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    Cartas al Director (II)

    La II Guerra Mundial (I)

    Sr. Director:

    He estado siguiendo con profundo interés la polémica sobre la Segunda Guerra Mundial que se ha suscitado en la sección “Cartas al Director”.

    Sin ánimo de interponer ninguna tercería, considero que resulta procedente efectuar algunas apreciaciones.

    Comparto, en lo fundamental, que el bombardeo aéreo contra poblaciones civiles sin otra finalidad que causar el terror y el estrago, fue iniciado por los británicos contra la localidad de Freiburg el 11 de mayo de 1940. Hasta ese momento el gobierno de Su Majestad bajo la conducción de Mr. Chamberlain se había negado a ese tipo de acciones, pero fue al asumir Mr. Winston Churchill, precisamente el día 10 de mayo, cuando comenzaron. Casualmente, ese mismo Mr. Churchill que en 1946, en una universidad norteamericana, inauguró —lamentándose— el término “cortina de hierro”, desde Sttetin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático. Pero vamos, que esa es otra historia.

    De todas maneras me parece que lo más importante con respecto a los bombardeos aéreos, que han formado el núcleo duro del debate, no es tanto quién comenzó, sino sus magnitudes. En efecto: Alemania bombardeó ciudades inglesas y de la Unión Soviética (entre otras) pero el bombardeo estratégico llevado a cabo por la RAF y la USAF contra Alemania (y también Japón) superó con creces cualquier bombardeo anterior, llevándolos hasta un nivel pre nuclear, como los ha definido un historiador…precisamente británico, el Sr. David Irving.

    Hamburgo, en 1943 (entre 40.000 y 70.000 muertos son las cifras que he leído), Colonia, Nüremberg, Berlín y… Dresde, en febrero de 1945. Este último bombardeo causó como mínimo 50.000 comentarios, posiblemente exagerados, que hablan de 300.000 muertos. (Curiosamente las cifras alemanas del presente hablan de sólo 25.000 muertos, quizás porque son los que han podido ser reconocidos luego del infierno de las bombas de fósforo). Dresde, una ciudad carente de importancia militar, salvo la muy dudosa de su estación de ferrocarril, llena de refugiados, sin defensas antiaéreas y próxima a caer en manos soviéticas. Una ciudad en la que hubieron de colocarse enormes parrillas con los rieles de los tranvías para incinerar en fogatas a los irreconocibles cadáveres que por miles y miles se confundían entre los escombros de la ciudad. Conozco Dresde, he estado allí, el centro de la ciudad ha sido restaurado, así como reconstruida la Frauenkirsche, y me asombró que en la base de los estupendos monumentos de la “Florencia del Elba” aún existieran manchas negras. Son la consecuencia de las oleadas de fuego, que no se pueden borrar. Sin embargo, Arthur Harris no fue sentado en el banquillo de los acusados de Nüremberg.

    Y seamos justos: no olvidemos el gigantesco bombardeo, también con bombas de fósforo, contra Tokio, a comienzos de 1945, causante de alrededor de 100.000 muertos. (No hablo de las bombas atómicas porque es ingresar a otra dimensión).

    ¿Esto es revisionismo? En realidad no me preocupa. Sí, seguramente lo es en relación con la guerra contada durante décadas por las películas “made in Hollywood”. Pero parece que algunos no comprenden que la Historia es revisión permanente. De lo contrario seguiríamos creyendo que Cristóbal Colón y los suyos fueron los primeros europeos en pisar tierra americana, cuando desde hace tiempo se sabe que mucho antes, llegaron por ellas los vikingos.

    No deseo hacer esta carta demasiado larga, pero sí encuentro necesario efectuar dos precisiones importantes. Una: en setiembre de 1939, Varsovia fue bombardeada por los alemanes. Murieron muchas personas, sin duda, pero Varsovia no era Dresde, era una plaza fuerte del ejército polaco, que entre otras cosas había colocado allí piezas de artillería y había rechazado las intimaciones de rendición que le fueron hechas previamente. Y dos: no solamente los Aliados Occidentales arrasaron con ciudades alemanas y japonesas —más los bombardeos de algunas italianas— y, para refrescar la memoria, recuérdese el terrible bombardeo de la ciudad francesa de St. Lo, al cabo de la lucha por Normandía.

