En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Ciertas veces, la relación entre la crítica especializada y los artistas se torna ríspida, desagradable. El día en que la revista “Down Beat” calificó el disco “Mr. Gone” de Weather Report con una estrella de cinco posibles, los integrantes de la banda —con Zawinul, Shorter y Pastorius a la cabeza— mostraron su disconformidad y de inmediato pidieron al editor de la publicación la posibilidad de una respuesta, que apareció en el número siguiente. Algo similar le ocurrió al pianista Dave Brubeck, quien falleció el pasado miércoles 5, un día antes de cumplir los 92 años, cuando el crítico musical Ira Gitler calificó en la misma revista y con dos estrellas el disco “Time Out” (Columbia, 1959), que luego se convertiría —en gran parte gracias al tema “Take Five”, del saxofonista alto Paul Desmond— en uno de los más vendidos e influyentes de la historia del jazz.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En descargo de Gitler hay que decir que la reseña no era del todo negativa. Brubeck, por su parte, le espetó al cronista que la historia se encargó de contradecir su juicio estampado en esas dos miserables estrellas, posicionando “Time Out” como una de las obras emblemáticas de la música del siglo XX, algo que Gitler no podía adivinar y tampoco el propio pianista, nacido en Concord, California, el 6 de diciembre de 1920. Más osado fue uno de los principales críticos de cine del Uruguay cuando aventuró en su nota sobre “Ye... Ye... Ye... los Beatles” (A Hard Day’s Night, 1964) que los cuatro de Liverpool se convertirían, más allá de sus extravagancias y de sus raros peinados, en unos fracasados. El tiempo es un sepulturero de los dichos de los críticos, y muchas veces también de los discursos de los políticos y de los conceptos de los historiadores. Hay que tener cuidado.
En otra oportunidad, Brubeck tenía que presentar a sus músicos —Desmond, el contrabajista Eugene Wright y el baterista Joe Morello— en el famoso boliche neoyorquino Birdland, pero era tal el fastidio que sentía por otra reseña negativa que no se acercó al micrófono. Cuando lo convencieron, primero introdujo a la banda de muy mal humor, luego hizo un chiste que la gente festejó y finalmente se distendió cuando vio que en una de las mesas aplaudía efusivamente Henry Fonda.
En 1954 el pianista y compositor fue tapa de la revista “Time”. Es que su música era amable, melódica y además tenía una gran aceptación por parte del público. Todos estos aspectos —sencillez formal, éxito y presencia en los quioscos— son los que la crítica más purista suele detestar.
Duke Ellington jamás se caracterizó por ser un gran pianista: más bien era de bajo perfil a la hora de tocar. Pero fue un compositor extraordinario y escribía pensando en los fantásticos solistas que había en su orquesta. Algo similar ocurrió con Brubeck: en su cuarteto sobresalía Paul Desmond, un tipo con pinta de nerd o de oficinista... hasta que se llevaba el saxofón a la boca.
El cuarteto de Brubeck, que nació en 1951 y se disolvió en 1967, llegó a tocar en India, Turquía, Sri Lanka, Afganistán, Pakistán, Irán e Irak, lugares donde no era habitual que llegaran jazzeros. Mientras, en los jukebox de toda Norteamérica y de gran parte de Europa, los jóvenes se extasiaban con temas como “Take Five” y “Blue Rondo à la Turk”. En aquel entonces, el jazz y el pop se daban la mano.
Platillos, un par de notas sencillas del piano que resultan perfectas en su obsesión, el contrabajo que acompaña y de pronto el fraseo volador de Paul Desmond: es “Take Five”. Muy pocas composiciones pueden ir más allá en cuanto a punch y swing. “Nunca imaginé que se convertiría en un hit: en realidad se suponía que fuese el vehículo para que Joe Morello desarrollara su solo”, reconoció con sinceridad el saxofonista.
Brubeck sabía figurar en un segundo plano sin problemas de autoestima. Claro que igualmente era el líder y lo hacía saber. Cada vez que Desmond no estaba de acuerdo con alguna decisión de Brubeck, de inmediato tocaba, fuese cual fuese el tema que en ese momento estaban ejecutando en vivo, una frase de “Don’t Fence Me In” o “You’re Driving Me Crazy” (dos títulos que se resumen en algo así como No me jodas). El único que desentrañaba ese código secreto era el pianista. A veces lo dejaba pasar con humor y en otras oportunidades se fastidiaba. Pero no podía ir más allá: Desmond era un genio, como Johnny Hodges, quien dicho sea de paso tampoco se llevaba bien con Duke Ellington.
Brubeck siempre prefirió tocar en vivo, aunque los pianos fuesen horribles y sonaran a pianolas. Durante mucho tiempo el cuarteto se presentó en universidades y colegios. Uno de sus mejores discos es precisamente “Jazz at Oberlin”, grabado para el sello Fantasy en el colegio de Oberlin en 1953. Entre otros estándares, se destacan “The Way You Look Tonight”, “How High the Moon” y “Stardust”, una balada donde Desmond está sencillamente sublime.
Es un apestoso y reiterado cuento del sur profundo. En varios lugares esperaban al grupo con los brazos abiertos, pero cuando se enteraban de que el contrabajista Eugene Wright era negro, los directores de esos honorables establecimientos cancelaban las presentaciones.
Brubeck dirigió pequeñas y grandes orquestas, hizo música para cine y ballet, pero su predilección era el cuarteto. Cuando su clásico grupo se disolvió, decidió sustituir a los músicos sin variar el número de integrantes: Gerry Mulligan en saxo barítono, Jack Six en contrabajo y Alan Dawson en batería. Fueron siete años productivos, y un buen ejemplo es el disco en vivo “The Last Set at Newport” (Atlantic, 1972), con una intensa versión de “Take Five”.
Su padre poseía un rancho en Sierra Nevada con un generoso número de cabezas de ganado, pero Brubeck optó por seguir los pasos de su madre, que era pianista, y de sus hermanos mayores, que también eran músicos. Más adelante, sus hijos Darius, Chris, Dan y Matthew, seguirían sus mismos pasos.
La política no le fue indiferente. Dada su gran fama, animó desde el piano el famoso encuentro en Moscú entre Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov en 1988. Varias veces y para distintos presidentes tocó en la Casa Blanca. También le dedicó al papa Juan Pablo II, cuando visitó San Francisco, el tema “Upon this Rock”.
Siguió tocando en vivo hasta los 86 años, acarreando problemas de salud que le impedían moverse con comodidad. El viejo iba y venía porque su vida estaba al servicio de los sonidos. Su último disco, “Indian Summer” (Telarc, 2007), es una colección de baladas desde la soledad del piano.
Los premios y las distinciones para este artista han sido muchos. Pero el más importante fue el amor que le deparó el público de todo el mundo a su música, contra los críticos que señalan el camino con dedos mochos y uñas sucias, contra las corrientes de moda, contra el racismo que se encuentra a la vuelta de la esquina y contra cualquier clase de sordera y estupidez.