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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl 8 de noviembre, a las 4 am, finalizábamos un trasplante de hígado.
No solo era “el trasplante número 100”; fueron 100 oportunidades de vida a esos pacientes. La gran mayoría pudo tomar esa posibilidad y hoy los vemos criar a sus hijos, reír de cara a la vida, recuperar sus empleos, ocupar sus roles en la familia y reinsertarse a la sociedad. Roles de mamá, de esposa, de mujer, de hombre. Médicos que trabajan nuevamente con pacientes, ingenieros, deportistas, amas de casa, jóvenes que retoman sus estudios, mujercitas que se convierten en mujeres y en madres.
“Nuestros pacientes”, sí. Perdón si los hacemos “propios”, pero quedamos ligados afectivamente a ellos por siempre. Incluso a riesgo de involucrarnos “demasiado”. No podemos cumplir los consejos de “distancia” que a veces nos recomiendan. La vivencia es demasiado dulce y tentadora como para resistirse a quererlos mucho.
Lo más triste de la medicina es perder un paciente. Cuando ello pasa, solo nos consuela parcialmente brindarle la posibilidad de más vida a otro paciente. No sé por qué circunstancia de la vida nos tocó a nosotros (a mí en este caso) la bendición de esa alquimia...¡somos afortunados!
Nuestro equipo es el instrumento de la transformación: canaliza la corriente de la vida desde un órgano aún vivo hasta un paciente a quien la vida se le escurre desesperadamente por los dedos como arena. Es una experiencia que no puedo explicarla con palabras: no hay dinero que pague la posibilidad de ser partícipe por un minuto de esa sensación, de ese milagro.
Tengo muchos agradecimientos. Empiezo por el profesor Gómez Fosati (cirujano coordinador del equipo), a quien imagino en paz, satisfecho y feliz en un sitio blanco. Luego las autoridades, todas: los directores de los hospitales (en mi caso, del Militar) que han confiado en nuestro equipo, los ministros de Salud Pública y de Defensa Nacional, el Fondo Nacional de Recursos que nos permite ofrecer este regalo a cada uno de nuestros ciudadanos, la Fuerza Aérea que pone a disposición pilotos, recursos y aviones, Sanidad Militar, los departamentos de Transporte, los técnicos electrónicos y todos y cada uno de los participantes en un operativo de trasplante que son decenas. También agradezco a los que no están en el operativo pero lo hicieron posible: médicos y autoridades del instituto de donación de órganos y tejidos, y seguro más decenas que en este momento no se me vienen a la mente pero están.
Agradezco a nuestras familias. Si ustedes visualizan la imagen de una familia en Uruguay, mirando la tele hasta la madrugada, con el corazón en la boca de la ansiedad, esperando poder dar rienda suelta a ese grito de festejo, seguro se imagina la final del Mundo entre Uruguay y Argentina. ¡No! Lo que esperan es la llamada desde la sala 1 del Block Quirúrgico del Hospital Militar en la que les decimos: “el hígado respondió bien... está arrancando... el paciente está bien”. Y así se van a descansar. Ellos son grandes anónimos de esta historia. Quienes regresamos a casa luego de muchas horas de pelear contra “La Parca” para arrancarle una vida, necesitamos no solo aire, agua y descanso. También necesitamos el beso y la sonrisa de quien nos espera. Nuestras familias nos recibieron 100 veces con amor. ¡Gracias!
Para terminar quiero mencionar y no puedo a 200 personas: 100 valientes receptores y 100 generosos donantes. Estoy segura de que quienes no están en esta tierra, tienen sus almas bien mimadas. Hay alguien o algo que las cuida. La gente le pone muchos nombres: a mí me gusta decirle Energía de Amor.
¡Qué vida tan dura, feliz, intensa y plena estoy viviendo! Gracias, gracias, gracias.
Dra. Karina Rando
Unidad Bi-Institucional de Trasplante Hepático
UDA Centro Nacional Hepato-Bilio-Pancreático
Anestesia HCFFAA