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Sr. Director:
La concertación democrática y el Partido Independiente. La iniciativa de estructurar una concertación democrática ciudadana, de carácter electoral, como instrumento para ascender al gobierno desplazando al reconocidamente inepto elenco frentista montevideano, y aplicar un programa preelaborado de administración municipal basado en el sentido común, acaba de recibir la aprobación del sector del P. Nacional que encabeza el Dr. Larrañaga, con lo cual queda a punto de concretarse. Presentada para las elecciones municipales de Montevideo por el P. Colorado, esta iniciativa, que reconoce su origen en el manifiesto de la Concertación Democrática suscrito por el Dr. Rodolfo Sienra Roosen y otros varios distinguidos ciudadanos de todos los partidos, recibió el inmediato apoyo del herrerismo pero solo ahora el de la que pasa por ser la mayoría interna actual; deberá entonces ser objeto de una serie de tareas de pulimiento, legitimación y publicidad, que no pueden dilatarse demasiado.
Apenas conocida la posición de la Alianza Nacional, distintos dirigentes frentistas han manifestado su opinión, pero no es el objeto de este artículo el analizarlas, sino aludir a la del P. Independiente o, más exactamente, a la de su presidente, Pablo Mieres. Aún adelantando que las referencias realizadas por dirigentes de los partidos tradicionales acerca de la participación del P.I. en el acuerdo habían sido respetuosas y cautelosas, el presidente de este sector adelanta su posición totalmente crítica y opuesta a la integración, lo cual merece y exige comentario por varias razones: primera, porque con dicha integración se completaría el espectro opositor unido en la alianza electoral; y segunda, porque si bien el P.I. —afectado por la creciente polarización política y sobre todo por la absurda teoría del “voto útil”— no ha logrado crecer a niveles electoralmente importantes y solo podría operar como árbitro en el caso de una especie de “empate técnico” casi literal entre los otros dos conjuntos, ha adquirido sin embargo un sólido respeto en la opinión pública por la moderación de sus posiciones, la independencia de sus criterios en correspondencia con su denominación y la sólida convicción democrática y legalista de sus miembros. En un sentido más personal, se explica por el hecho de que el suscrito (fundador y fiel al P.I. desde su origen en 1988) ha recibido siempre con entusiasmo la idea de una fórmula que permita terminar con la administración frentista en Montevideo, basada en razonables términos de acuerdo.
En primer lugar, debemos consignar que la opinión vertida, pese a anticipar lo que eventualmente sería la decisión del Partido, a quien su presidente ha representado siempre con total fidelidad, NO es por el momento la posición “oficial” de los independientes, ya que hasta hoy no se ha convocado a ningún organismo de decisión máxima ni de lo nacional ni de lo departamental de Montevideo, requisito indispensable para que un tema de esta naturaleza e importancia sea adoptado como institucional del partido. Incluso vemos con claridad que no bastaría una decisión del Congreso de Montevideo, ya que la iniciativa de los partidos tradicionales puede ser aplicada en otros departamentos cuyos gobiernos frentistas también han dejado mucho que desear, como Canelones y Maldonado por ejemplo, y además, los estatutos prevén exigencias máximas para una alianza.
Parece por supuesto muy lógico que el Partido no adopte aún una posición definitiva al respecto, ya que son muchos los puntos que faltan concretar en ese acuerdo propuesto: programa común, candidaturas, procedimientos de propaganda y cumplimiento de los requisitos constitucionales para constituir un nuevo “lema”, pues de eso se trata y no de un nuevo partido. Por lo tanto nos parece más apropiado que Mieres se hubiera limitado a decir que “por el momento el partido no evalúa incorporarse a la concertación”, lo cual sería un hecho concreto, y que en su opinión personal él no se siente parte de dicho entendimiento ni formaría parte de una coalición blanquicolorada, porque los demás integrantes del Partido, “que solos somos como vos y juntos...” aún no hemos sido consultados. Independencia, al fin y al cabo, no significa aislamiento ni forzoso repudio de cualquier alianza eventual.
No me convencen los argumentos en los que Mieres basa su rotunda negativa, especialmente porque nuestro partido y su líder sienten afección al sistema parlamentario de gobierno, vigente en otras latitudes, que precisamente se basa en acuerdos circunstanciales entre partidos o sectores políticos distintos, convocados por el primer ministro, para ejercer la mayoría y dirigir al Estado por un período determinado. Aunque al final de sus declaraciones dice que el Partido estaría dispuesto a contemplar la posibilidad de integrar acuerdos para el gobierno (y no para su conquista), parece incoherente que vea con buenos ojos la alianza para aquello y no para esto. Y lo que se puede hacer en el nivel nacional, que es el mayor, se puede hacer con más razón en el nivel municipal, que es menor: quien puede hacer lo más, puede hacer lo menos.
