N° 1715 - 30 de Mayo al 05 de Junio de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn su breve ensayo sobre el fascismo Ortega y Gasset (“El Espectador”, Tomo VI, Revista de Occidente, Madrid, 1927, pags 19-42) no consigue esclarecer del todo las características del impactante movimiento que fundó Mussolini. Sin embargo, asumido en perspectiva ese texto logra algo mucho más fructífero para el aficionado a los fenómenos políticos: nos da un modelo consistente que permite interpretar de modo dinámico los acontecimientos históricos.
Allí, en el capítulo “Contorno y dintorno” explica que para entender la aventura que coloca al Duce en el vértice del destino italiano es importante saber no tanto las ideas que van y vienen en los discursos y en los periódicos, los actos que tanto desde el gobierno como en los sindicatos y en las calles van teniendo lugar, sino más exactamente contra qué aparece el fascismo, esto es, qué problemas dice que viene a remediar o, mejor: qué dolencias de las relaciones sociales y de la vida política es la que se revela para que el impulso de este movimiento cobre sentido y aparezca como respuesta, cura o redención. Por eso cuando se pregunta qué es el fascismo, la primera contestación que ofrece es una segunda pregunta: “¿Qué hacen los liberales, los demócratas?”.
La tesis es interesante y no parece tan obvia: ciertas realidades políticas importan con prescindencia de su naturaleza, de su dimensión llamémosle ontológica; lo que les da relieve y la colma de significados es su contexto, lo que Ortega llama el contorno. Lo expresa con claridad en los párrafos que siguen: “Ocurre con todo fenómeno que su verdadera naturaleza está fuera de él, detrás de él. Los fenómenos o apariencias son el vocabulario que lo real adopta para hacer su presentación. La luz que vemos es un lenguaje biológico que han aprendido las fuerzas electromagnéticas para entenderse con nosotros. Parejamente el fascismo, lo que dicen y hacen los fascistas, lo que ellos creen ser, no constituye su verdadera realidad. En cada fenómeno colaboran todos los demás. Por esta razón es ilusorio buscar en él sólo su auténtico sentido. Un grupo político no es más que una palabra suelta, y sólo adquiere una significación completa cuando se reúne a las palabras de los otros grupos y se integra la frase histórica. Una de las paradojas más inevitables es que en la batalla, el vencedor, para vencer, necesita que el vencido lo ayude. Es una abstracción hablar de la fuerza de un ejército. La fuerza de un ejército depende de la del otro, y uno de sus ingredientes es la debilidad del enemigo. Cabe decir que la mitad de nuestro ser radica en lo que sean los demás, y no se debiera olvidar que nuestro perfil depende en buena parte del hueco que los demás nos dejen.
En rigor, todo perfil es doble, y la línea que lo dibuja es, más bien, sólo la frontera entre ambos. Si de la línea miramos hacia dentro de la figura, vemos una forma cerrada en sí misma, a lo que podemos llamar un dintorno. Si de la línea miramos hacia fuera, vemos un hueco limitado por el espacio infinito en derredor. A esto podemos llamar el contorno. Sin contorno no habría dintorno, y por esta razón no puede definirse claramente un fenómeno histórico, si, después de decir lo que él es, no añadimos lo que es su ambiente.”
Me interesa el punto porque elimina la esterilidad de los debates ideológicos; no se trata de saber, por ejemplo, en qué consiste el marxismo, cuáles son las perversiones antropológicas que encierra en sus postulados (el hombre como mero productor, como ente que cobra funcionalidad histórica y dignidad como especie a condición de disolverse en la colectividad) o cuáles son sus desoladoras determinaciones civiles y políticas (la abominación de la familia, la negación de la propiedad privada, el desprecio hondo por los derechos individuales, el odio de clases). Lo que realmente cuenta en lugar de las notas propias y de los contenidos, en lugar de lo que Ortega llama dintorno, es el contorno, esto es: qué cosas se hicieron en una sociedad como para que semejante calamidad fuera posible y aun considerada deseable por fuertes porciones de la ciudadanía.
Y es pertinente repetir con nueva savia pero con la misma intención la turbadora pregunta del filósofo: “¿Qué hacen los liberales, los demócratas?”. En su momento Ortega encontró respuestas que ciertamente no favorecieron el honor de los liberales y demócratas, que habían pecado primero de soberbia, luego de distracción y finalmente de abyección, que desconocieron sus deberes, que perdieron para no encontrar por largo rato, el rumbo de la Nación, la capacidad de conjuntar la esperanza bajo un liderazgo claro y responsable.
Cualquier lector podrá entender que la observación de Ortega y Gasset todavía es actual y desdichadamente cercana. Muy cercana.