan, por un lado, la garantía de una vida republicana-democrática y, por otro, la pérdida de independencia y de acción si no estamos de acuerdo con sus líneas de conducción?

    Estos deberían ser, sin ninguna duda, el solar del hombre libre y no la celda de los esclavos.

    ¿Será posible que las sociedades vivan dentro de grupos de pertenencia que no escuchen a la voz de sus seguidores y de aquellos que no lo son?

    Dijera el presidente George Washington al pueblo de los EEUU: “Os he prevenido ya contra los peligros de los partidos cuando sus discusiones tomen un carácter geográfico; dejadme ahora prevenirlos contra los perniciosos efectos del espíritu de partido en una acepción más general. Ese espíritu es inseparable de nuestra naturaleza, se une a las más fuertes pasiones del corazón humano, existe bajo diferentes formas en todos los gobiernos, pero es sobre todo en los gobiernos populares donde ejerce mayores estragos. La dominación alternativa de las facciones aviva esa sed de venganza que caracteriza las disensiones civiles. Es ella misma un despotismo horrible y acaba por traer otra más durable. Los desórdenes que de ella resultan, preparan a los hombres para buscar la seguridad y el reposo en el poder de uno solo: y más tarde o más temprano, más hábil que sus rivales, el jefe de alguna facción aprovecha esa disposición para elevarse sobre las ruinas de la libertad pública (...). Sin prever para nosotros tal extremidad, las funestas consecuencias que arrastra el espíritu de partido deben inducirnos a desanimarlo y contenerlo; ese espíritu en todas partes donde reina, no deja nunca de agitar los consejos nacionales y de debilitar la acción pública; enciende los odios, fomenta y produce insurrecciones; da la influencia a los extranjeros e introduce la corrupción en todos los ramos del gobierno, y es así como la política y la voluntad de una nación están sometidas a la política y a la voluntad de otra nación”.

    Dijera nuestro prócer José Artigas, entre otras cosas, al Congreso de abril de 1813, con su constante y permanente prédica de libertad y respeto por sus semejantes, ya sean sus aliados o sus contrincantes de turno: “Yo ofendería altamente vuestro carácter y el mío, vulnerando enormemente vuestros derechos sagrados, si pasase a decidir por mí una materia reservada solo a vosotros”.

    Dijera Carlos María Ramírez en sus publicaciones sobre “Los partidos políticos” lo siguiente: “mientras tanto, los partidos de un país republicano apuran los refinamientos de la intolerancia y de la fuerza para negarse entre sí la más pequeña co-participación en todos los cargos y en todos los honores de la organización política y civil; gran satisfacción y gran victoria si cada partido consigue haber cerrado al otro las puertas del Poder Ejecutivo, de la Magistratura Judicial, de la municipalidad, de la carrera militar y hasta de las universidades (...). Cada partido, tan inexorable para los errores de los partidos contrarios como ciego para los suyos propios, cree purificar por ese medio a la sociedad escandalizada y ultrajada, (...) los pueblos perdonan el error, mas no la abyección”.

    De lo expuesto precedentemente, estamos y defendemos al natural Estado de Derecho que nos debe regir, pero de ninguna manera entendemos que el gobernar se convierta en la destrucción de las esperanzas de un pueblo que se merece mayor y mejor fortuna.

    Recurramos a solicitarle mayor profesionalismo, dedicación y entrega a nuestros gobernantes en su totalidad, sean del partido que sean, ya que en definitiva se deben a sus gobernados. Necesitamos que de ellos salga lo mejor y que no se amparen en las verborrágicas argumentaciones sin sentido que tenemos que escuchar a diario.

    De lo contrario no tendremos una sociedad justa, pacífica, tolerante y, por sobre todas las cosas, sana y libre.

    Como decíamos anteriormente, nosotros como ciudadanos asumimos nuestra cuota parte de responsabilidad, pero nuestro granito de arena debe ser complementado con toda la fuerza que nos imaginemos por los hombres y mujeres que ocupan cargos de gobierno, ya que de lo contrario estaríamos faltando a nuestra misión de combatir esos males que, siendo viejos conocidos nuestros, sabemos a la perfección el daño que causaron, causan y causarán.