Pero aun los argumentos considerados directamente son frágiles, incluso flojos y apresurados. El primero, presentado también por los adversarios frentistas, cae por su propio peso: “lo único que los une es la negativa y el enfrentamiento a lo que existe, y no hemos oído ni una sola palabra acerca del programa común sobre el que se edificaría”, se sostiene. “No se puede construir sobre la sola base de una oposición o negativa, o sea, por el solo fin de alcanzar el poder”, concluye. ¡Craso error, Pablo, grave falacia!
Es sabido que en política todo es oposición. En la democracia, cada partido compite electoralmente “contra” los demás, contra sus ideologías, sus programas, sus candidatos y sus posturas, y el propio término “oposición” referido a los partidos que no forman parte del gobierno así lo dice por sí mismo. Si no compite “contra”, si no lucha, si no aspira al gobierno, y si por otro lado no admite siquiera una alianza circunstancial y territorialmente limitada, ¿para qué existe un partido? El Frente Amplio surgió para luchar “contra” los partidos tradicionales y a nadie se le ocurrió que eso fuese indigno. El P.I. ha luchado solo contra “éstos” a veces, contra “estotros” a veces, sin que a ninguno de nosotros se nos antojara que eso era inapropiado, al contrario, y no existe en nuestra base estratégica ninguna apriorística prohibición de alianzas.
En realidad, esta manera de definir “contra” no es sino una desvalorización interesada y deliberada de la cosa. Al competir electoralmente para desplazar al F.A. del gobierno, sea municipal o sea nacional, los partidos ponen en juego la base misma de su existencia y sentido: lo hacen para gobernar mejor que los otros, en bien del país, y si para ello deben aliarse, pues esa será la postura moralmente más alta.
No se puede discutir que, así en la capital como en el país todo, el gobierno frentista ha sido, es y promete ser, malo. Solo por obstinaciones ideológicas, por la presencia constante de la cabeza principal de sus cómplices, los sindicatos, y por la ubicación masiva de lo más abundante de sus burocracias en Montevideo, la población de ésta lo ha seguido votando, pero hoy, ante un extremo de inepcia, surge la posibilidad de batirlos, empresa para la cual aún es menester unir fuerzas. Si ello no se hace, la actitud equivaldrá a preferir que siga gobernante este incapaz elenco frentista. ¿Acaso lo desea el P.I.?
Es cierto, por supuesto, que todavía no se tiene idea del programa común. ¡Claro que no puede haberla, si hace “diez minutos” que Larrañaga finalmente se convenció de lo elemental! Pero la expresión de Mieres: “Nosotros no formanos parte de una coalición blanquicolorada, no nos sentimos parte de ese entendimiento”, parece trascender la exigencia y rechazar a priori el acuerdo sea cual sea su programa. En cuanto a que no se puede construir sobre la base de la negación, el ejemplo más rotundo en contra de esta idea es precisamente la existencia del actual F.A. y de su advenimiento al poder, basado en una constante negación y en la creación de un sentimiento de verdadero odio hacia los partidos tradicionales; y lo construido, el actual F.A., ¿qué es sino una coalición, un acuerdo, una alianza, de más de veinte partidos, grupos y grupúsculos, cuya coherencia solo se mantiene por la existencia de un reglamento totalitario que no admite la libertad personal de sus integrantes, aspecto que por su parte el P. Independiente rechaza y repudia?
