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He pasado enero en mi cabañita de una playa de Rocha. En estos 20 años la metamorfosis a mi alrededor ha sido mucha. Cuando llegué solo había unas 50 casas en un enorme territorio verde, prado puro donde pastoreaban vacas y pasaba como un mito griego una manada de caballos que aparecían de la nada. Por supuesto, de cada punto se veía el mar. El mar de verdad, desde donde llegaban los piratas franceses a comerciar con los indios cueros.
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Pero mi cabañita está a solo un kilómetro de un balneario que se ha puesto frenéticamente de moda. No me puedo quejar, mi terrenito se ha valorizado; de no tener luz ni ninguna suerte de servicios he pasado a vivir unas vacaciones confortables.
Las vacas desaparecieron, así como los caballos. Eso implicó un cambio ecológico: la zona se infestó de árboles extranjeros, feroces, las acacias. Se comen el espacio como monstruos llegados de planetas de plantas carnívoras.
Entre las acacias se ocultan los chorros. No es fácil explicar al chorro que se desliza en las playas de Rocha. Pueden ser cinco obvios muchachones en cuyas mochilas llevan, supongo, buenas tenazas para romper ventanas y demás implementos. Que saben rellenar de laptops y smartphones.
Luego están los chorros veraneantes. Son aquellos que acampan, se dejan rastas, tienen tatuajes que ocupan el 60% del cuerpo, hacen música, van a la playa, desayunan fuera del almacén con cerveza y, de pronto, en la mitad de la indolencia, ¡zas!, realizan un hurto divertido.
Puede suceder que vean una ventana abierta y lleguen hasta un bolso argentino con 5.000 dólares. (Los argentinos suelen venir con dinero en efectivo; sus bancos son muy complicados).
O que haya una puerta abierta mientras la señora de la casa está en el fondo lavando ropa: lo único codiciado que logran ver en 30 segundos es una lata de ananá en almíbar.
Tomarla es fácil; comérsela, una delicia. (Me pasó: ¡volví de tender ropa y mi lata había desaparecido!).
Y puede que, paseando por la orilla del mar, se topen con los enseres de una tía y un sobrino que están zambulléndose en las olas. Entonces los toman de la arena, con sencillez. Si la tía sale corriendo aullando ¡ladrones!, y el niño llora detrás, entonces quizás le tiren la bolsa (con celular, monedero, llaves), los zuecos de goma y le espeten, burlones: “¡Pero si es material reciclable!”. Incluso podrán gritarle a esa mujer, que ya no es joven: “¡Dale, tirame mil dólares!”.
Y tal vez irrumpan varios chorros-lúmpenes-turistas en el almacén cuyos propietarios son una familia esforzada. Y se pongan a abrir las heladeras al mismo tiempo, tocando todas las góndolas, despistando a los almaceneros, volviéndolos locos.
Y así, comer y beber se hace divertido, gratis, encantados de la facilidad de la vida, con la sensación de haber cumplido la ejecución de sus derechos.
Derecho al veraneo, porque los burgueses que ahorraron para comprarse una casita y que usan su licencia cortando el pasto para ellos no son más que gente despreciable.