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Tiene 1.400 millones de habitantes, una sociedad cerrada, comunista, y una economía abierta, de mercado. Para los creadores no debe ser fácil escribir, componer música o filmar historias sin pasar por la censura oficial. Gao Xingjian, Premio Nobel de Literatura, se tuvo que exiliar en Francia después de los trágicos disturbios ocurridos en la plaza de Tiananmén (que también se la conoce como plaza de la Puerta de la Paz Celestial, qué ironía), donde participó junto a otros estudiantes. Lo cierto es que se trata de una de las culturas más distantes y distintas de la occidental. China es una potencia. China es un misterio. China es un horror. China está lejos. Nuestras ideas e información sobre este gigante que aparece pintado de verde en los atlas y mapas siempre son tangenciales, fragmentadas, incompletas. El viaje de algún conocido nos trae noticias. A veces algo pescamos gracias a la literatura. Y por supuesto está el cine.
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Hay directores chinos que forjaron una destacada carrera internacional, como Zhang Yimou (Sorgo rojo, Ju Dou, Esposas y concubinas, Ni uno menos), Ang Lee (Comer, beber, amar, Sensatez y sentimientos, Hulk, Secreto de la montaña) o Wong Kar Wai (Felices juntos, 2046, Con ánimo de amar, El sabor de la noche).
Uno de sus más prestigiosos cineastas de los últimos tiempos, Jia Zhang-ke (Naturaleza muerta, Lejos de ella, El mundo, Un toque de violencia) ha dicho que mientras no te metas con Mao y la Revolución Cultural ni con el Asunto Tiananmén, podés trabajar con relativa tranquilidad.
Lo cierto es que en los últimos días dos películas chinas de dos realizadores de apenas 30 años o menos entraron en la selecta categoría obras maestras. Por un lado Un elefante sentado y quieto (2018), de Hu Bo, exhibida en el reciente Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, organizado por Cinemateca. Dura cuatro horas y tiene un estilo duro, seco, despojado de todo intento de belleza para seguir en un solo día a cuatro personajes desvalidos en una ciudad industrial al norte, con el aire viciado por la polución y la asfixia del sistema comunista, cerca de la frontera con Rusia.
Un adolescente que se ha peleado con otro en el liceo por un celular robado; un viejo a quien su familia sugiere todos los días la opción de terminar sus días en una casa de salud; una muchacha que ha tenido una relación prohibida con su profesor; un joven mafioso que persigue al primer adolescente porque el otro, con el que se ha peleado, es su hermano (“una mierdita pero hermano al fin”). De un modo coral estas vidas quebradas y sucias van y vienen, se cruzan y pretenden desembocar en Manzhouli, donde parece que hay un elefante sentado que contempla el mundo del mejor modo posible: despreocupado.
Los actores dejan la piel en esta historia desesperada, de suicidas, en la que también dejó literalmente la vida el guionista y director Hu Bo: una vez terminada la película, se mató en Pekín, a los 29 años. Debe ser muy difícil ser rebelde en China.
Había hecho dos cortos y escrito dos novelas, en una de las cuales se basa Un elefante sentado y quieto, su único largo. Al parecer tenía problemas con los productores, que le reclamaban que acortara el metraje, a lo que Bo se oponía con todo su ser. Hay varios momentos tremendos, pero uno de los más logrados ocurre en una pendiente desde donde se contempla la ciudad y se escuchan sus ruidos ambientales, las bocinas de los autos, los trenes que pasan, un altoparlante que anuncia horarios y salidas de autobuses en una estación; la luz del atardecer decrece en tiempo real mientras los personajes se debaten entre la vida y la muerte, entre una posibilidad de algo y la nada. Bo admiraba a Béla Tarr y algo del húngaro se cuela en su creación.
Con la misma edad que tenía Hu Bo cuando se suicidó, Gan Bi rodó su segunda película, Long Day’s Journey into Night (2018, dos horas y media), una de las experiencias visuales más alucinantes en mucho tiempo. Lo que en Hu Bo era realismo sucio y desesperación, en Gan Bi resulta ser de un afán exquisito y de paladar negro. Claro, no hay lucha de clases ni moral dominante ni neoliberalismo devastador. Es romanticismo puro. Se trata de un detective que busca a una mujer misteriosa por los cofines de la tierra, y esos confines pueden ser una mina abandonada o su pequeño pueblo natal. También es un viaje por la memoria, porque esa mujer es tan real como imaginaria (“el cine está hecho de ficción pura, en cambio los recuerdos mixturan realidad y ficción”, dice el protagonista).
La ambientación es de serie negra, porque esta película podría ser un policial, o un ejercicio poético en busca del amor, o una experiencia onírica de contornos tan definidos como alucinatorios. En la mitad de la historia el detective entra en un cine y se coloca unos lentes negros de 3D. A partir de allí el espectador también puede hacer lo mismo si está en una sala equipada con tecnología 3D, aunque la magia del cine bien hecho no necesita de ningún objeto que parezca de verdad estar ahí. Lo que desfilará ante sus ojos en esta segunda parte es un asombroso plano secuencia de… una hora, lo más parecido a uno de los mejores sueños que se puedan tener y una de las tomas antológicas de la historia del cine, así nomás. A Bi le dijeron que era imposible ese movimiento de cámara que quería realizar, con drones y aparatos superlivianos y no sé cuántas cosas más y dificultades insoslayables. Y Bi, que es un gordito de lentes con una mirada de no me importa si estoy bajo el comunismo o el liberalismo o el cacaísmo, lo hizo.
Si Ho Bu tenía como referente a Béla Tarr, el faro cinematográfico de Gan Bi es Tarkovski, y más específicamente Stalker, película que tiene una clara presencia en Long Day’s Journey into Night.
China tiene millones de chinos y un aparato estatal que en buena medida debe aplastar a sus habitantes. Pero también tiene capacidad de autorregeneración para decir cosas desde la individualidad más jugada, como estos dos cineastas que, desde diferentes posiciones y puntos de vista, han hecho del cine una forma de arte.