La incursión al terreno de argumentos ideológicos no es por otra parte más feliz. Mieres dice que el P.I. es un partido de convicciones socialdemócratas y constituyen una “izquierda” seria y responsable que difiere de otras concepciones que predominan en el F.A. y que son ajenas al espacio político que ocupan los partidos tradicionales. Dejando de lado la fruslería de seguir hablando de izquierdas y derechas, lo que dice Mieres es obvio y perogrullesco: si no fuera así, el P.I. no existiría fuera de aquél o de éste. ¿Para qué se hacen las alianzas, sino para unir en una empresa concreta a partidos de distinta raigambre ideológica? Por otra parte: ¿es que para administrar un municipio se requieren tantas identidades o semejanzas ideológicas, tantas proximidades filosóficas, tantas coincidencias de esos órdenes, que frustrarían antes de nacer cualquier intento de coalición, o alcanza con sentido común, inteligencia y honestidad naturales y habilidad administrativa? En otras palabras, no hace falta tanta “ideología” para mantener la ciudad ordenada y aseada, para organizar su tránsito, para ajustarla a los preceptos ecológicos y para manejar honesta y racionalmente sus gastos y sus entradas. Y aquellos defectos que les criticábamos a los partidos tradicionales, el clientelismo, el nepotismo, el acomodo, la pequeña corruptela, ¿acaso no han sido repetidos con creces por el F.A.? Descartando la buena intención, que supongo Mieres no negará a los dirigentes blancos o colorados, como yo no les niego ni siquiera a los frentistas, ¿carecen acaso todos aquellos, en el mismo grado en que han demostrado carecer todos éstos, de dichas simples y corrientes virtudes? Creo que por encima de todo debe existir, por supuesto, una base conceptual de respeto a la Constitución y a las leyes, de afecto por el sistema democrático y de respeto de la voluntad popular. Y entonces, ¿cree Mieres que blancos y colorados no las tienen, o las tienen en menor grado que los miembros del F.A.? Dicho más brevemente: ¿el P.I. debería preferir una alianza electoral o un gobierno con el F.A. que un acuerdo o algún apoyo a un gobierno de los partidos tradicionales? ¿O alguien supone que puede aguardar a ganar en soledad y que es preferible que el paso de muchos años nos coloque en la pole position?
“Por supuesto que esto no significa validar la gestión del gobierno departamental del F.A. ¡Por favor!”, dice Mieres. Bien: puesto que en las elecciones municipales no hay balotaje, y puesto que el ganador se lleva la Intendencia y la mayoría absoluta de la Junta Departamental como mínimo, si Mieres nos dijera qué otro procedimiento existe, como no sea la iluminación del Espíritu Santo, para derrotar por los procedimientos constitucionales al F.A. y sustituirlo por otra cosa mejor, posible y viable, para bien de los ciudadanos, estaríamos más felices. Pero que lo haga pronto y con argumentos razonables para indicar rápidamente una alternativa concreta que no sea esta “abominable” concertación blanquicolorada que incluso aceptaba nuestra presencia. De lo contrario, todo seguirá como está.
Y en vista de la posibilidad de que no lo haga, pienso que, mientras tanto, hacia adentro y hacia fuera del Partido, trabajaré en la medida de mis modestos recursos por la concreción del intento en Montevideo y en mi departamento de Canelones y en otros departamentos si cabe, y que muchos otros compañeros independientes quizás también lo harán. Y que después de que el Partido resuelva formalmente mediante sus congresos y convenciones sobre el punto, todos, inevitablemente, veremos qué hacemos.
Oscar Almada
Las Piedras (Canelones)
Sr. Director:
Lecciones a las autoridades educativas. Cuando los veteranos nos dan lecciones a las generaciones más jóvenes, siempre fue valorado positivamente. El viejo más sabe por viejo que por sabio, decía el proverbio. En la edición 1.710 de Búsqueda, un artículo de la página 5 revela que los jóvenes dieron a las autoridades (a sus mayores etarios y jerárquicos) de la ANEP, una lección que a los “viejos” les cuesta mucho asimilar, y que tratan de justificar lo bueno que pueda tener la decisión de los estudiantes bajo el argumento de la “seguridad”, para la cual también algunos jerarcas tienen reparo.
El artículo en cuestión era el de volver a usar uniformes en Secundaria, en todos los liceos públicos del país. Esta petición la hicieron los estudiantes al presidente Mujica, luego de largos debates y demandas que venían haciendo los estudiantes en los diversos institutos académicos.
Los argumentos son varios: desde evitar diferencias entre los más pudientes y los menos, de un sentido de pertenencia a una institución educativa mediante algo que los identificara públicamente, por un tema económico (usando la misma ropa para ir a estudiar y no gastar en toda una ropería) y hasta la seguridad, puesto que al llevar ropa más sencilla evitaría la tentación de obtener algo más exclusivo por parte de los amigos de lo ajeno.
Sin embargo, con pocas ganas de agarrar viaje se manifiestan las autoridades de la educación, llegando hasta mencionar que no les entusiasma la idea porque los retrotrae a la época de la dictadura (como si el uniforme fuese invento de la dictadura y tuviesen amnesia de los tiempos de la URSS). De todas maneras aceptarán los uniformes, pero no los harán obligatorios. Si no hay una norma que indique que los uniformes son para usarlos, me pregunto, ¿para qué los uniformes?