    Las cosas son mucho más complejas de cómo nos las han contado los vencedores.

    Saludo al Sr. Director muy atentamente.

    Dr. Esc. César Eduardo Fontana

    La II Guerra Mundial (II)

    Sr. Director:

    En la edición Nº 1.709 de Búsqueda, el Sr. Puppo responde a mi carta ( Búsqueda, Nº 1.708) en la cual yo había criticado la suya de la semana anterior.

    Él puede elegir no creer la verdad sobre el bombardeo de Freiburg, pero la gran masa de investigación indica claramente que era el Luftwaffe que tenía la responsabilidad. Como se dice en inglés, él tiene derecho a su propia opinión pero no a sus propios hechos.

    Hace referencia al “célebre crítico militar inglés J.F.C. Fuller” en describir la supuesta responsabilidad de la RAF. Hay que recordar que Fuller era un crítico de toda la campaña aérea de los Aliados contra Alemania; que fue retirado del ejército británico en 1933; que fue autoritario y mantenía una desconfianza profunda en la democracia; que se hizo miembro de la Unión Británica de Fascistas (BUF) de sir Oswald Mosley en 1934 y que se presentó como candidato del BUF en elecciones parlamentarias; y que era huésped de Hitler en su cumpleaños 50 y era su gran admirador. Sería prudente no otorgar demasiada confianza a las opiniones de Fuller, por más que era un gran teórico militar, reconocido por el mismo Hitler por su pericia en el uso de tanques (y, por ende, un contribuyente a la estrategia de blitzkrieg).

    Pero lo que deja a uno estupefacto es “la tesis de mi carta anterior es que, coincidiendo con varios historiadores, la guerra pudo haber terminado en mayo de 1940, evitando así 35 millones de muertos”. Pero por supuesto que la guerra entre Alemania y el Reino Unido pudo haber terminado en mayo de 1940 —con Alemania ocupando y maltratando a toda Europa (¿cuánto hubiera durado la preciosa neutralidad de Suiza, Irlanda, Suecia, etc.?), libre para atacar a la URSS con todas sus fuerzas armadas, lenta y deliberadamente persiguiendo la “solución final” contra el pueblo judío y (obviamente) preparándose para la invasión de las Islas Británicas, ya expuestas y sin tener la más mínima posibilidad de recibir ayuda desde los Estados Unidos.

    Era exactamente eso lo que Churchill rechazó. El 25 de mayo de 1940, lord Halifax había informado al Gabinete de Guerra que el embajador italiano, Giuseppe Bastianini, quería hablar de la neutralidad de Italia; rápidamente la conversación cambió hacia una posible mediación entre los Aliados y Alemania. Churchill convenció al Gabinete de que era impensable concluir una “paz” con Alemania bajo estos términos.

    El vuelo de Hess fue el 10 de mayo de 1941, un año después de la oferta del embajador de Italia. Sin el conocimiento de Hitler, Hess voló su Messerschmitt Me-110 a Escocia; él erróneamente creía que había conocido el Duke of Hamilton en los juegos olímpicos de Berlín de 1936 y, otra vez erróneamente, creía que el Duke tenía un rol importante en el gobierno británico. El gobierno británico no dio la más mínima atención a la “oferta” de Hess. Hitler estaba furioso con él por su traición, y la propaganda nazi lo condenó e hizo el esfuerzo de explicar todo el asunto en términos de su supuesta enfermedad mental.

    En cuanto a la agresión japonesa contra los Estados Unidos, el Sr. Puppo insiste en la idea ridícula de que Roosevelt y parte del aparato político poseían información acerca de las intenciones japonesas que las fuerzas armadas americanas no poseían (y, por ende, Roosevelt era “responsable” por el ataque en Pearl Harbor). Obviamente, las autoridades militares faltaron en sus responsabilidades (el radar identificó una flota de aviones que erróneamente era interpretado como una escuadrón de aviones americanos, un submarino japonés fue detectado en el puerto de Pearl Harbor sin provocar una alarma general, etc.), pero de ahí a decir que el presidente Roosevelt fue responsable por el ataque es insano.

