“Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Esto es todo”
¿Cómo se puede convivir con la obra de un artista admirado cuando su vida incomoda?, es una de las preguntas de Algo que quiero contarte, newsletter de temas culturales
“Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Esto es todo”
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáOscar Wilde, prefacio de El retrato de Dorian Gray
La controversia se originó a raíz de un intercambio entre dos artistas: Rosalía, cantante y compositora catalana (El mal querer, Motomami, Lux), tal vez la música internacional más versátil y exitosa en la actualidad, y Mariana Enriquez, periodista y escritora argentina, reconocida y premiada por su inquietante literatura. Entre otros premios, obtuvo el Herralde de Novela 2019 por Nuestra parte de noche, el Ciutat de Barcelona 2017 por Las cosas que perdimos en el fuego y el Iberoamericano de Letras José Donoso 2024.
El encuentro fue en diciembre de 2025 en el bar Los Galgos de Buenos Aires, cuando Rosalía estaba de visita en la ciudad. Ambas mantuvieron una conversación distendida y amistosa con preguntas cruzadas sobre temas sociales, culturales y personales. La charla fue organizada por Spotify y difundida en esa plataforma a comienzos de marzo.
Casi al final del encuentro, ambas se preguntaron sobre sus artistas visuales preferidos. Enriquez mencionó al argentino Cándido López, quien pintó la guerra de la Triple Alianza de Paraguay, en parte con una sola mano porque la otra la perdió en el combate, y también a la surrealista anglomexicana Leonora Carrington, al expresionista noruego Edvard Munch y a Francisco de Goya, un artista dark porque ella es muy dark.
Rosalía dijo haberse emocionado en Londres con Mark Rothko, pero agregó que el artista que le gusta mucho es Pablo Picasso. “Me gusta la valentía con la que pintaba diferente a los demás. Nunca me ha molestado diferenciar al artista de la obra. Quizás si a ese señor yo lo hubiera conocido, no sé… a lo mejor no me hubiera caído tan bien por las cosas que me han explicado. Pero quién sabe, a lo mejor sí. O no lo sé, y no me importa. Disfruto su obra”.
La cantante estaba haciendo referencia a las críticas y denuncias contra Picasso por la relación abusiva que tuvo con las mujeres que pasaron por su vida. Fueron muchas sus parejas y algunas dejaron registrado en testimonios o libros detalles que dejan mal parado al artista porque hablan, por ejemplo, de relaciones asimétricas, dependencia emocional, aislamiento, deterioro psicológico.
Su nieta Marina Picasso escribió Grand-Père (Picasso, mi abuelo, 2001), un libro en el que no ahorra adjetivos hacia el pintor y lo presenta como un “genio diabólico”, cruel y despreciativo con las mujeres. Lo trata, metafóricamente, de “caníbal”, de un artista que necesitaba “sangre y carne humanas” para realizar sus obras.
En la conversación en Buenos Aires, Enriquez estuvo de acuerdo con Rosalía: “Puedo disfrutar plenamente de la obra, sabiendo de lo otro. Me interesa mucho en esta época que se conozca la información y que una pueda decidir si hay algo que interfiere en la obra”. Rosalía continuó con el tema y dijo algo que la pondría en el centro de la polémica: “Hasta qué punto uno sabe si esa información es cierta o no. Salvo que hubiera convivido con esa persona y hubiera tenido una experiencia real con esa persona, hasta qué punto puedo juzgarlo”.
Cuando se publicó la conversación en Spotify, comenzaron las reacciones virulentas en las redes sociales, de la forma que ya es habitual: empiezan a escalar con rapidez, explotan y se dispersan en el aire hasta la próxima polémica. En este caso, Rosalía decidió darle un cierre con un video en el que pidió disculpas por sus palabras y falta de sensibilidad sobre los testimonios que señalan el maltrato de Picasso a sus parejas. Dijo estar mal informada. Nada agregó sobre la obra de Picasso, ¿seguirá mirándola con los mismos ojos? ¿Sus disculpas abarcan la opinión que tiene sobre la creación artística de Picasso? No lo sabemos.
En el fondo de esta controversia puntual, hay preguntas que regresan de forma cíclica: ¿el arte debe ser moral? ¿Cómo se puede convivir con la obra de un artista admirado cuando su vida incomoda?
Mi nombre es Silvana Tanzi y esta es una nueva entrega de Algo que quiero contarte, newsletter de temas culturales. Si tenés alguna sugerencia o comentario, podés escribirme a [email protected]
—
No leí los libros escritos por las mujeres que pasaron por la vida de Pablo Picasso (Málaga, España, 1881-Mougins, Francia, 1973), pero sí algunos extractos, sobre todo en notas periodísticas que surgieron en 2023, cuando se conmemoraron los 50 años de su muerte y proliferaron las exposiciones en su homenaje. En ese momento también se multiplicaron las críticas hacia el trato de Picasso con sus parejas, que para él eran sus “musas”.