Personalmente, aplaudo a los estudiantes que tuvieron la capacidad de organizarse y decidir proponer cosas que les hacen bien a ellos (fue en Paso Severino, en Florida en 2012, en un congreso de estudiantes). Cosas prácticas que los hacen estar entre ellos mismos, con menos diferencias o con cosas que les son comunes, sobre todo aquellas que ni siquiera provienen de su propio mérito, ya que son los padres quienes tienen más o menos capacidad de comprar ropa de mejor calidad o a la moda. Estos jóvenes se movieron por valores que a veces ni las autoridades educativas ni sus padres en muchos casos, tienen.
La duda y los argumentos de las autoridades de la educación son reprobables. Y sobre todo, porque no entienden que los jóvenes también pueden enseñarnos.
Mag. Álvaro Sánchez Balcewich
Sr. Director:
He seguido con atención, primero, y creciente asombro después, la polémica entre el Ing. Juan José Puppo y el Sr. Steven Oliver, referida a la II Guerra Mundial. La misma se había centrado, al principio, en el tema de los bombardeos aéreos a la población civil, su carácter criminal y sobre quién comenzó con ellos.
El Sr. Puppo sostiene que comenzaron los ingleses.
Pero mi asombro colmó sus límites cuando el Sr. Puppo intenta justificar los bombardeos alemanes trayendo a colación la Guerra del Paraguay y el genocidio del pueblo paraguayo en el siglo XIX “por Uruguay, Brasil y Argentina con la amable complicidad de Inglaterra, en aras del libre comercio”.
¿La Guerra del Paraguay justifica a Hitler? Sería como decir que el genocidio de católicos en la Vendée durante la Revolución Francesa justifica el genocidio armenio, o el de Camboya por Pol Pot.
Y hablando de la Vendée, no puedo menos que citar al general jacobino Westermann (1), quien escribía triunfalmente a París, al Comité de Salud Pública: “¡La Vendée ya no existe, ciudadanos republicanos! Ha muerto bajo nuestra libre espada, con sus mujeres y niños. Acabo de enterrar a un pueblo entero en las ciénagas y los bosques de Savenay. Ejecutando las órdenes que me habéis dado, he aplastado a los niños bajo los cascos de los caballos y masacrado a las mujeres, que así no parirán más bandoleros. No tengo que lamentar un solo prisionero. Los he exterminado a todos”.
Por fortuna el general Wesertmann no tenía fuerza aérea.
Me parece que esto es demasiado. Ningún genocidio justifica los que lo siguieron.
Y si nos limitamos al tema de quién fue el primero que bombardeó deliberadamente una población civil indefensa como táctica de guerra, me parece ocioso concentrarse en quién bombardeó Freiburg el 11 de mayo de 1940. Las fuentes se contradicen y no es seguro si fueron los ingleses o la Luftwaffe por error. Y, además, este fue un hecho bélico más en la larga cadena de horrores que desencadenó la guerra.
El tema relevante es quién fue el primero que decidió utilizar tácticas de guerra aérea como forma de quebrar la voluntad de resistir del enemigo, aniquilando una población civil.
Digamos que el primer bombardeo deliberado de una población civil indefensa y pacífica en Europa, sucedió en Guernika, el 26 de abril de 1937, durante la Guerra Civil Española. Y los que lo hicieron fueron los aviones alemanes de la Legión Cóndor. No fue un error, ni un mal cálculo; se procedió así en forma tan deliberada como criminal.
Repito que eso fue en Europa, porque en realidad los japoneses ya habían hecho uso y abuso de las tácticas de terror aéreo durante la guerra de conquista de China durante todos los años treinta. Pero esa fue la primera vez en Europa.
Y en cuanto a bombardeos deliberados de ciudades en esos días aciagos de abril y mayo de 1940, cito los hechos de la invasión alemana a Holanda (neutral hasta ese momento): “A primeras horas de la mañana del 10 de mayo de 1940, la reina Guillermina fue despertada y llevada a un refugio. Sin previa declaración de hostilidades, Alemania había iniciado la invasión lanzando paracaidistas para tomar los lugares estratégicos y capturar al gobierno y a la familia real. A las pocas horas, el reino de los Países Bajos declaraba la guerra a Alemania y ofrecía su apoyo a los aliados. Los soldados holandeses opusieron una firme resistencia y, al final, Alemania solo pudo forzar su rendición tras el devastador bombardeo de Rotterdam, que causó unos mil muertos y un incendio que destruyó 30.000 edificios y dejó a unas 80.000 personas sin hogar. Ante las amenazas de proceder igual contra otras ciudades, el gobierno se rindió el 15 de mayo”. (2)
El bombardeo de Rotterdam sucedió el 13 de mayo.
