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No fue un año cualquiera. En 1998, Jim Carrey estrenó una de sus mejores películas, The Truman Show. Para muchos, la demostración de que además de ser un payaso genial también era un intérprete fascinantemente complejo y versátil. De hecho, Carrey es un payaso genial porque es un actor versátil, complejo y fascinante. Solo que la historia empezó a contarse por el lado de la caricatura. Primero emergió el príncipe de la morisqueta, las populares Ace Ventura, La máscara y Tonto y retonto, con las que le suministró a la comedia guaranga nuevas capas de demencia. Y en 1998, además de estrenar The Truman Show, Carrey interpretó a Andy Kaufman en El mundo de Andy, película consagratoria que le produjo algo más que esa tan esquiva legitimación. Sencillamente, le cambió la vida.
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El filme dirigido por Milos Forman (Atrapado sin salida) es una biopic de Andy Kaufman, cómico estadounidense de fines de la década de 1970 y comienzos de 1980 cuyo estilo, más que en hacer reír de primera, consistía en incomodar, desorientar al público. Carrey ha sido y sigue siendo fan declarado de este peculiar humorista. Cuando supo que Bob Zmuda, socio creativo de Kaufman, estaba produciendo una película sobre su ídolo, se comunicó con él para ganarse el papel. Zmuda y la familia de Kaufman, fallecido en 1984 debido a un cáncer de pulmón, consideraban un acierto que lo interpretara en la pantalla. Al que no le parecía buena idea era a Forman, el director. La estrella llevaba años sin necesidad de hacer una audición. Sin embargo, para demostrar que era el indicado, grabó un video personificando al biografiado. Zmuda vio la audición y se le cayeron las lágrimas. Para cuando Forman vio el compilado ya no hubo mucho más que decir.
El ingreso de Carrey al proyecto fue una de las noticias del año en Hollywood. El papel que querían Tom Hanks, Edward Norton y Nicolas Cage se lo llevaba el guarango ese. Si bien The Truman Show lo mostró en un registro hasta entonces desconocido, para muchos seguía siendo un imitador. Uno excelente, pero imitador al fin. Luego, los accidentes producidos por el comportamiento de la estrella en el rodaje atrajeron la atención de la prensa. Al parecer, Carrey estaba pasadísimo de rosca. Se comentaba que se había metido en el personaje de un modo alarmante y patético. Que dentro y fuera del set hablaba como Kaufman, fumaba como Kaufman, vestía como Kaufman, practicaba meditación como Kaufman, comía lo mismo que comía Kaufman y, en determinado momento, vivía como si estuviera enfermo de cáncer... como Kaufman al final de sus días. Nadie podía llamarlo Jim sencillamente porque Jim no estaba allí. Debían llamarlo Andy. O Kaufman. Y cuando Andy no estaba, aparecía Tony Clifton. Sacos de dudoso gusto, gafas de sol, patillas gruesas y un cerquillo indigno, este cantante de Las Vegas irrumpía en escena entre gruñidos e insultos, destilando hacia el mundo un misterioso e insólito desprecio. Tanto Kaufman como Clifton negaban la conexión entre ambos. Clifton, además, decía detestar al humorista.
Todo el delirio del set de El mundo de Andy fue registrado por una especie de segunda unidad, con la intención de generar material de prensa y difusión. Pero, según Carrey, Universal Pictures finalmente no quiso que el contenido se viera para no dejarlo “como un imbécil”, algo que seguramente repercutiría de manera negativa en el destino comercial del filme. Entonces, el registro permaneció guardado en las oficinas del actor durante casi 20 años. Hasta ahora. Porque el documentalista Chris Smith tuvo acceso a las más de 20 horas de grabaciones y se encargó de darle orden. Y un título acorde: Jim y Andy (Jim & Andy: The Great Beyond-Featuring a Very Special, Contractually Obligated Mention of Tony Clifton).
En los últimos años, especialmente tras el suicido de su exnovia Cathriona White en 2015, el actor ha tenido muy pocas apariciones en público. Y las pocas veces que se ha dejado ver descolocó con sus declaraciones a más de un periodista. Jim y Andy (nuevo documental de Netflix) ofrece alguna pista acerca de lo que está pasando en el mundo de Carrey. Una larga entrevista al actor, de barba poblada y mirada de cachorro, es el hilo conductor del filme, que también se vale de imágenes de sus primeras imitaciones y actuaciones, junto con el alucinante backstage que muestra las distintas etapas de la metamorfosis. Hay escenas antológicas. “Jim Carrey quiere agradarle a todo el mundo, es su peor enemigo”, gruñe Clifton, a quien se lo verá también paseándose en camiseta con una bolsa de papel cubriéndole la cabeza o hablándole de pesado a Forman. “Nunca he lidiado con alguien como Andy”, le dijo Forman a Carrey durante una conversación telefónica. Y le confesó que, además, nunca se había sentido intimidado por otro hombre. Hasta que apareció Clifton.
Todo esto está muy bien y es extravagante, curioso y divertido. Aunque no es más que la superficie. En realidad, es la carnada. La ambición, la fama, la identidad, lo que ocurre después de que uno consiguió todo lo que quería —o lo que supuestamente quería— son parte de un asunto mayor. Lo que comienza como la exploración de cómo un actor se sumerge en un personaje se revela como un trascendental y conmovedor viaje de autoconocimiento y liberación. Al ingresar en Kaufman, Carrey mandó a su ego de vacaciones. Y, como Truman Burbank en The Truman Show, el actor que estuvo viviendo para la mirada y la aprobación de los otros, dijo adiós. Abrió una puerta y se metió sin saber lo que lo esperaba al otro lado.