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    Consuelo Behrens de Antía

    Sr. Director:

    Encontrarse con Consuelo era como zambullirse en una piscina. Ya fuera en una reunión o casualmente en una esquina, después que el encuentro terminaba uno sentía que algo le había cambiado adentro. Hablar con ella era abrir la puerta a un ventarrón que daba energía, ideas, fuerza para superar los problemas, ánimo para entender lo que pasaba, ilusión de que siempre se puede encontrar un lado bueno de las cosas. Tenía 90 años y te estrujaba las manos con fervoroso cariño, te abrazaba, se reía con una carcajada sonora y contagiosa, preguntaba, se interesaba por la vida de cada persona con la que se cruzaba y la de sus allegados, desbordaba de proyectos, de ganas de hacer cosas, sobre todo, por cualquiera que estuviera necesitando una mano. Más de una vez, caminando por la calle, pensé: “qué bien me vendría encontrarme con Consuelo ahora”. Porque verla me hacía bien, me alegraba, me daba ganas de hacer cosas. Y me consta que a muchos les pasaba lo mismo.

    Es muy poco común encontrar a alguien que en cada uno de los pilares centrales que nos sostienen tenga tanta potencia. Por un lado, una inteligencia brillante: culta, retentiva, aguda, creativa, absorbente. Por otro, un corazón enorme: siempre había lugar para una nueva preocupación, para una nueva causa, para seguirle el rastro e interesarse hasta el detalle por los cientos de personas que conocía y que seguía incorporando a su vida día a día. Y, además, una condición física sorprendente: era inagotable, indoblegable, cada día lo llenaba de un sinfín de actividades volcadas a los demás. Esos tres dones se resumían en un temple también singular: tuvo múltiples y duras adversidades en su vida, pero ninguna de ellas la llevó a encerrase en sus problemas. Al revés: ante el dolor, más entrega, más amor, más abrazos hacia afuera. Siempre valiente, locuaz, dispuesta a hablar y argumentar ante quien fuera necesario.

    La conocí en 1985 al integrar el entonces Consejo del Niño, después INAU, en el reinicio de la democracia. Aunque ella venía ya de un largo y exitoso trabajo social de dignificación de la situación de los policías y sus familias, muchos pudieron/pudimos pensar que se trataba de una buena mujer, llena de buenas intenciones pero más cercana a la beneficencia que al diseño de políticas públicas. En poco tiempo, Consuelo mostró que a partir de su apertura y sensibilidad, brotaban uno tras otro proyectos diferentes, medidas prácticas, soluciones concretas y transformaciones de todo tipo. Entre otras cosas, el hoy valorado Plan Caif —una referencia en materia de políticas públicas para la infancia— la tuvo como una de sus impulsoras y creadoras.

    Siempre es difícil el equilibrio entre la acción pública y la vida privada, entre la vocación social y el deseo de sostener una familia. Consuelo hizo todo. Una familia impresionante: 8 hijos, 36 nietos, 14 bisnietos, a los que siempre rodeó de atención y afectos. ¿Cómo hacía para estar al tanto de todos y cada uno? ¿Cómo hacía para tener todos los días gestos y señales con ellos? ¿Por qué no se cansaba? Misterio...

    Como si esto fuera poco, también hizo mucho por cambiar la sociedad en la que le tocó vivir. Se entregó por entero a múltiples causas a favor de los más necesitados de ayuda: los niños abandonados, los discapacitados severos, los ancianos sin familia, la primera infancia de los sectores más vulnerables, las viudas de los policías. Y, modalidad casi bíblica que los tiempos han transformado en una rareza, dio cobijo a mucha gente desconocida que se atravesaba en su camino pidiendo ayuda y recibía de ella —ante su atónita (pero incondicional) familia— techo, comida, trabajo y una apuesta al futuro.

    A todo esto le agregó una militancia política intensa e integral que hizo de su casa, en los años oscuros de la dictadura, un lugar de lucha, refugio y contagiosa resistencia. Muchos legisladores y políticos de hoy hicieron sus primeras armas —mimeógrafo clandestino mediante— en los rincones de esa casona exuberante de la calle Zorrilla.

    Pero además de luchar, militar y entregarse, disfrutaba enormemente de la vida: caminaba, leía todo lo que le pasaba delante, bailaba, nadaba, viajaba y disfrutaba de las alegrías de los demás como si fueran propias. En ese corazón y esa vida, siempre había tiempo para inventar algo nuevo.

    Como si se tratara de un ser mitológico condenado a cumplir una profecía inexorable, Consuelo hizo honor a su nombre que, tal como lo vaticinó su madre, más que un nombre fue un destino. No por determinismo, sino por virtud.

    El año pasado cumplió 90 años y parecía que la carretera todavía era larga. Pero no. De golpe, se fue. Como no podía ser de otra manera, el último momento también fue un canto a la vida y una metáfora de ese viaje ejemplar que duró 90 años. Almorzó con su gente en medio de cuentos y risas, preguntó por todos, se fue al parque a disfrutar con algunos de sus bisnietos y al caer la tarde pasó a visitar a un matrimonio amigo. Más tranquila luego de verlos, enfiló hacia la puerta, la puerta de la casa grande: “me voy sola”, dijo. Y se fue.

    Su vida fue como un rayo inexplicable que dio energía a miles de personas. Sí, miles, no es exageración.

    Familiares y amigos lloraron su muerte el pasado miércoles. Pero más que nada le agradecieron por haber estado entre ellos y se felicitaron de haberla conocido. Como una radiactividad sanadora, tamaña energía amorosa seguirá viva en este rincón del universo por generaciones y generaciones. Sobre eso, no hay duda alguna.

    Juan Miguel Petit

    CI 1.546.234-2