La condenación de Fausto, extensa obra del compositor francés Héctor Berlioz (1803-1869) para solistas, coro y orquesta, se presentó en única función el sábado 12 en la Sala Eduardo Fabini, bajo la dirección del maestro coreano Shinik Hahm.
La condenación de Fausto, extensa obra del compositor francés Héctor Berlioz (1803-1869) para solistas, coro y orquesta, se presentó en única función el sábado 12 en la Sala Eduardo Fabini, bajo la dirección del maestro coreano Shinik Hahm.
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáImpactado por la lectura del Fausto de Goëthe, Berlioz había compuesto entre 1828 y 1829 la obra Ocho escenas de Fausto, utilizando para el libreto la traducción al francés de Gérard de Nerval. La obra tuvo escasas representaciones y será recién casi 20 años más tarde, durante un viaje por Europa, cuando Berlioz retome el trabajo. No conforme con la traducción de las Ocho escenas, antes de salir de París había solicitado al escritor Almire Gandonnière unos pocos versos que lleva consigo en el viaje. Pero es el mismo Berlioz, quien desplazándose en los carruajes de la época a través de los caminos que unían París, Viena, Silesia (hoy Polonia) y Pest (hoy Budapest, Hungría), escribe la música y completa la letra de la obra, que finaliza y redondea en París a su regreso. Se estrena en diciembre de 1846 y tampoco tiene una buena acogida, indiferencia que lastimó a Berlioz, quien en declaraciones públicas no ocultó su desazón.
La obra pocas veces se representa como una ópera con puesta en escena. Lo más frecuente es que se haga en versión concierto, como la que acaba de presentarse aquí. Tiene cuatro partes separadas por un intervalo después de la segunda, una duración de 130 minutos, está escrita para gran orquesta sinfónica, con gran coro y cuatro solistas. Los personajes son Fausto, su amada Margarita, Mefistófeles o el Diablo y Brander, un joven amigo de Fausto. La historia no es idéntica a la de Goëthe, aunque está presente la melancolía de Fausto, su amor por Margarita y un pacto con el Diablo por el que irá al infierno para que su amada se salve.
Berlioz es, sin discusión, un gran músico y La condenación de Fausto es una vidriera de sus virtudes y de lo que respetuosamente podrían considerarse algunos de sus defectos. Entre los últimos, la reiteración de cierta grandilocuencia expresiva o el innecesario estiramiento de algunos fragmentos. Entre las primeras, su condición de gran melodista, de gran instrumentador, de innovador para su época y la legítima intensidad dramática que alcanza en varios momentos.
El cuarteto de solistas fue de pareja excelencia. En su breve parte, el bajo uruguayo Marcelo Otegui (Brander) lució una emisión limpia, buena dicción y la gracia adecuada para cantar su Historia de la rata, con sonoras intervenciones del coro y un notable Amén final hecho en forma de fuga. La soprano japonesa-uruguaya Eiko Senda (Margarita) mostró una vez más su caudalosa voz con un timbre cálido y sedoso. Pareció al comienzo algo apagada en su aria El rey de Thule, con ese notable acompañamiento de cuerdas escrito por Berlioz. Más tarde, en el encuentro con Fausto, la soprano despegó en intensidad en el dúo con su amado y culminó brillando en toda la línea en esa maravillosa aria que es La ardiente llama del amor, con las bellísimas intervenciones del corno inglés. Su dicción del francés no fue suficientemente clara y su expresión corporal algo escasa, aun tratándose de ópera en concierto.
Notables en todo sentido fueron los argentinos Gustavo López Manzitti (Fausto, tenor) y Hernán Iturralde (Mefistófeles, bajo-barítono). El primero alcanzó alturas de intensidad poco comunes en voz y en gestualidad en su aria Gracias, dulce crepúsculo y en el dúo con Margarita. Iturralde fue un disfrute desde que estaba sentado en su silla sin cantar; ya allí, su pose desafiante y su mirada anunciaban un Mefistófeles de excepción. Y así fue, con un vozarrón cálido y generoso que planeó sobre la orquesta; un fraseo colmado de intención, de miradas y de gestos con los que dibujó su personaje. Gracioso en la Historia de la pulga y notable en su serenata a Margarita, cuando se dispone a entrar al cuarto de Fausto (Pequeña Luisa). Un placer aparte su dicción, que explotó siempre los preciosos sonidos de la lengua francesa cuando es bien pronunciada.
El Coro del Sodre preparado por Esteban Louise fue —una vez más— inmaculado en todas sus intervenciones. Sabe cantar con fuerza pero también con sutileza. El epílogo de la obra es todo suyo y fue una maravilla hasta el pianísimo del final, Ven, Margarita, ven, con que convoca a Margarita al cielo. Un momento mágico.
Nada de todo lo anterior habría sido posible sin la magnética presencia del director coreano Shinik Hahm (Seúl, 1958). Este hombre que hoy es profesor de dirección orquestal en la Universidad de Yale y que ha comenzado hace pocos años una carrera internacional más bien de bajo perfil, nació en una familia pobre, es hijo de un pastor y luego de formarse musicalmente en su ciudad natal llegó a Estados Unidos en 1983, con 400 dólares en el bolsillo y la pasión por conducir orquestas. Mientras se ganaba la vida como camarero y delivery de restaurantes, obtuvo una beca de estudios y así llegó hasta donde está hoy. La claridad de su batuta, su dominio de los planos sonoros de los diferentes grupos de la orquesta, su sensibilidad para el fraseo y el absoluto control en un puño de todas las variables que existen en una obra de estas dimensiones, hacen del maestro Hahm un nombre a seguir de cerca en el mundo musical.