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    Con el alma de Quiroga

    Tunda Prada y su último libro gráfico: 7 Historias

    En la tapa hay una silueta negra en la que solo se distinguen dos enormes ojos blancos, bien abiertos por el miedo. Ese dibujo representa muy bien el tono de este libro que trabaja con misterios, temores y extrañezas que provienen de vivencias personales, de relatos alguna vez escuchados y, sobre todo, de mucha observación de lugares y personas. En 7 Historias, su último libro gráfico, Luis “Tunda” Prada transita por el campo canario, las dunas de Rocha, las rías de Galicia y por el territorio de los indios onas en Tierra del Fuego. También por el Barrio Sur, donde el autor vive en una casa reciclada, a pocos pasos de la esquina de arranque de las Llamadas. Dibujante y cofundador de las revistas El Dedo y Guambia, fue autor durante años de El Flaco Jesú, una de sus historietas más recordadas. Además de guionista, director de animación y docente de su propio taller, Tunda es también músico y su disco más reciente se llama Paisano. La casa del Barrio Sur es enorme, con un patio central al que dan las habitaciones. Allí funciona su taller y el estudio donde se filma La Mano que Mira, el programa que se emite por TV Ciudad y que él dirige. En medio de caricaturas, lápices, papeles y afiches, Tunda recibió a Búsqueda y mantuvo la siguiente entrevista sobre su nuevo libro, que narra a través del dibujo y de la palabra.

     

    En los últimos años hay una auge de los libros gráficos. ¿A qué se debe?

    —El motivo son los Fondos Concursables del Ministerio de Educación y Cultura. Cuando se crearon estaba Manuel Esmoris, a quien le interesaba el género e incorporó el relato gráfico al llamado. No se sabía qué podía pasar, la masa de historietas era la de los fanzines, con un público y mercado reducidos. Los autores miraban hacia otros mercados, no con la intención de venderles, sino copiando otras experiencias. Que me perdonen si los ofendo, pero hay ejemplos de lo que hacían que se parecía mucho a lo de otros lados, en la línea del cómic norteamericano. Con los Fondos se lanzaron al mercado una serie de libros con una mejor edición y subsidiados por el Estado. En mi caso también me agarré de eso. Tengo la editorial Alma Zen, con la que vengo editando otros libros.

    En 7 Historias hay relatos que vienen desde la infancia. ¿Llegó ahora el momento de contarlas?

    —No solo son de mi infancia, hay también vivencias que he ido acumulando con el tiempo. Creo que todo autor necesita de sus experiencias porque de allí salen sus historias. Eso es lo que me pasó a mí, algunas las escuché, otras las viví. Lo que hago es recrearlas a mi modo. El fantasma de la leva surgió de una historia que le escuché a mi madre, que seguramente se repitió en muchas familias de esa época. Ella contaba que cuando pasaron las fuerzas de Aparicio Saravia por el campo donde vivía mi abuelo, que tenía 12 años, su madre lo escondió y los demás hijos, que eran 12, se fueron a la guerra. Ese relato que ella cuenta, yo lo mezclé con una historia de hermanos de sangre que tuve con un amigo. 

    Todos los relatos tienen algo de misterio y algunos son bastante aterradores...

    —Me gustan mucho Quiroga y Paco Espínola, por lo directo y fuerte de sus relatos. Mi hijo chico cuando vio que en una historia le cortaban la oreja a un indio, me dijo: “Papá, esto no lo va a querer leer nadie”. Pero a mí me parecía que el bofetazo había que darlo. No es morbo, es algo muy poderoso a lo que le agrego un epílogo para traerlo a la realidad, como diciendo: “Pasó algo de esto”. También quise que el misterio tuviera algo de poesía, a través del dibujo y del texto, jugar con el tiempo y el suspenso de un cuadro a otro.

    ¿Quién era Zenón Larrosa?