    De no ser así, la propia historia y nuestros conciudadanos en particular nos juzgarán duramente por ser omisos a la hora de llevar adelante tal tarea.

    Aníbal Giordano

    La despenalización del aborto (I)

    Sr. Director:

    Interpretación del resultado de la convocatoria a referendo contra la ley que despenaliza el aborto. Luego de la escasa participación de la ciudadanía en la convocatoria del domingo pasado para habilitar un recurso de referendo en octubre contra la ley que despenalizó el aborto, se han escuchado diversas interpretaciones sobre sus consecuencias, todas lícitas y respetables, aunque radicalmente equivocadas algunas, según mi parecer.

    La siguiente es, humildemente, la mía.

    En el inicio de esta carta, ya se encuentra parte de mi fundamentación cuando digo que para lo que se convocó fue para “habilitar un recurso de referendo” a votarse, eventualmente, en octubre próximo.

    La conclusión, entonces, no puede ser otra que los ciudadanos dijeron “no queremos expresarnos en octubre —ni nunca, tal vez— sobre este tema, en ejercicio de la democracia directa”.

    ¿Quiere decir esto que hubo un pronunciamiento sobre el fondo del asunto, es decir, si se está de acuerdo con que el aborto sea penalizado o no?

    Me parece que radicalmente no lo hubo. Que lo único que existió fue un rechazo a pronunciarse sobre el tema, dejando que el mismo sea resuelto —si es que así se quiere, en algún momento— a nivel legislativo.

    Sacar otra conclusión, como se ha escuchado, como ser que un 90 y pico por ciento de los ciudadanos “ratificaron, convalidaron, están de acuerdo con la despenalización del aborto”, me parece una desmesura inaceptable.

    Pensar que “convocar a votar” sobre un asunto es lo mismo que votar sobre el mismo constituye un error de lógica básica.

    Por eso, los ciudadanos dijeron “no queremos ir a votar sobre esto” y no otra cosa.

    E hicieron muy bien, según entiendo.

    Pienso que los asuntos relativos al derecho penal, es decir, los delitos, no deben ser objeto de pronunciamientos de democracia directa. Respondamos a esta pregunta para ver si lo que afirmo puede ser correcto o no: ¿se puede resolver directamente por una consulta popular si debe o no ser delito —es decir, penalmente castigado— aquel que, mediante el ejercicio de la fuerza en las personas o en las cosas, atenta contra la propiedad de otro, esto es, rapiña?

    ¿A alguien se le ocurriría convocar a plebiscito para eliminar del Código Penal ese delito? O, lo que es lo mismo, pero al revés, si una mayoría coyuntural de legisladores, despenalizara la rapiña, por las razones que fuera, ¿alguien cree que ese pronunciamiento legislativo puede ser derogado por un referendo?

    Personalmente no creo que ese sea el camino en ningún caso. Los delitos son definidos, según el tiempo y el lugar, por la expresión de la ley, esto es por los legisladores, debidamente asesorados por expertos en diferentes planos, desde el sociológico, el sicológico, el científico, el moral y el jurídico.

    Los pronunciamientos directos de los ciudadanos deben ser respetados sin dudar.

    Pero, insisto, en el campo penal, sin menosprecio alguno de la afirmación anterior, creo que no deben ser el camino de decisión.

    ¿Quiere decir esto que desvalorice la opinión del pueblo, mayoritariamente expuesta, cuando es llamado a pronunciarse adecuadamente?

    De ningún modo y creo que ha sido el propio pueblo el que ha dicho el domingo: “sobre esto no quiero pronunciarme, por diversos motivos”, que están en la conciencia de cada uno. “Encárguense ustedes, señores legisladores, que para eso están”.

    Baste pensar la diferencia que tiene un pronunciamiento popular, que solamente deroga y vuelve las cosas al estado anterior, con un pronunciamiento legislativo que deroga, pero, a la vez, corrige, sustituye, complementa al que echa por tierra.

    Ese es el camino a recorrer, si hay mayorías suficientes para hacerlo o cuando las haya.