    Como dije antes, tenemos que entender que el Axis representaba un mal que iba a terminar con el mundo civilizado. Pensar en lo que hubiera pasado si el Reino Unido hubiera acordado una “paz” con el Axis es realmente escalofriante; los crímenes que cometieron los países del Axis contra civiles y prisioneros de guerra son indescriptibles. Nuestros padres entendían perfectamente bien el desafío que representaba esa fuerza malévola y tuvieron el coraje de enfrentarla.

    En el interés de lo que en inglés se llama “full disclosure”, confieso que soy inglés y además muy orgulloso de ser hijo de un piloto del Bomber Command, quien hizo 34 operaciones de guerra en Francia, Alemania, Italia, Grecia, Noruega y el Norte de África. Más de la mitad de los que volaron en Bomber Command perdieron la vida y es gracias a ellos y a todos los rusos, los americanos, los canadienses, los australianos, los neozelandeses, los sudafricanos y a todos los combatientes de todos los países de la mancomunidad británica y otros que hoy tenemos la infraestructura internacional y la paz, por más que sea frágil, que tenemos.

    Atentamente,

    Steven Oliver

    CI 5.824.126-8

    Punta del Este (Maldonado)

    La II Guerra Mundial (III)

    Sr. Director:

    Escribo estas líneas en conexión con una carta referente a la Segunda Guerra Mundial remitida por el Ing. Juan José Puppo, que fuera publicada en “Cartas al Director” el día jueves 18 de abril de 2013 en la edición Nº 1.709 de Búsqueda.

    Algunos pasajes de la misiva del Ing. me alentaron a participar en el intercambio de ideas que se dio en su Semanario sobre la conflagración más violenta que haya azotado a la humanidad en toda su existencia.

    Sostiene el Ing. que “la tesis de mi carta anterior es que, coincidiendo con varios historiadores, la guerra pudo haber terminado en mayo de 1940, evitándose así 35 millones de muertos. Incluso el vuelo a Inglaterra de Rudolf Hess fue para proponer directamente la paz a Inglaterra”.

    Discrepo totalmente. Primero, porque es muy ligero afirmar cosas que hubiesen sucedido en base a hechos que no sucedieron. Aun sorteando este impedimento, y proponiendo que semejante forma de razonar puede llevar a conclusiones no descabelladas, me es imposible llegar a la misma conclusión que el Ing.

    Con respecto a este punto, le invito la lectura de “Por qué ganaron los Aliados” de Richard Overy. En esta obra se analiza la victoria Aliada en la Segunda Guerra Mundial desde varias ópticas, y una de ellas es un enfoque moral sobre el conflicto. De acuerdo a Overy, una de las tantas razones por la cual ganaron los Aliados fue porque la victoria del conflicto en su dimensión moral pertenecía a ellos.

    El régimen de Hitler significaba un mal tan inmenso para la estabilidad de Europa y del mundo entero, que simplemente no cabía la posibilidad de coexistir con el mismo. Además, la puesta en práctica de las premisas provenientes de la ideología que lo sustentaba necesariamente suponía el sometimiento de ciertas naciones por parte de Alemania.

    Es paradójico, sin dudas, sostener que la victoria del conflicto en su dimensión moral perteneció a los Aliados, de momento que Stalin era parte de los Aliados y representaba muchas de las cosas por las cuales Hitler y su pandilla tenían el conflicto moral perdido.

    No son razones estrictamente morales las que impulsaron a los Aliados a no abandonar la lucha y a seguirla a cualquier costo. La guerra jamás pudo haber terminado en mayo de 1940 porque la mera existencia del nazismo implicaba la destrucción del orden reinante en el momento en Europa y el mundo, y Gran Bretaña y Francia no estaban dispuestas a que esto sucediera. El fracaso de la “Política de Apaciguamiento” es la prueba patente de esta afirmación: para los líderes de Alemania en ese entonces no bastaba con corregir injusticias de Versalles, ya que la situación territorial de Alemania para principios de 1939 era bastante más favorable que aquella que reinaba tras la firma del Tratado de Paz, todo eso sin haberse disparado un tiro.