No creo que el bombardeo de Freiburg (el 10 de mayo) justifique ni explique el de Rotterdam. En especial porque el segundo fue un acto criminal deliberado y utilizado como arma de guerra. El ataque estaba fijado para las 13:20. El general alemán Schmidt ordenó posponerlo hasta las 16:30 y solicitó al Jefe de la Guarnición de Rotterdam, el coronel Scharroo, iniciar las negociaciones para rendir a la ciudad bajo amenaza de arrasarla. Antes de recibir la respuesta holandesa, y a la hora original de las 13:20, la Luftwaffe desató el ataque en el que 90 bombardeos Heinkel 111 descargaron sus bombas y arrasaron el centro histórico de la ciudad. La Luftwaffe no respetó ni siquiera la hora fijada por Schmidt para esperar una respuesta.
Por lo tanto, la política de utilizar la fuerza aérea y los bombardeos masivos de poblaciones civiles como forma de quebrar la resistencia del enemigo era una táctica militar aceptada y practicada por los nazis desde 1937 por lo menos. Así que mal pueden quejarse de lo que les pasó después. Desgraciada Alemania, cuya población debió sufrir el horror de una guerra que los nazis (y no los alemanes) provocaron.
Y esto no justifica cualesquiera excesos, errores y crímenes que puedan imputarse a los responsables de la guerra aérea del lado aliado. Siempre pensé que el bombardeo de Dresde fue un crimen de guerra, mucho más injustificado y gratuito que el lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.
Por fortuna para la humanidad, de tantos males y barbaridades surgió al final la derrota del nazismo, del racismo europeo, del fascismo y de los diversos holocaustos con los que ensució la conciencia moral de la humanidad. A Dios gracias, y por el sacrificio de tantos hombres, enterramos al monstruo.
Cualquier tentativa de justificar a los nazis, merece el repudio de todos.
(1) Rino Cammilleri. Los Monstruos de la Razón. Viaje por los delirios de utopistas y revolucionarios. Rialp, Madrid, 1995. (Confr. Reynal Secher. Le genocide franco-français. La Vendée-Vengé. Puf, París, 1988.)
(2) Segunda Guerra Mundial - tomo 3 (Guerra contra Noruega y los Países Bajos 1940)- Obra colectiva bajo la dirección de Lucas Molina y otros. Editorial Planeta Argentina SAIC) pág 12.
Fernando Aguirre Ramírez
Sr. Director:
Dado que en la edición pasada de Búsqueda ingresó otro lector, el Dr. Fernando Alberto Mazzoni, al debate sobre este tema, quisiera efectuar alguna puntualización, dando con esto por terminada mi intervención en razón de que Búsqueda no es —ni puede serlo— una mesa de debate permanente sobre tal o cual tema, ni los lectores debemos abusar de esta sección que se nos pone, transitoriamente, a nuestra disposición.
El Dr. Mazzoni mencionaba al escritor británico Richard Overy, al que conozco, habiendo leído su obra “Interrogatorios”, referida a las miles y miles de preguntas que se efectuaron a los acusados en Nüremberg antes del juicio, cuando estaban detenidos.
La victoria moral que se menciona es más que dudosa. Si tenemos en cuenta que la causa (¿o habrá sido el pretexto?) de la guerra fue Polonia, no alcanzo a comprender de qué victoria moral se habla. Polonia quedó, transitoriamente, dividida entre la ocupación alemana y la soviética, luego fue ocupada totalmente por Alemania y desde 1945 hasta 1989 quedó convertida en un satélite soviético. ¡Prácticamente durante 45 años! Si esa es una victoria moral, ¡cómo serán las derrotas!
Por otra parte, hablar de victoria moral de un bando en el cual se incluyó a los creadores del gulag, los artífices de la horrenda matanza de Katyn contra los polacos, los que pretendieron invadir Finlandia ya en 1939 y que durante 45 años sometieron a su yugo a toda la Europa Oriental y casi toda la Central no deja de resultar una gran ironía. Se me dirá que Hitler atacó a la ex URSS, pero ello no obligaba a los anglosajones a hacer una causa común con ella, pudiendo efectuar una campaña paralela.
Ya lo vio, tarde, Mr. Winston Churchill, cuando se refirió a “la cortina de hierro”.
Creo que Occidente no tiene mucho que alardear de su “victoria moral”, seguida de décadas de guerra fría en las que el mundo contuvo el aliento ante una posible hecatombe nuclear.
Dr. Esc. César Eduardo Fontana