    Mientras tanto, convoquemos a que se expresen —intensa, extensamente y públicamente— distintos especialistas en sicología, sociología, biología, moral, derecho y otros, para que brinden adecuado asesoramiento a todos sobre la evolución del pensamiento acerca de qué significa interrumpir un embarazo en el estado actual del conocimiento sobre el genoma humano y la sociedad; qué medidas son lícitas para resolver los problemas que se plantean y cuáles no; qué colaboraciones se deben brindar por parte del Estado y de los particulares.

    Una sola reflexión final sobre el tema: ¿cómo puede ser que tantas parejas deseosas de abrazar un hijo que pretenden adoptar queden con las manos vacías, mientras viven en la angustia que conduce al aborto otras tantas que no saben qué hacer con el engendrado no querido?

    ¿No tendremos todos, legisladores incluidos, alguna obligación que cumplir al respecto?     

    José Pedro Isasa

    CI 914.778-8

    La despenalización del aborto (II)

    Sr. Director:

    Los resultados de la consulta popular del pasado domingo, y algunos comentarios que he leído al respecto, parecen mostrar que el tema del aborto “está cerrado” para la sociedad uruguaya, pues “el soberano habló”.

    Mi especialización en historia de las ideas políticas me ha ayudado a reflexionar sobre esta cuestión y me gustaría compartir con los lectores fragmentos de dos pensadores distintos por sus ideas y por el tiempo en el que vivieron.

    Decía Cicerón (siglo I AC) en Las leyes: “Si el derecho se fundara en la voluntad de los pueblos, en los decretos de los jefes, en las sentencias de los jueces, de derecho sería el robo, el adulterio, la falsificación de los testamentos, con tal tuvieran en su apoyo los votos y la aprobación de la multitud”.

    Cicerón, un ilustre defensor de los ideales republicanos, no consideraba que la opinión de la mayoría bastara para configurar el derecho, o sea, lo justo. Era necesario apelar a otra norma, más allá de las circunstanciales mayorías, para establecer lo que es justo: “Y no solamente la naturaleza nos hace distinguir el derecho de la injusticia, sino también de una forma general las cosas naturalmente honestas de las torpes. Una inteligencia común a todos los hombres nos lo hace conocer”.

    La razón, que todos los seres humanos compartimos, es, efectivamente, la que nos ayuda a reconocer la justicia de las acciones propias y ajenas. Esa razón a veces puede estar obnubilada por las pasiones, algunas de ellas muy respetables —¿quién no se conmueve ante las situaciones desesperadas de ciertas madres?— pero es necesario escuchar su voz para realizar lo justo.

    Por otro lado, un autor del siglo XVII, Thomas Hobbes, afirmaba en su Leviathan: “auctoritas, non veritas facit legem” (“la autoridad y no la verdad hace la ley”). La autoridad o, más bien, el poder, es quien, para Hobbes, hace las leyes. Ya no importa la justicia, pues lo justo es lo que hace el soberano: que éste sea un monarca absoluto o el conjunto de los ciudadanos, no es relevante: ante el soberano solo cabe inclinarse reverentemente y no preguntar nada más.

    Qué pena que los uruguayos, ante un tema tan crucial como es la vida humana, nos inclinemos ante opiniones circunstanciales; qué pena que pensemos que la política es la “última” instancia en la búsqueda de la verdad y del bien común; qué pena que huyamos del diálogo racional, como vía para encontrar lo verdadero y lo mejor para nuestro país, para nuestros hijos, para aquellos que quizás no tendrán oportunidad para manifestarse, pues habrán sido asesinados por el delito de estar vivos.

    Bárbara Díaz

    CI 1.438.204-4

    Santiago de Chile

    La despenalización del aborto (III)

    Sr. Director:

    El fallido referéndum. Hubiera hecho historia. Por dar vuelta la taba para bien de tantos inocentes. Por quebrar la inercia del egoísmo. Por poner al sistema insolentemente en jaque.

    Pero no. Las estadísticas de lo que no es humano se cumplieron. Porque la libertad brilló por su ausencia. Y las esclavizantes bajas pasiones, la ignorancia y la prepotencia ocuparon pesadamente su lugar.

    Enfrentemos la situación sin anestesia: el corazón es duro, eso quedó bien claro. Y explica unas cuantas cosas. Entre otras, la dificultad en la convivencia, la mezquina cobardía ante el compromiso, la insensibilidad ante lo ajeno y el bien ganado podio en la competencia por el récord de suicidios.