    Esta paradoja es otra cuenta que tuvieron que pagar los Aliados para triunfar sobre Hitler. La alianza con Stalin fue producto de la necesidad de eliminar el nazismo al precio que fuere. Entre los dos males hubo que escoger uno. No quiere esto decir que Stalin sea un mal menor que Hitler, pues la Historia nos cuenta que tienen millones de muertos inocentes en sus manos y la amenaza que representaba el comunismo para la libertad de los individuos siguió latente hasta la última década del siglo XX.

    Esta es la razón por la que podemos decir que la victoria moral no fue totalmente alcanzada tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, pero sin dudas eliminar a Hitler y al fascismo fue un gran avance, así como lo fue el ocaso del colonialismo francés y británico, hecho estrictamente ligado al devenir de la Segunda Guerra Mundial y a la intervención de los Estados Unidos en el conflicto.

    Los campos de concentración, los experimentos con humanos, la corrupción y el robo, las ejecuciones sumarias, el genocidio y una larguísima lista comprobada de atrocidades cometidas por los nazis en Alemania y en su ocupación de Europa son las más poderosas de las razones por las cuales el régimen nazi simplemente no podía ser, y por eso la guerra jamás podría haber terminado en mayo de 1940 —fecha en la que Hitler y Stalin aún no eran oficialmente enemigos— sino hasta la total destrucción del mismo.

    Creo que el Ing. olvida algunos hechos relevantes al afirmar en su anterior misiva que “el 11 de mayo de 1940 bombarderos ingleses rompieron la regla que solo se pueden llevar acciones contra las fuerzas enemigas”. Adhiero totalmente a los comentarios vertidos al respecto por el Ing. Berger. en la edición de Búsqueda del 18 de abril.

    Diría aún más: la regla que Puppo invoca ya había sido pisoteada por los alemanes durante la Guerra Civil Española (1936-1939), más precisamente con su decisiva colaboración de aviones y pilotos a la Legión Cóndor, el ala aérea del bando sublevado, comandada por nada menos que Wolfram von Richtofen, as de la Luftwaffe, y responsable del mando en masacres históricas anteriores a mayo de 1940 como el bombardeo de Gernika y otras ciudades de España, además de la invasión alemana de Polonia. Lo mismo puede decirse de la Aviazione Legionaria italiana, ya que su intervención en la Guerra Civil Española tuvo consecuencias nefastas para los civiles.

    Creo que todos estamos de acuerdo en que son los civiles los primeros y los peor afectados por el horror de la guerra aérea. La figura de Arthur “Bomber” Harris, quien comandaba el “Bomber Command” de la Royal Air Force, sigue siendo objeto de debates y controversias en el Reino Unido. La sangre derramada por los bombardeos Aliados en Alemania es otra contradicción producto de la necesaria e imperiosa eliminación del nazismo en la hora más turbulenta de la historia de la humanidad.

    Dr. Fernando Alberto Mazzoni Abdala

    CI 4.489.405-5

    La conducta colectiva de algunos fiscales

    Sr. Director:

    Diversas informaciones de prensa dieron cuenta últimamente que varios fiscales del fuero penal se habrían reunido con la finalidad de adoptar una posición común en aquellos expedientes relacionados con violaciones de los derechos humanos, a propósito de la reciente jurisprudencia de la Suprema Corte de Justicia en la materia. Pareciera colegirse de dicha información que el criterio a adoptar sería la vía de la recusación colectiva de todos los ministros que la integran por haber prejuzgado.

    Como el tema quedó ahí en la mera información periodística, creo que merece alguna reflexión —aunque más no sea a título de “primera impresión de anoche” como dicen las crónicas teatrales después de un estreno— por cuanto tiene de inédito en la historia de la Justicia uruguaya. Y digo inédito porque no existen antecedentes de una actitud semejante en orden al funcionamiento normal de los órganos jurisdiccionales, toda vez que los colectivismos de opinión concertada eran hasta hoy desconocidos en nuestro país.

    Como se sabe, por disposición de la ley “el Ministerio Público y Fiscal es independiente técnicamente en el ejercicio de sus funciones”, independencia que tiene una doble faz, diríamos metafóricamente hablando: respecto de cada caso donde deba opinar y respecto de la propia estructura interna de ese Ministerio. La independencia técnica no es otra cosa que la emisión de un juicio según el “leal saber y entender” de cada uno, sin condicionamientos externos de ninguna clase, como así también, sin preconceptos de otro orden que perviertan el deber de imparcialidad, sustento indispensable y vital de todo aquel que tenga a su cargo la delicada tarea de impartir justicia a los demás en nombre del Estado.