Mujer y erotismo fue un tema central y recurrente en la obra de Picasso. Él reemplazaba a una “musa” por otra, y a veces las mantenía en simultáneo. Le costaba soltar a Picasso, y fue bastante canalla con sus parejas. Vale la pena recordar quiénes fueron.
Fernanda Oliver fue una de las primeras modelos del artista. Desde joven redactó un diario que luego se convertiría en sus memorias: Amor de pícnic: mis años con Picasso. Esas memorias las fue publicando primero por entregas en diarios, pero Picasso logró frenarlas con un abogado. El libro se publicó completo después de la muerte de Oliver ocurrida en 1966.
Oliver y Picasso se hicieron amigos de Eva Gouel, coreógrafa de circo y modista del Moulin Rouge. Muy pronto el artista se enamoró de Gouel y le llegó a pedir matrimonio, pero ella murió muy joven de tuberculosis en 1915. Él le dedicó la serie Ma Jolie.
La bailarina de ballet ruso Olga Khokhlova conoció a Picasso en Roma en 1917, se enamoraron y se casaron. Pero cuando nació su hijo Paulo, Picasso comenzó una relación con Marie-Thérèse Walter. Ella tenía 17 años y él 45. Tuvieron una hija, Maya, mientras Picasso seguía casado con Olga, aunque estaban separados.
Poco después de nacer Maya, Picasso empezó otra relación amorosa, esta vez con Dora Maar. Él le llevaba 26 años y ya era un artista mundialmente famoso. Ella era una fotógrafa reconocida en Francia. Vivieron ocho años juntos, aunque Picasso continuaba su relación con Marie-Thérèse Walter. A Picasso le costaba soltar.
Maar comenzó siendo una fotógrafa de modas, pero también fotografiaba zonas marginales de París y llegó a ser una vanguardista de la imagen en el apogeo del surrealismo. Pero se la recuerda más por su relación con Picasso que por su arte.
Con su cámara capturó al artista mientras trabajaba en su taller, sobre todo en el proceso de creación del Guernica (1937). Él la retrató en varias pinturas, como en La mujer que llora (1937). Se separaron en 1945 y ella se radicó en el sur de Francia donde se desarrolló como pintora. Murió en 1997 a los 90 años.
También longeva fue la pintora y escritora Françoise Gilot, quien murió en 2023 con 101 años en Nueva York. Ella fue la única que supo “pararle el carro” a Picasso. Tuvo dos hijos con él, Paloma y Claude, y fue la única que lo abandonó después de convivir una década. “Pablo fue el amor más grande de mi vida, pero había que tomar medidas para protegerse. Yo lo hice. Me fui antes de que me destruyera”, dijo en una entrevista.
Gilot escribió Mi vida con Picasso (1964), un libro de memorias en el que elogia con sinceridad el arte de Picasso, pero critica su personalidad egocéntrica y cruel.
La ceramista Jacqueline Roque fue la segunda esposa de Picasso. Ella tenía 26 años cuando lo conoció, él 72. También fue ampliamente retratada por el artista. Cuando Picasso murió, Roque comenzó un proceso depresivo, tuvo una querella con Gilot y sus hijos por la distribución de los bienes artísticos, pero finalmente llegaron a un acuerdo y establecieron el Museo Picasso en París. Jacqueline Roque se suicidó en 1986 a los 60 años.
Sí: Picasso fue un canalla con sus mujeres. Sí: Picasso fue el artista más importante del siglo XX. Y también uno de los más grandes de la historia, porque como todos los genios del arte, su obra continúa planteando preguntas, nuevas lecturas, nuevas formas de mirar. El arte contemporáneo es Picasso.
En 2023, durante “el año Picasso”, grupos feministas plantearon la falta de información en los museos sobre las relaciones tóxicas del artista con las mujeres y la necesidad de un enfoque de género en las exposiciones. En ese contexto, la comediante australiana Hannah Gadsby organizó la muestra Es Pablo-mático: Picasso según Hannah Gadsby, en el Museo de Brooklyn. Allí se expusieron unas 50 obras de Picasso, algunas del Museo Nacional Picasso-París, del Museum of Modern Art y de colecciones privadas, junto a las de mujeres artistas del siglo XX y XXI para contrastarlas. Gadsby fue la comisaria de la muestra.
Estudiante de historia del arte, Gadsby es una comediante que recibió varios premios (entre ellos el Peabody y un Emmy). Reconocida por sus espectáculos de comedia, en 2018 triunfó con Nanette (está en Netflix), un monólogo humorístico en el que cuestiona los comportamientos de figuras icónicas de la historia del arte y, en particular, de Picasso.
En la muestra, se negó a separar al artista Picasso del hombre Picasso, y así lo dejó registrado en audios y videos que acompañaron las obras, en las que encontró varios símbolos de su misoginia. Señaló, como ejemplo, el pene en medio de la pintura El escultor (1931) que, según ella, es la prueba de que “no podía él mismo desligarse de su vida en sus obras”.