    —Ese es un nombre inventado, no recuerdo cómo se llamaba el personaje real. En Soledad quise contar una sensación que tuve de niño cuando estaba en el campo e iba a comprar huevos a un rancho perdido. Parecía un gallinero, pero era el cuarto del tipo. Él estaba en la cama y me daba un miedo terrible. En el cuento, el niño va a caballo, lo más lento posible porque no quiere llegar. Cuando llega ve una cama, pero no distingue quién está allí. ¿Qué es ese lugar extraño donde las gallinas ponen los huevos arriba de la cama? Solo eso es terrible. Esa soledad la he visto en varios lugares del campo. Hay mucha gente que vive en sus guaridas, a veces en un rancho miserable. Pasé una temporada en el campo ayudando a un cuñado cuando tenía 12 años, y quise expresar esa angustia permanente desde la mirada de un niño. Ahí conocí muchos personajes increíbles que podrían generar historias. Uno era un tropero que se llamaba Martello, que tenía un novio que se llamaba Chulo. Imaginate en esa época. Cada uno tenía su casita, y como se celaban, se tiraban tiros. Era un Far West decadente. Y de esas historias tengo miles. 

    Por allí anda también una playa muy similar a Valizas...

    —En Valizas también hay una fuente de historias. Yo tenía un rancho, que se lo llevó el mar, y tenía mucho contacto con los pescadores. Estaba el viejo Veiga y su esposa, la Nena, que tenía 23 hijos; era la madre de todos los Veiga. El viejo andaba en un alazán con sombrero aludo negro, allá por el 83, cuando yo llegué a Valizas. La historia que cuento pasó muchas veces, la joven que queda embarazada de un pescador.

    ¿Los dibujos están hechos en la computadora o en papel?

    —Una sola de estas historias la armé como un collage en la máquina. Las otras son todas originales en papel. La intención era hacerlo así, porque en este tiempo todo está hecho en la computadora. Estoy programando, seguramente para marzo, una muestra con los bocetos. La idea es llevarlos de gira por el país. Es una injusticia que a veces no se conozcan los originales de los autores. 

    Guambia fue una revista muy audaz y muy “políticamente incorrecta”. ¿No hay más lugar para una publicación así?

    —Cuando surgió Guambia, al final de la dictadura, había consenso en que había que echar a los militares. Después la revista se fue decantando más hacia la izquierda y vino el primer gobierno del Partido Colorado y después el de los blancos, entonces la revista se puso del lado de la oposición. El humor funciona por la contradicción, la exageración, la caricaturización. Marcar la contradicción es ser de la oposición. Peloduro, que era del Partido Comunista, decía que siempre iba a ser opositor. Seguramente si ahora viviera lo sería, o por lo menos marcaría la contradicción. Pero no hay medios para el humor gráfico, o todo lo que hay es muy establishment

    Con los atentados a Charlie Hebdo en París se abrió una discusión sobre las caricaturas. ¿Hay límites para el humor?

    —El humor burdo me parece un error. No estoy justificando para nada la locura y el fanatismo absurdo de los extremistas árabes y los límites a los que han llegado. Pero no sé qué sentido tiene mojarles la oreja. Para mí el humor tiene que ser sutil, ahí está la riqueza. Creo que esto no pasó con los caricaturistas de Charlie Hebdo, fueron muy directos con chistes burdos y ofensivos. Por supuesto que puedo compartir la crítica que hacían, pero ¿qué sentido tiene hacer esos chistes tan adolescentes e irresponsables?

    ¿Cómo fue trabajar para el documental Jamás leí a Onetti?

    —Un día llegó Pablo Dotta, el director, y me dijo que se le había ocurrido la idea de que Onetti había prendido fuego a Santa María en un cuento. Entonces me planteó: “¿Y si recreás Santa María y después la prendemos fuego? Lo tomé tan al pie de la letra que prendí fuego los bocetos y no me guardé ningún original. No existe una interpretación gráfica de Santa María, salvo un esquema con pocas rayas, muy básico, hecho por Onetti. Él generó un universo increíble, que se asimila a esos pueblitos quietos de acá y de Argentina. Estuve viviendo en Bolívar unos años, en la provincia de Buenos Aires. Un día llegó un tipo vendiendo rifas, se instaló en un auto en la plaza y se puso a vender. El canal de televisión para el que yo trabajaba le hizo publicidad. El tipo vendió un montón y después desapareció. Todo el mundo se preguntaba: “¿Y las rifas?”. Decime si no es un personaje para una historia de Onetti.

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