    Pensemos…a ver si por una vez damos con la solución a este desastre básico: la endémica incapacidad para valorar la vida y disfrutar de ella.

    María Inés Sánchez Chiappe de Curone

    CI 4.643.522-1

    La despenalización del aborto (IV)

    Sr. Director:

    “Nuestra pelea no es contra la mujer que aborta, es contra el sistema perverso que la llevó a pensar que era la única opción”. Lo del pasado domingo: una muestra de la decadencia moral de un país donde la pereza y un partido de fútbol exhuberantemente malo resultan más atractivos que reclamar por los derechos inherentes de cada ser humano. ¡Cuánto éxito para los que quieren un pueblo adormecido y embobado, y cuánto trabajo por delante para volver a educar en valores a una sociedad superflua, hedonista y políticamente correcta pero vacía!

    Pero no se engañen en pensar que por el hecho de que solo el 9% fue a votar, ahora el aborto está validado, es bueno y dejó de ser un asesinato.

    Lo del pasado domingo: tan solo un episodio más en una lucha que será larga, pero de cuyo final estamos seguros; el bien triunfa sobre el mal, esa es nuestra esperanza y hacia allá vamos.

    Lo del pasado domingo: un pequeño aviso de que acá estamos y que no daremos el brazo a torcer hasta cambiar la realidad; no nos quedamos conformes con que la solución a un embarazo “inoportuno” sea la muerte, nunca puede serlo. Nuestra lucha es contra un sistema, contra una indiferencia que hiela los huesos, funcional a los intereses de ciertos intelectuales descorazonados y muchos burócratas y políticos desalmados, a la que venceremos con el fuego del amor, del trabajo y de la entrega.

    Lo único que precisa el mal para triunfar, es que los hombres buenos no hagan nada”.

    Santiago A. Ramos

    CI 4.901.946-4

    La despenalización del aborto (V)

    Sr. Director:

    En la pág. 45 de la edición de Búsqueda del 20 de junio de 2013 aparece una carta del Sr. Javier Rodolfo Sica que refiere a una carta anterior mía aparecida en la pág. 47 del 13 de junio de 2013 en el cual citaba un texto de Santo Tomás de Aquino en el cual el aquinense sostenía que el que mata a una mujer embarazada no solamente mata a la madre sino que al niño que está en gestación.

    Obviamente conforme con este texto no puede citarse a la doctrina de Santo Tomás de Aquino (como se hacía en dos cartas a las que respondía), para justificar el aborto.

    En esa carta se hace alusión a la teoría de la animación retardada (que sostiene Santo Tomás) y que luego se pasó a sustentar la doctrina de la animación inmediata desde el momento de la concepción. Entiende entonces el Sr. Sica que siendo una cuestión dudosa en aplicación del principio en la duda libertad, puede procederse a practicar abortos o por lo menos justificar esa práctica.

    Lamentablemente el Sr. Sica está equivocado. En un ejemplo clásico tanto de los moralistas como de los penalistas, si un cazador ve que se mueven los matorrales y no puede discernir si lo que esta detrás de las matas es una presa o una persona, debe abstenerse de tirar, y si dispara y mata a una persona por error responde moral y penalmente de homicidio. La situación del aborto es similar, puesto que existiendo dos doctrinas opuestas, si en el futuro pudiera demostrarse fehacientemente que la correcta es la de la animación inmediata, los que practiquen abortos al amparo, de la doctrina de la animación retardada habrían estado cometiendo un crimen, del mismo modo que el cazador que en la duda igualmente dispara y mata a una persona, y por ello esta conducta está tipificada como homicidio.

    Tratándose de una cuestión tan importante como el derecho a la vida, la duda no justifica que se pueda atentar (aunque sea eventualmente contra ella) y por lo tanto moral y jurídicamente lo que corresponde es abstenerse de obrar.

    Además las normas prohibitivas del aborto lo que tutelan es el derecho de nacer, derecho que existe y debe ser tutelado con total prescindencia de si la animación es inmediata o retardada, o si la hominización se produce antes o después de las doce semanas.

    A/S Dr. Oscar Varela

    CI 751.048-6