Una visión menos radical tuvo Catherine Morris, curadora jefa del Centro por el Arte Feminista del museo y cocuradora de Pablo-mático: “Están frente a la situación realmente compleja y matizada de un artista que indiscutiblemente es un genio, pero también un ser humano menos que perfecto”, dijo a AFP en una conferencia de prensa.
“La admiración y la cólera pueden coexistir”, se leía en la entrada de la exposición. Una frase más que acertada para una muestra de arte, porque el arte no debe tener moral como tienen las personas, de otra forma, sería didáctico, enseñaría las normas, la forma de pensar y de opinar de una sociedad y de una época. Y el arte, el gran arte, trasciende las épocas. Es caótico, contradictorio y muchas veces “dionisíaco”, como lo señaló Nietzsche.
Entonces pienso en Oscar Wilde y en su claridad sobre la naturaleza de la creación artística. “Es al espectador, y no la vida, a quien refleja realmente el arte”, escribió en el prefacio de su novela El retrato de Dorian Gray.
Supongamos que el arte refleja la moralidad o inmoralidad de su artista. Entonces estaríamos de acuerdo con el juez que condenó a la cárcel por inmoral y perverso a Oscar Wilde (Dublín, 1854-París, 1900), no solo por su vida, sino también por su obra.
Narrador, poeta y dramaturgo, Wilde es considerado uno de los escritores más importantes de la lengua inglesa. Con su ingenio, ironía y maestría literaria desafió la moral victoriana. No le fue bien, pero trascendió su época.
En 1895, Wilde le entabló un juicio por difamación al marqués de Queensberry, padre de lord Alfred Douglas, con quien el escritor mantuvo relaciones amorosas desde 1891. El marqués lo había acusado de “alardear de sodomita” (en esa época no se hablaba de homosexualidad) y Wilde quería que se retractara.
En ese momento, Wilde era un escritor consagrado y su obra La importancia de llamarse Ernesto (1895) tenía gran éxito en el teatro. Cuando el marqués supo de la relación que Wilde tenía con su hijo, lo acosó de varias maneras hasta que hizo pública la “sodomía”. Por eso Wilde le entabló el juicio.
La transcripción apareció en el libro Los procesos de Oscar Wilde, traducido por Ulyses Petit de Murat, que fue publicado por primera vez en 1967. Gracias a ese libro, se conoce cómo lo que fue una demanda del escritor se transformó en su condena.
En el juicio se leyó con especial saña la correspondencia entre Wilde y su amante que le había sido robada al escritor. Y con la misma saña se analizaron en voz alta pasajes de su “inmoral e indecente” única novela, El retrato de Dorian Gray (1890). El abogado del marqués le preguntó insistentemente a Wilde si un libro con puntos de vista perversos podía ser un buen libro.
“Ninguna obra de arte sugiere puntos de vista. Los puntos de vista pertenecen a gente que no es artista”, respondió Wilde. El abogado insistió y le preguntó si alguna vez había sentido lo mismo que el protagonista de su novela. “No. Es una obra de ficción”, contestó el escritor.
Así, de demandante, Wilde pasó a ser acusado en otros juicios. El juez lo terminó condenando a dos años de prisión y trabajo forzado. El otro castigo vino después, cuando su nombre y su obra quedaron asociados a la perversión. Wilde se exilió en París y murió pobre a los 46 años.
“Cada hombre ve su propio pecado en Dorian Gray. Cuál es su pecado, nadie lo sabe. El que lo descubre lo lleva en sí”, había dicho el abogado de Wilde en su alegato final. “Los libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su propia vergüenza”, dice el personaje en la novela.
Obviamente que nos decepcionamos cuando nos enteramos de que artistas admirados han llevado una vida reprochable o que no está de acuerdo a nuestra forma de pensar o de actuar. Me ha pasado un montón de veces, la última con la escritora Alice Munro, y de eso escribí en otra newsletter.
Pero cuando leo la historia de Wilde, pienso en que en su época muchos de los espectadores o lectores de sus obras se habrán decepcionado cuando se enteraron de que era homosexual y que habrán estado de acuerdo con su condena. Que lo habrán considerado un pervertido a él y a su obra.
Entonces pienso en Picasso y me quedo con su arte y lo sigo admirando a pesar de sus miserias y vuelvo a pensar que el mundo es mejor porque existen sus obras.
Y también pienso en Rosalía, en sus palabras un poco infantiles e inseguras, y me pregunto por qué tuvo la mala idea de disculparse.
—
Antes de despedirme, quiero recomendarte la entrevista que Javier Alfonso le hizo a Miguel del Arco, director y dramaturgo español de Antígona, que está en cartel en el Teatro Solís; también la nota de Juan Andrés Ferreira sobre el libro El puente donde habitan las mariposas, de la neurocientífica Nazareth Castellanos quien, entre otros asuntos, trata sobre el poder de la respiración.