    La opinión de cada fiscal en los casos concretos es, sustancialmente, un fenómeno psicológico personal e intransferible, es ese “leal saber y entender” que emana de la conciencia de cada uno, resultado de la razón escrutando las resultancias del proceso. Por eso no habría forma posible de asumir posiciones de concierto previo para dictaminar de una manera determinada, toda vez que tal actitud significaría desconocer las particularidades del caso concreto, en prejuicio del justiciable y del derecho que le asiste a que el suyo sea examinado en particular y separadamente de los demás.

    En otras palabras, el concierto previo para dictaminar en un sentido determinado por parte de jueces o de fiscales sería la negación misma de la Justicia; una aplicación bastarda de la Justicia en cuanto quienes así lo hicieran caerían de lleno en el terreno del partido tomado, antítesis totalitaria del sagrado principio de imparcialidad.

    Cosa diversa —y bueno es decirlo para evitar equívocos— es la coincidencia personal al dictaminar sobre casos similares, circunstancia que se da a diario en el quehacer judicial, pero que no por ello habilitaría a los coincidentes a concretar posiciones colectivas para la adopción previa de un único criterio que los separara de la opinión de los demás: por aquí los que pensamos de una manera y por allá los que piensan de otra, simplificación brutal y claudicante del concepto de Justicia, allí donde los totalitarismos de todos los signos han hecho de pensar uniforme el oprobio de la libertad del hombre.

    En definitiva, creo que el concierto previo en materia jurisdiccional, ya para dictaminar, ya para resolver, debe verse como una expresión anómala del ejercicio de la función que, por su naturaleza, ha de ser por siempre el sentir de la conciencia individual de cada uno, interpretando rectamente el concepto de independencia técnica que proclama el texto legal. Todo lo demás se parece demasiado a manifestaciones de otro orden que, aunque sin alboroto ni vocinglería, no dejan de ser por ello menos políticas que aquellas que recientemente profanaron, en miserable actitud, el sagrado recinto de la Suprema Corte, máxima expresión visible de la majestad de la Justicia.

    Atte.

    Dr. Jorge W. Álvarez

    Margaret Thatcher (I)

    Sr. Director:

    Pocas horas después de enterarme de su muerte, volví a ver la película “La dama de hierro”, una pobre y poco piadosa caricatura de la ex primera ministra británica, Margaret Thatcher. Aun así, recomiendo alquilarla o bajarla de algún sitio de Internet, básicamente, por dos razones: en primer lugar, por la actuación de Meryl Streep, que logra salvar la nave del naufragio gracias a su extraordinaria caracterización y, en segundo lugar, por la propia Thatcher, una figura poco conocida entre nosotros, y en especial por las nuevas generaciones. Y si bien la película no refleja con fidelidad los pliegues de su liderazgo, ni da cuenta de la hondura de su legado, seguramente motivará a más de uno a profundizar en su historia; lo que no es poco.

    Apenas un puñado de personalidades de nuestro tiempo tienen la dimensión épica de esta señora que durante más de una década lideró el Reino Unido, y que luego, víctima de intrigas partidarias primero y de una cruel enfermedad después, vivió recluida en una nebulosa gris hasta su muerte, el pasado lunes 8.

    Quienes conocemos su pasado, sabemos que esa abuelita de peinado imperturbable que vemos deambular en la película, atribulada por el fantasma de su difunto marido, fue, junto a Ronald Reagan y a Juan Pablo II, una de las responsables de la derrota del comunismo soviético, y la principal impulsora de una serie de valientes reformas que le devolvieron a su nación el vigor económico y el protagonismo internacional perdido tras la Segunda Guerra Mundial.

    Para quienes compartimos buena parte de su credo (no nos olvidemos que fue la más firme y entusiasta defensora del libre mercado y el Estado mínimo que conoció Europa en el último medio siglo), fue una verdadera revolucionaria. De esas que ya no quedan, ni se fabrican en los laboratorios de las agencias de publicidad.

