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    Como en una fábula de Esopo

    Hace poco, un canadiense cansado de ver a su hija de 19 años sufrir constantes ataques de jaqueca, la mató. Ya no sufre más, escribió en Facebook.

    Pero esa “solución” al dolor de cabeza de su hija generó nuevos problemas. Por eso mató a su esposa, “para que no viviera sufriendo con el dolor de haber perdido a una hija”.

    Consciente de la monstruosidad de sus hechos, pues así lo escribió en las redes sociales, el hombre mató a su hermana, “para que no sintiera vergüenza por lo que él había hecho”.

    Este canadiense es un hombre realmente preocupado por el bienestar de los demás. O entonces es un enfermo mental, un extraño caso de vaya uno a saber qué taras pesadas.

    A fines de los 40, el proficuo escritor belga Georges Simenon escribió Los fantasmas del sombrerero. En la somnolienta ciudad de La Rochelle, un hombre bonachón de buenos modales y calma enciclopédica, vivía donde siempre había vivido la vida que siempre había vivido.

    Monsieur Labbé era sombrerero e hijo de sombrerero y su existencia giraba en torno a dos ejes: su hogar, con el taller de sombreros en la planta baja, y sus partidas de bridge con sus amigos de infancia al caer la tarde. Siempre a la misma hora en la misma mesa.

    Cansado de ver sufrir a su mujer —y sobre todo cansado de que su mujer, desde la cama, lo tiranizara minuto a minuto— monsieur Labbé la mató. La liberó de su dolor. Le ahorró un cúmulo de futuros sufrimientos.

    Pero esa solución generó nuevos problemas. ¿Qué hacer con el pequeño grupo de seis amigas íntimas de madame Labbé que cada mes de diciembre pasaban religiosamente a saludarla en su cumpleaños?

    Una a una, las amigas de madame Labbé pasaron a mejor vida. La dinámica desencadenada por la muerte de la esposa del apacible sombrerero, condicionada por una lógica a prueba de argumentos, exigía que ningún testigo de “la cama vacía” siguiese en vida.

    Por eso, cuando la mucama entró por un descuido al dormitorio de la pareja —lugar de la casa que le estaba prohibido— y descubrió, horrorizada, que no existía una madame Labbé, el sombrerero no tuvo otra opción que matarla a ella también. Por su bien.

    No estamos frente a un problema policial ni psiquiátrico. No se trata de casos aislados de enajenación mental. Estamos, por el contrario, frente a un caso típico y eterno, propio del mundo de las fábulas.

    Por ejemplo, aquel sabio relato de Esopo en el cual para solucionar el problema causado por los ratones se trae un gato a la casa, el cual ahuyenta a los ratones pero se convierte en un problema mayor que obliga a encontrar la solución de un perro que ahuyente al gato, pero que genera un problema mayor aún.

    Y así, las supuestas soluciones y los nuevos problemas se van entrelazando y agravando hasta que se vuelve al punto de partida.

    Este principio de falsas soluciones es majestad en la vida cotidiana de los pueblos, sobre todo en la de algunos pueblos en especial.

    Me refiero a esas autoridades nacionales o provinciales o incluso municipales o sindicales que atraídas por la voluntad de atraer votos (elemento esencial para mantenerse en el poder) encuentran soluciones que generan mayores problemas, cuya solución empeora la situación anterior.

    En ese punto radicó justamente la fuerte crítica de Tony Blair a la dirección del Partido Laborista británico luego de las últimas elecciones británicas.

    Fue, según Blair, esa lógica de buscar soluciones equivocadas que embretaron al partido en una insensata y fatídica senda izquierdista.

    Lo mismo sucedió en el Río de la Plata hace unos años, en ocasión del conflicto por las pasteras. Deseoso de buscar apoyo y votos en la población de la provincia de Entre Ríos, el gobierno Kirchner encontró “soluciones” que terminaron por llevar las relaciones entre Argentina y Uruguay a un inusitado grado de envenenamiento del cual todavía no se ha podido salir.

    La fábrica de pasta de madera en la costa de Fray Bentos sigue ahí, produciendo como nunca se había pensado, pero las relaciones bilaterales quedaron dañadas y esa situación ha generado nuevos y mayores problemas a ambos países.

    Al igual que en un drama de vendetta siciliana, ya nadie recuerda cuándo comenzó el litigio ni quiénes lo impulsaron, buscando supuestas soluciones cuya consecuencia fue crear mayores problemas.

    En las cosas grandes y en las cosas chicas, la racionalidad siempre ha perdido la partida. Quienes aseguran que el hombre nada ha aprendido de la historia encuentran en estos sucesos motivos más que suficientes para cultivar su escepticismo.

    Son mis correligionarios existenciales.