    Su vida, que da cuenta de ello, fue un largo repecho en subida. Se hizo de abajo, prácticamente sola. Abriéndose paso a fuerza de coraje y trabajo en un mundo machista y poco afecto a los cambios, dominado por el prejuicio y la tradición. Y lo hizo siendo mujer, hija de un modesto almacenero y una costurera, esposa de un hombre divorciado y madre de dos hijos; repartiendo su tiempo entre dos carreras universitarias (Química y Derecho), las labores de su hogar y las de la militancia partidaria. Así, con tesón, inteligencia y una personalidad a prueba de balas llegó a donde nadie se había imaginado que una persona con sus antecedentes y características podía llegar: a liderar su partido, y a la jefatura del gobierno.

    No sólo eso. Durante los once años de inquilinato en el número 10 de Downing Street —el período más largo en el último siglo y medio— dejó una huella tan profunda y fecunda que hasta sus antiguos adversarios debieron reconocer su legado y continuarlo, como lo hizo Tony Blair.

    Su obra fue colosal: terminó con antiguos monopolios y regulaciones innecesarias, transfirió empresas deficitarias e ineficientes al sector privado, promovió la iniciativa individual y resucitó el espíritu de competencia casi perdido entre el empresariado británico. Sólo una persona con su determinación pudo afrontar semejante desafío y salir airosa, conquistando a la opinión pública y, al mismo tiempo, derrotar a las oligarquías sindicales y torcerle el brazo al establishment estatista y prebendario que impedía la concreción de cualquier cambio.

    Según ella, “el liderazgo no pasa por quién grita más fuerte o por quién tiene un gran séquito: pasa por quién es el que trabaja más duro, quién es el primero en llegar y el último en irse” y... ¡vaya si así lo hizo! Predicó no sólo con la palabra —fue una oradora ingeniosa y letal; hay videos de sus debates en la Cámara de los Comunes dando vueltas en la web que son verdaderas clases de cetrería— sino también, o quizás debería decir sobre todo, con el ejemplo. Su dureza era fruto de un sentido de la urgencia y un nivel de exigencia que hoy prácticamente no existen. Eso que algunos llaman “búsqueda de la excelencia” y tan pocos practican.

    En tiempos de gobernantes rocambolescos y líderes tibios, de pragmatismos encuestológicos y convicciones descafeinadas, a uno le asalta cierta nostalgia cuando recuerda a figuras como ella.

    “La dama de hierro” le dio un tercer y merecido Oscar a Meryl Streep, y a nuestros gobernantes y dirigentes si la vieran con espíritu didáctico y una libretita de sacar apuntes, una clase sucinta de liderazgo. Un modelo de cómo hacer las cosas en tiempos difíciles.  Reconstruir a este país y llevarlo al sitial que se merece va a requerir de líderes con agallas y convicciones claras. No digo de hierro, pero sí de acero inoxidable.

    Gustavo Toledo

    Margaret Thatcher (II)

    Sr. Director:

    Quizás sea interesante recordar que en sus aciertos y sus errores la política económica de la Sra. Thatcher tuvo repercusiones directas en Uruguay.

    Un tiempo después de llegar al cargo de primera ministra decidió privatizar varias empresas estatales, una de ellas fue “Cable and Wireless”, en manos del gobierno desde poco después de finalizada la Segunda Guerra Mundial y que operaba en Uruguay bajo el nombre “The Western Telegraph Co”.

    Cuando esta última cerró en Uruguay, por decisión del gobierno de la época (1980) le siguió una empresa dedicada también a las telecomunicaciones fundamentalmente (en aquel entonces) a la provisión de equipamiento, bajo el nombre de “Western Servicios Técnicos” que aunque de reducida actividad frente a la de su casa matriz, siguió perteneciendo al grupo británico.

    Al concretarse la venta de “Cable and Wireless” todos los empleados de esta empresa en Uruguay recibieron cierta cantidad de acciones de la nueva compañía, en razón directa de sus años de servicio.

    El personal tuvo la posibilidad de quedarse con esas acciones o venderlas.

    En algún caso el valor de esa venta fue suficiente para que algunos miembros del personal pudieran adquirir o empezar a financiar su vivienda propia.

    GAC